Corporativismo Partidos 25
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Los gremios y los partidos  La Unión, 01/04/25

            l El argumento Aquiles contra los Gremios

            Cuantos, devotos al culto de las realidades, desearíamos que la voluntad popular no se manifestase por el órgano artificial de los partidos, sino por el órgano natural de las corporaciones orgánicas, nos hallamos con varias dificultades que nos oponen los enemigos del sufragio gremial.

Hemos de confesar, sin embargo, que la mayor parte de esas dificultades no tienen consistencia alguna, como nacidas de la general ignorancia que sobre los gremios medievales y los actuales sindicatos tienen la mayor parte de los políticos, demasiadamente poco dados a enterarse bien. En cuanto los jefes sanos de los partidos sanos se enteren, estudiando lo que tienen deber estricto de saber, el "98%" de las razones que contra el gremialismo se presentan serán arrinconadas como inútiles por los mismos que las aducen hoy como argumentos a su parecer decisivos.
Más, una dificultad existe, que verdaderamente tiene su consistencia. No hay en el mundo -no habrá jamás en el mundo- cosa absolutamente perfecta. Tiene todo sus defectos, sus puntos débiles, tanto en lo fisiológico como en lo moral. Contra el mejor de los sistemas pueden, pues, aducirse dificultades razonables. Pues bien: el gremialismo electoral puede contradecirse con el siguiente argumento, que repiten, con cierta razón, sus enemigos: "El gremialismo supone la desaparición de los partidos. Los partidos son los ejércitos del ideal doctrinario. El gremialismo, en consecuencia, no se interesa por los ideales superiores a los intereses materiales. Estamos en pleno materialismo."
El razonamiento tiene cierta consistencia. Es el "argumento de Aquiles" de los devotos del podrido parlamentarismo, Séanos permitido, pues, salirle al encuentro, seguros de poder deshacerlo completamente.
Nos atendremos a razonamientos simples y evidentes y a hechos notorios, dejándonos como es nuestra costumbre, de profundas disquisiciones y de citas aparentosas.

            ll El ideal doctrinario es necesario
Hay que comenzar afirmándolo bien: no sólo de pan material vive el hombre. Los intereses materiales, "que son lo primero de todo en el orden del tiempo" (Santo Tomás), son lo último de todo en el orden de la excelencia.
Un particular, quintaesencia de la virtud moral, podrá prescindir más o menos de sus intereses y necesidades materiales. Abundan en el calendario cristiano, y hay también, aunque sin abundancia, en otros calendarios, los adustos ascetas que han santificado todas las Tebaidas con sus rudas austeridades. Una comunidad de hombres, reunidos por motivos extraordinariamente superiores, podrán tener en menos cuanto se relaciona con lo material. Forman legión selecta las colectividades a base religiosa, que ahogan los deseos materiales en el foco de luz de altos principios morales. Pero lo que un particular o una minoría pueden no lo puede, a veces, la generalidad. Por ejemplo, el no tener en cuenta -y en muy buena y principal cuenta- los intereses materiales: el pan nuestro de cada día, y aún los goces gastronómicos que tras el pan vienen; el pago material del trabajo propio, y aún las mejores utilidades y sobrantes que el trabajo pueda deducir; los goces perfectos del hogar propio, y aún aquellos otros que tientan la avidez de felicidad humana.
En suma: no sólo es lógico que los intereses materiales sean atendidos, sino que es perfectamente admisible que ellos- en el orden del tiempo- sean anteriores a no pocos intereses morales.
Pero, ese sano materialismo no excluye la necesidad de sentir y apetecer intereses superiores y el deber moral de tenerlos muy en cuenta: los imperativos morales, grabados a buril en la conciencia; los ideales religiosos, sublimadores de las pequeñas ideas y de los pequeños sacrificios de nosotros pecadores; las verdades filosóficas, que enchufan en los hechos perecederos aires de eternidad; los ideales políticos, que dividen noblemente al mundo, entregado a las disputas de los hombres.
Esos altos ideales, no sólo son paralelos a los intereses materiales, sino injertados en ellos. Es decir, no se trata de dos líneas paralelas coexistentes y necesarias, sino de un cuerpo y un espíritu de un mismo y sólo ser; de tal modo, que los intereses materiales degeneran y animalizan y corrompen si el ideal no les