Guerra 1939 42 12 19 26
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Guerra 1939 42 12 19 26
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La doble guerra africana La SI 19/12/42 p. 1-4
Los japoneses pierden Buna y atacan por Birmania. La guerra en el extremo Oriente La SI 19/12/42 p. 4-6
Ofensiva germana en Toropez y rusa en el Cáucaso. Dos ofensivas contrarias en Rusia  19/12/42 p. 6-7
Batista habla para España… y para América La SI 19/12/42 p. 7
España y Portugal vigilan. España y Portugal tratan nuevamente La SI 26/12/42 p. 1-6
El Océano está desierto. Birmania otra vez La SI 26/12/42 p. 6-7
Rusia: comparación entre los dos inviernos. Los rusos avanzan en el Don La SI 26/12/42 p. 7-9
¿Tú, también Rusia? La SI 26/12/42 p. 9
Los tres frentes africanos  La SI 26/12/42 p. 9

La doble guerra africana
La SI 19/12/42 p. 1-4

 a) Unos momentos de vacilación volcaron todo el plan –que, por ser plan, tiene unidad- de los aliados en África. Tolón no respondía con la premura que había sido establecida. Túnez no se entregaba. Dos factores de la ecuación habían fallado. Y el Comando norteamericano, enredado en el dédalo de una nueva situación, fue víctima de la vacilación. Las consecuencias serán graves y de por tiempo.
 El mariscal Foch, en sus Memorias sobre la guerra mundial, sienta un principio notablemente verdadero, haciendo de él una aplicación notablemente falsa. Vale la pena de debatir levemente este problema, que no solo es de actualísima actualidad en África, sino que será cada día más uno de los pilares de la estrategia.
 Cimentándose sobre un pasaje de Julio César en su “De bello gallico” en el cual el general romano hace una bella frase contraponiendo el carácter de los galos y el de los germanos, dice así: “En la guerra, una de las cualidades más eficaces es saber rehacer las fórmulas “sur le champ”, a medida y en cada instante en que cambian los factores de la contienda. (Y yo añadiría “o que cambien, no los factores, pero si su situación arquitectónica). Si un General no tiene la habilidad de abandonar decididamente la fórmula que tenía preparada, por causa de haberse cambiado algún factor, tiene la partida perdida. Mientras que tiene en su mano los elementos de la victoria aquel que sabe ver cómo cambian los factores y, en el mismo instante en que lo observa sabe formar y estructurar la nueva ecuación, para perseguir una fórmula nueva; es decir, proceder de un modo distinto de cómo lo tenía todo preparado”.
 A través de estas crónicas hemos insistido constantemente en esa necesaria cualidad del Comando. Y hemos notado lo que después de haber sido manifestado en estas columnas, decía un gran diario británico, al afirmar estas verdades:
 “El soldado alemán en esta guerra es un ejemplo vívido del que sabe apreciar en cada momento la situación, observando bien todas las circunstancias y amoldando en cada momento sus medidas a la nueva realidad objetiva. No solo los altos jefes germanos realizan perfectamente esto, sino los oficiales y aún los mismos soldados, los cuales individualmente saben “inventar” en cada instante lo que deben hacer, sin salirse de la obediencia al Comando, pero moviéndose dentro de ella con genial libertad de acomodamiento para sacar el mejor fruto”.
 Hemos fraseado la opinión del crítico inglés, para sintetizarla; pero esas pocas líneas dan idea de lo que él atribuye a las tropas alemanas y lo niega, bien en redondo, no solo al soldado inglés, sino también a su Comando.
 Esto muestra cómo Foch, si acertaba en la apreciación de un alto principio que él poseía en la práctica evidentemente, no acertaba al añadir concretamente que una de las causas de haber los aliados ganado la anterior guerra mundial estaba en que, mientras los franceses reamoldaban sus planes en cada instante y sobre la marcha, los alemanes permanecían parados ante una vieja solución ya inobjetiva. La guerra actual muestra cómo no era defecto racial alemán ese estancamiento sobre fórmulas científicas largamente pensadas.
 Esta palabra “largamente” echa luz sobre el problema, especialmente cuando se trata de pueblos de ideas deterministas o simplemente cientistas. Hemos repetido constantemente que no hay retrógrados peores que los cientistas, es decir, aquellos que, aferrados a un estado de la ciencia en cierto instante, no saben considerar lo momentáneo de ella (“De la variabilidad en las matemáticas”, como decía Henri Poincaré) y fincan su tozudez sobre una elucubración perfectamente hecha “en su día”, pero que carece ya de base en otro instante, por haber mudado siquiera uno de los cien factores que la constituían.
 Es bien cierto que la derrota alemana en la guerra mundial no fue militar, sino de tras-retaguardia, mediante el bloqueo, el hambre y la casi locura colectiva. Pero es bien cierto, también, que el plan de guerra alemán había sido cuidadosamente establecido, científicamente (artísticamente, si se nos permite la palabra) durante cuarenta años de estudios profundos en los centros de Postdam. Todo era en él perfecto. Y la guerra y su desarrollo habían sido de tal modo ideados, que no faltaban ni mínimos detalles, todo llevado a la perfección absoluta.