Guerra 1939 42 09 12 19
Índice del Artículo
Guerra 1939 42 09 12 19
Página 2
Página 3
Página 4
Página 5
Página 6
Página 7
Página 8
Página 9
Página 10
Página 11
Página 12
Página 13
Página 14
Página 15
Página 16

La epopeya de Stalingrado. Aires de epopeya en el Volga La Si 12/09/42 p. 1-4
Mr. Roosevelt en apuros  La SI 12/09/42 p. 4-5
La Guerra cumplió 3 años  La SI 12/09/42 p. 9-10
Las “democracias" pillan Madagascar. Los ex amigos atacan nuevamente a Francia
La SI 19/09/42 p. 17-1
Todavía Stalingrado. Stalingrado resiste La SI 19/09/42 p. 18-19

La epopeya de Stalingrado. Aires de epopeya en el Volga
La Si 12/09/42 p. 1-4

 a) Sobre el gran recodo del Volga flotan cielos de epopeya. Allí -¡oh cosa estupenda en estos tiempos del “que peleen los otros”!- el soldado encontró al soldado. Y es de suponer lo que pasará cuando tercian sus hojas auténticas dos aceros toledanos.
 ¿Cuántos días ha que esos rusos indomables son barrera viva y heroica atajadora de los ímpetus enemigos? Pueden contarlo con sangre los ejércitos germanos. Y esos valientes de las estepas que nos expliquen de qué ha servido su extremado heroísmo ante el ilimitado heroísmo arrollador del hijo del Rhin.
 Afirma el Comando alemán que la batalla de Stalingrado es incomparablemente más dura que aquella de Sebastopol, cuando había de conquistarse metro tras metro a golpe de bayoneta y borbotón de sangre; cuando los moscovitas sabían morir peleando denodadamente y costaba largos días la consumación total de aquel episodio de leyenda. Y esa afirmación del Comando más extraordinario que ha asomado por la historia de la estrategia indica cuánta ha debido ser la admirable dureza del soldado ruso; cuánta la cabeza decidora de sus jefes capaces; cuánta la decisión de un pueblo que, lanzado a la guerra con razón o sin ella, sabe mantener su decisión, borrada del diccionario ruso la palabra cobardía y todos sus sinónimos, tan abundosos en los diccionarios actuales de otras lenguas.     
 Sucede con los heroicos hechos humanos –tan abundosos en las páginas de las historias autobombásticas; tan raros en la historia real de la vida- algo que tiene relación estrecha con las humanas contradicciones. En la crítica histórica, una admiración sin límites hacia aquellos que supieron actuar reciamente en algún gran suceso. Y, cuando nuestras horas nos traen iguales vientos de epopeya y los héroes son nuestros hermanos, vecinos, amigos o enemigos, los indispensables elogios quedan ahogados entre un mar de lamentaciones, a las cuales sigue siempre la laguna del olvido. ¡Oh, cómo se portaron famosamente los héroes de Troya, ese Aquiles triunfante, ese Eneas sabio y prudente, ese Héctor sacrificado y sin miedo! Más ¿no envidiarían aquellos viejos héroes a los muchachos del Verdún de antaño, cuando por ambos bandos cada recodo del Chemin des Dames era una Termópilas, y los cielos ardían de tantos entusiasmos sin egoísmo? Y con seguridad que por entre las nubes de Stalingrado se han dado ahora cita mirando los verdaderos héroes que en el mundo han sido a través de las centurias.
 Ahora, mientras esos heroísmos tienen lugar, domina el pesimismo, la injusticia, la crítica, lo que a nosotros nos perjudica envolviendo entre nubes de inconsciencia  el heroísmo de esa juventud sacrificada. Y mañana, cuando los hijos de nuestros hijos oigan el romance de ese heroísmo, ellos colocarán a los héroes de hoy en las alturas purísimas, en los actos heroicos depurados de todo hálito empañador y olvidadizo. 
 ¿Qué no habrán hecho los rusos  para conservar Stalingrado, iluminados por el doble precedente de no haber sido rendidas ni Moscú ni Leningrado? Era ayer no más, de ello va a hacer un año, cuando se amontonaban incontables medios ante aquellas dos capitales del Soviet. Ellas permanecen en pié todavía.
 Pero Stalingrado no va a ser la tercera. Su suerte está echada. Y no sólo caerá pronto, sino que ella seguramente servirá de experiencia para que sus dos hermanas mayores, la vieja y la nueva capital, puedan otra vez ser enfocadas, para probar la resistencia que puedan oponer ahora a los nuevos medios de guerra y a los nuevos futuros héroes de Leningrado y Moscú. 
En las horas en que esto es escrito,  los soldados del Eje han pisado ya las calles de la ciudad, que ha sido durante una semana una enorme llama ardiente. Y allí donde Stalingrado fue, andan a la brega ambos bandos, conquistando ruina por ruina, hasta que –se acerca la hora- sobre la ruina principal se yerga ondeando una bandera cruzada no acostumbrada a ser arriada.
En estos instantes Stalingrado estaría invadida  por el sud y el oeste, luchándose en las calles de los suburbios derruidos. Y, según confiesan desde Moscú, a última hora se ha realizado lo que en la crónica anterior hallábamos absurdo no se hubiera ya hecho de tiempo atrás: acumular todas las fuerzas en la zona de esta batalla, en vez de desperdigarlas en otras zonas en las cuales un avance decisivo tampoco era posible. Días atrás, cuando las fábricas ya no podían funcionar, los obreros eran lanzados al campo de batalla. Más, su acción, si podía ser heroica no podía ser inteligente y eficaz. Nada se improvisa, menos todavía el arte práctico de la