Guerra 1939 42 08 15
Índice del Artículo
Guerra 1939 42 08 15
Página 2
Página 3
Página 4
Página 5
Página 6
Página 7
Página 8
Página 9

El Eje llega al Cáucaso. A la sombra del Cáucaso La SI 15/08/42 p. 1-4
Ofensiva aliada en las islas Salomón.  En los mares de Insulindia La SI 15 /08/42 p. 4-5

El Eje llega al Cáucaso. A la sombra del Cáucaso
La SI 15/08/42 p. 1-4

 a) Estamos ya ante el misterio del Cáucaso. Porque esos montes enormes y abstrusos, en rigor todavía no explorados del todo, constituyen aún hoy un misterio bajo varios puntos de vista. Y aquí, al pie de este misterio orográfico, ya están tronando los cañones gruesos aliados, precedidos de un enjambre de carros blindados, que llaman decididamente a la puerta simbólica del gran macizo.
 ¿Quién habría dicho tal cosa –y quién siquiera la hubiese soñado- 2 meses atrás, cuando los soldados europeos asaltaban la fortaleza de Sebastopol, y Timoschenko lanzaba sus 600 mil cosacos contra Kharkov, para la reconquista espectacular de la Ucrania? Cáucaso, hasta ayer no más, era un nombre vago, lejano, rodeado de nieblas y leyendas, propio para frapar la imaginación de los ensoñadores, tan alejado de la realidad  como las nueves del Thibet o el reino de las Amazonas. El ciudadano común no asociaba a ese nombre raro más que otro vocablo: Petróleo. Algo así como las fuentes misteriosas de un gran río de aceite, que se desprendiese de sus cumbres para vitalizar a la Rusia y aplastar a Alemania. Algo formidablemente poderoso y eficiente, pero lejanísimo, inabordable, intocable, brumoso, como si todas las potestades aliadas estuviesen velando al pie del misterioso macizo para guardar su milenaria y fresca virginidad.
 Históricamente hablando, ese Cáucaso misterioso fue la cuna –al decir de los sabios- de nuestra raza blanca, o, al menos, de sus ramas más eficazmente desarrolladas. Por ahí por ese rincón alteroso donde coinciden las fronteras de Persia, Turquía y Rusia –al monte Ararat- anduvo Noé con su arca y sus animales, y también con su borrachera al plantar alegre la primera viña. Y al pie de ese monte y esa viña, Jafet –“extensión”, en hebreo- derramó de tal modo su simiente y sus energías, que su descendencia se desbordaba por los cuatro puntos cardinales, poblando buena parte de la tierra, con sus hijos de piel rosada, que fastuosamente se llaman a sí mismos blancos. A la sombra de esas cumbres eternamente nevadas –cuatro veces más altas que el Olimpo famoso- se mecía la cuna de nuestros remotos padres, descendiendo por sus quebradas fecundas, no solo las aguas que alimentan corrientes tan famosas como el Tigris, el Eufrates y el Kubán, sino también las oleadas de sangre joven que habían de producir a la larga la civilización contemporánea, derramándose, por medio de España, por este nuevo continente.
 En esos montes, y en las arrugas escondidas de sus quebradas,  vive todavía la raza estéticamente prócer de la humanidad. Aquí, el hombre caucásico, que, como el armenio, el georgiano y el asirio, ostentan en su cuerpo las líneas que la biología considera ideales para un hombre cabalmente bien hecho. Y de esas forjas de gentes bien plantadas han sacado milenariamente los amadores de mujeres –de Salomón el Sabio a Abdul Hamid el Idiota- las bellas huríes que han decorado las altas juergas mundanas con la sabrosa geometría de sus curvas incitantes.
 Por el lado económico, siempre han sido esos montes y sus derivaciones arsenal de toda clase de riquezas. Con los petróleos de Kurkuk, untaba el viejo Noé de las barbas floridas su nave bíblica. De ahí bajaban las aguas frescas que, según el Libro, daban vida y savia a los árboles paradisíacos. Y “aquí (se lee en un Informe que el Soviet publicaba años atrás, aunque haya servido poco para la práctica) las investigaciones preliminares están encontrando tantas señales de minerales de toda clase, que puede avanzarse que solo ese Cáucaso puede dar cantidades mayores que toda la Europa junta”. 
 El Soviet ruso, que tomaba nota de esas posibilidades, sabía lo que se hacía cuando irrumpía sobre esas razas caucásicas y las ataba –velis nolis- al carro del bolchevismo triunfante.  El mismo Stalin ¿es por ventura ruso, hijo de esa Georgia transcaucásica, que todavía no ha salido de su pubertad? Pero, si Rusia sabía agarrar esas tierras y esas razas, se dedicaba demasiado a la política y al sistema, para que le sobrara tiempo para adentrarse en esos montes y abrir sus senos rebosantes a la mano del economista. Se limitaba, durante 26 años, a la explotación intensificada de lo que ya se conocía: el petróleo y algunas minas de fierro.
 Así quedaba el Cáucaso para hoy como era ayer: una Promesa y un Misterio, sobre los cuales bailotean una multitud de interrogantes. Y por esto ahora, al llegar al pie de esos montes