Guerra 1939 42 08 22 29
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Guerra 1939 42 08 22 29
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Alrededor de los tres convoyes. Cuatro convoyes   La SI 22/08/42 p. 4-6
Stalin, super Cireneo Junta de médicos   La SI 22/08/42 p. 6-8
Batalla de Stalingrado  La SI 29/08/42 p. 1-5
Otra batalla en las islas Salomón La SI 29/08/42 p. 8

India, rica y hambrienta
La SI 22/08/42 p. 1-4 ver Asia países India

Alrededor de los tres convoyes. Cuatro convoyes 
La SI 22/08/42 p. 4-6

 La guerra por medio de aviones y submarinos tiene esa desventaja para los valientes que tripulan esos dos instrumentos tan temibles del combate modernísimo: que, aún siendo sus efectos de primera magnitud, no aparecen con la nitidez y el volumen de los logrados por medio de otras armas. En éstas se traducen los resultados, para el gran público, mediante avances fijables en mapas. El aviador y el submarinista no se prestan a esa graficidad que ata el problema y sus efectos al sentido de la vista.  
 De ahí el poco espacio que suelen fijar las crónicas a aviones y submarinos. Cuando estas dos armas concurren a la acción de otras, parte integrante de un todo táctico, ya es más fácil materializar sus efectos. Cuando operan autónomamente –por ejemplo, atacando un convoy por sus propios y exclusivos medios- la acción pasa menos observada, a pesar de lo formidable de los efectos logrados.  
 La crónica del Atlántico nos explica cada día algo que se resume en unas pocas palabras: “el submarino Tal o el avión Cual ha hundido 2 buques, 3, 4 -los que sean- en tal o cual mar”.  Todo lo más, cuando el torpedeamiento ofrece alguna característica rara, unas líneas adicionales.
 Sin embargo, ha dicho Mr. Churchill que la Batalla del Atlántico es la más importante para su Imperio, y para Gran Bretaña, pudiendo venir de ella una catástrofe que arrastraría a todos los demás campos de combate  tras sí. Si esto afirmaba el jefe del Gobierno británico para justificar la no apertura del 2º Frente, no llevaba razón y era un puro sofisma. Si quería indicar que los efectos de esa batalla de puros submarinos y aviones pueden traer la victoria para uno u otro bando, estaba en razón perfecta. 
 Precisamente estas últimas semanas han tenido lugar cuatro de esas batallas casi impalpables, pero de efectos enormes, y, desde luego, de una dura y trágica dramaticidad para los caballeros del aire y de los abismos marinos. Es necesario fijarnos en esas luchas, no solo para sacar de cada una, una consecuencia interesante, sino también para fijar la atención en esas batallas que no se miden por el suelo ganado o perdido, sino por el heroísmo de un puñado de luchadores que realizan u vida recia en la soledad solemne del cielo o de las honduras submarinas.   

 a) El más alejado de nosotros –aunque de nuestros mismos días- es la fiera batalla que tenía lugar en el Océano Glacial Ártico, contra un gigantesco convoy que llevaba material en enorme cantidad al norte de Rusia. Los buques eran muy numerosos, unos 42 solo entre los comerciales. Los escoltaban numerosos barcos de guerra, dos terceras partes norteamericanos y el resto británicos. Aviones del Eje descubrían el convoy, aunque viajaba muy al norte, entre icebergs y masas de hielos flotantes. Ataque. Eran fondeados 38 buques mercantes y la mitad de los de guerra, huyendo el resto de éstos. Prácticamente, puede decirse que centenares de miles de toneladas iban al fondo del mar; y, lo que es más sensible para los vencidos, 50 buques de todo tamaño hundidos, ensanchando más el vacío en el ralo tonelaje aliado.
 Las consecuencias más importantes de esta batalla que duraba tres días, las tocarán Norteamérica, que perdía los buques, y Rusia que se quedaba sin un material precioso. Pero la lección de mayor interés para nosotros es otra: el que en los países aliados todavía no tienen noticia de esa catástrofe.  Y otra, todavía más pintoresca: que en los países –Chile, por ejemplo- que nada tienen que ver con los beligerantes, su prensa tampoco haya enterado a sus lectores de esa hecatombe.
 Que Gran Bretaña y Estados Unidos no conozcan esa derrota gigantesca, se comprende: son países que se llaman democráticos. Por tanto, su prensa está amordazada y el público no tiene derecho a enterarse de lo que él paga, sufre  e ignora. Pero no se comprende por qué laya de misterio los diarios sudamericanos han de engañar al público presentándole la situación completamente falseada. Y, una de dos: o la presentan falseada voluntariamente, o un poder