economía 33 04 24
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Una desesperada Junta de médicos: la Pre-Conferencia de Washington ofrece un nuevo espejismo a la credulidad mundial La SI 24/04/33 p. 1-3, 5

Una desesperada Junta de médicos: la Pre-Conferencia de Washington ofrece un nuevo espejismo a la credulidad mundial

La SI 24/04/33 p. 1-3, 5

 

1. El enfermo está grave

            El mundo agoniza. Inútil que, día tras día, año tras año, los doctores nos hayan ido anunciando la mejora infalible, la curación próxima. La mejora no ha llegado y el lugar de la curación lo han ocupado los estertores de los estados agónicos.

            Es típico el ejemplo de Estados Unidos a este respecto.  Desde 1922 los sucesivos Presidentes nos han ido cantando a toda voz y en todos los compases el resurgimiento infalible. Aquel vivo de Harding, cuyo ministerio ha ido a parar casi íntegro  en la cárcel, vapuleado por la inflexible justicia norteamericana; aquel ingenuo de Coolidge, Presidente por casualidad, que todo lo resolvía –en el papel- con la facilidad más pasmosa aquel noble y fracasado Hoover, cuya sabiduría ingenieril corre a parejas con su estupenda inhabilidad gubernativa; todos han estado recetando durante doce años y todos han fallado lamentablemente.

            No solo la política, sino también el sanhedrín de los economistas. Los más afamados sabios de la Wall Street han sido los consejeros de los Presidentes, los adláteres de las Comisiones Camarales, los componentes de las innúmeras Conferencias Internacionales. Han dado sus mejores recetas. Han, todas ellas, producido efectos empeoradores.

            Estados Unidos no es un cabo suelto. Es un puro ejemplo del caso general, que en todos los países del mundo tiene la más indudable realidad. Se trata de una pandemia, que tiene el mundo entero entre las espesas mallas de su red maléfica.

            Consideremos el caso de Francia. País de organización social sólida, con costumbre ahorradora del pueblo llevada a su último extremo, con propiedad particular más del 60 por ciento de los hogares del país, con un suelo subdividido al infinito, base buena para atajar el hambre y sus consecuencias sociales, con un imperio colonial que es la mejor despensa de la nación, todo hacía suponer que ese país se libraría del hambre y de la crisis. Los franceses mismos se habían paralogizado a este respecto. Y, casi sin excepción, han pasado muchos años cantando la inmunidad de Francia al mal mundial, atribuyendo esa virtud preservativa a un buen golpe de causas y concausas.

            Todo inútil eran presunciones edificadas sobre la arena movediza. Francia está de lleno arrastrada por la corriente de la crisis. Sus desocupados pasan de los dos millones. Sus fábricas están todas, sin excepción, a medio trabajo, las que no están completamente en colapso. Su comercio exterior está en extremos ya intolerables. El Estado aumenta día a día su deuda. Y el Parlamento se ha cruzado de brazos, excepto para las escaramuzas partidaristas, porque, de atenernos a la pobreza de los discursos de los lieders, no atinan absolutamente en ningún remedio posible.

            Es la epidemia general, que se caracteriza, si miramos al pueblo por la desocupación y el hambre y por los naturales hijos de esos padres: una nerviosidad subconsciente, interior, misteriosa, que tiene su mayor peligro en ese estado de subconsciencia y de instinto natural.

            Todo está en derrumbe, aunque la costumbre de vernos envueltos entre el polvo de las ruinas desde hace ya años, nos haya vuelto medio insensibles, vivientes ya en la casi