La SI GGL 1934
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Los maestros de los grupos sociales:
Víctor Pradera y su “política del Porvenir”
G. G. L.
La SI 12/03/34 p. 5

Abogado de nota y publicista de vigorosa pluma, ha hecho Pradera de ambas profesiones un verdadero apostolado de justicia que le ha arrebatado los mejores años de su juventud, colocándolo en el plano mayor de los más positivos valores intelectuales de la España contemporánea.
Toda su labor presenta un conjunto muy uniforme que revela una mente clara, lógica de hierro, cultura profunda de profanas y divinas cosas. Esto lo ha determinado a ser lo bastante sobrio para alcanzar una expresión literaria   elegante, de escorzos leves y precisión matemática. En el fondo bullen las ideas, pero cauteloso de un desparramiento inoportuno e inaprovechable, va soltándolas por un mismo caño ideológico en trayección orientadora.
Nadie podrá negar que un pensar y un escribir de esta manera haya sido adquirido a la ligera y a empellones. Pradera hace ver en todas las páginas de sus libros y de sus artículos periodísticos que ha construido –in primis- su cerebro sobre bases sólidas, que ha meditado hondo y reposadamente, que ha hecho digestión a tiempo, de tal suerte que ha ido esquematizando sus ideas, dándoles vida propia, unificación, coordinación, -simplicidad y universalidad- hasta lograr adquirir la idea total, su ideología de línea pareja, labor íntima y dolorosa –disciplinación, austeridad- pero necesaria para salir de si y ser fecunda.
En las columnas del ABC matritense viene escribiendo desde hace algunos años en forma continua, con agilidad de espíritu y castellanidad. El lector español de la selecta minoría demócrata cristiana, lo lee con simpatía y regocijo; y quienes viven fuera de España alrededor de sus ideas, sienten por él cada día más sincera admiración porque representa en estos instantes un valor en el gran mundo intelectual del catolicismo vivo e integral –pensamiento y acción- que no admite subterfugios ni transacciones, ni ese espíritu acomodaticio de tantos que piensan con Roma, moralizan con Mahoma, realizan justicia con milagros, ofician en política con Montesquieu y filosofan a espaldas de Santo Tomás y Mercier.
    Ya desde el comienzo de su vida pública, muestra Pradera especial predilección por los problemas político-sociales. Y es curioso notar que, al igual que muchos pensadores cristianos, unos ya muertos, vivos otros, como Donoso Cortés, Vásquez de Mella, Aznar, Gafo, etc. predice el derrumbamiento de todas las instituciones nacidas del tronco del Individualismo. Y acierta.
    Temeroso del destino de su patria, de la Iglesia, de la humanidad, que ve obscurecido en el porvenir por negras y fatídicas nubes, comienza en aquellos años de su juventud a postular verdades, sobre el lomo de hechos y realidades tangibles y formidables. Anota ordenadamente los defectos de la máquina económica, social y política del momento –sufragio, parlamentarismo, gremio, corporación, etc.-  en artículos vibrantes y llenos de fe y profundidad. De allí sale un tratado completo sobre bien gobernar y organización pública, cuyas raigambres hace engarfiar en los principios filosóficos del cristianismo.
    Esta labor y este remate de su labor es fruto de lo ya dicho: la unificación de sus ideas que lo llevan a un catolicismo completo, al concepto de que este forma un cuerpo doctrinal  orgánico, vital. El cristianismo es para Pradera el eje central de toda su construcción ideológica y de sus actividades múltiples. Y es que él bien comprende que su religión no es otra cosa que una actitud especial de enfrentarse con el mundo, una posición determinada de encarar la vida, una forma definida de interpretación que, por lo mismo, da vida a un todo doctrinal armónico, expresión de la más pura y sublime unidad.
    Bajo este criterio comienza un apostolado cristiano en el campo de la Política y Economía. Sale a quebrar lanzas con sus propios amigos y les demuestra las expresas condenaciones de los Pontífices sobre los principios de la filosofía del Individualismo y se dedica a derrocar esa máxima absurda  de la vida católica artificial: hay que ser cristiano con sus antepasados y liberal con el siglo. Piensa que si no se pone atajo pronto  a la ola desquiciadora de ese pecado –como lo lama un religioso meritísimo- el mundo se verá sumergido en una quiebra sin precedentes históricos, que es precisamente la que vivimos. Y lleno de fervor lo