Guerra 1939 42 11 07
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Guerra 1939 42 11 07
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Alrededor de la batalla de Guadalcanal La SI 07/14/ 42 p. 1-2
Segunda etapa en la batalla de Egipto La SI 07/11/42 p. 2-4
Batalla por Grozny. Avances del Eje en el Cáucaso La SI 07/11/42 p. 4-5
El Otrismo número 2. Otra laya de Otrismo La SI 07/11/42 p. 6-7

Alrededor de la batalla de Guadalcanal
La SI 07/14/ 42 p. 1-2

 Hay tres clases de hombres: los buenos, los malos y los tontos. No nos atrevemos ahora a calificar debidamente cada una de esas zonas humanas. Ni siquiera a recordar con Fenelon       –filósofo y obispo- que, aún en los niños, es peor un tonto que un malo. Recordábamos el otro día cuán terrible ha de ser la situación de un estratega cuando ante sí, como contendor y enemigo, se halla un ejemplar de tontería.
 ¿A qué viene esto? Uno mismo no sabe cómo se enlazan las ideas subterráneamente, y a veces sin ton ni son. ¿Se quiere cosa más ilógica que en estos instantes, al iniciar una pequeña crónica de la batalla de Guadalcanal, nos atropelle la memoria aquella trilogía humana, como si tuviese que ver (y ¿qué ha de tener que ver?) con Mac Arthur y el ministro Knox?  
 Abandonemos aquella división trimembre de la especie humana y vengamos a la batalla.

 a) Cuando Mr. Roosevelt se determinaba a declarar héroe nacional al bajo todos los aspectos derrotado general Mac Arthur (EE. UU. han creado ya como una docena de héroes desgraciadamente incógnitos), las lenguas se les iban a los eminentes estrategas acabados de nombrar. El joven General derrotado, y a causa de su derrota ascendido, afirmaba que “ahora comenzaba la reconquista de lo que tan fácilmente había conquistado el Japón. Tras Guadalcanal y Tulagi, nos apoderaremos del resto de las Salomón. Y el japonés será aislado, hasta volver a sus guaridas norteñas”. Mr. Knox, que vale algunos puntos menos que el derrotado Mc Arthur, cargaba toda su retórica, larga y resonante, sobre los mismos conceptos. Y eran suyas estas ideas, que merecerían ser esculpidas en bronce y colocadas en todas las Escuelas Militares, para que aprendiesen a callar los que no deben más que actuar: “La conquista de las islas Salomón, y el bombardeamiento diario de las islas Bismark, representan la primera etapa de nuestra reacción invencible sobre los nipones. Todo lo perdido va a ser conquistado, teniendo ya en esa zona Norte América montañas de material y poderosos ejércitos, para la prosecución de la obra”. Si así hablaban los canónicos laicos ¿qué haría el sacristán? La prensa de Australia, que ya de tiempo había perdido la “mesura” con sus victoriosas derrotas de las Termópilas y Creta, echó a volar todas las campanas de su entusiasmo. Ese infeliz nipón ya iba siendo barrido. Caerían todas las islas perdidas, maguer ser miles. Serían reconquistadas Java, Sumatra, Singapore, Borneo, Filipinas. Todo estaba ya en acción: innumerables soldados, infinidad de material de calidad extra. Y, para dirigir la nueva epopeya, ahí estaba el genio de la guerra asiática, Mc Arthur, meditando en un rincón de Australia con ambos índices sobre la frente inclinada sobre un montón de mapas…
 Estos bravos no han leído el pequeño cuento de la lechera, a pesar de que, en su remoto origen, es asiático. ¡Cuántos castillos edificados en el aire! ¡Cuántas fantasías bordadas sobre la trama de la nada! ¡Cuánta tontera adobada en salsa de ditirambos, tan grata a los bastos paladares de la grey aliada, munida y fortificada con la fe laica del carbonero!
 Fue entonces cuando en estas columnas tuvimos que realizar la antipática tarea, tan ingrata para el crítico, de poner los puntos sobre las íes aunque fuesen íes norteamericanas. Y tuvimos que decir de los supremos dirigentes de esa nonata epopeya (Estado Mayor aliado del Pacífico, Knox, Mc. Arthur), lo que la realidad, y, no nosotros, nos decía con hechos extraordinariamente claros y recientes a la vista.
 Ante todo, era falso que esa invencible expedición norteamericana (decían 35.000 hombres, ahora que están derrotados dicen que no eran más de 10.000) se hubiese apoderado de las islas Salomón. En el conjunto de mapas de la primera página, además del mapa general de la región, signado con una A, se encuentran ampliaciones de los principales archipiélagos que forman la zona que nos interesa hoy día. Uno de ellos, las islas Salomón. Este archipiélago consta de 2 islas grandes, media docena de medianas y una infinidad de islotes. Los norteamericanos lograban desembarcar en una isla mediana, Guadalcanal, y otra pequeña, Florida, capital Tulagi. Como si dijéramos, una vigésima parte, y somos generosos en la proporción, del archipiélago. Para un criterio periodístico norteamericano, eso eran “las islas Salomón”, con perdón de la geografía.