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Queda afirmada la carrera armamentista. Armamentos y armamentismo La SI 08/01/34
Desarme igual, mayor armamento La SI 05/02/34 p. 1-2 

 

Queda afirmada la carrera armamentista. Armamentos y armamentismo
La SI 08/01/34


     Francia acaba de declarar terminantemente que no quiere tratar de la cuestión del desarme más que dentro de la Sociedad de Naciones. Ha añadido: dentro de la Sociedad de Naciones tal como está ahora esencialmente constituida
    Este hecho es de una trascendencia extraordinaria. Nadie lo niega. La disconformidad comienza al apreciar esa trascendencia. ¿Es para bien o para mal? Hay en el interior de esa declaración una intención perjudicial al mundo, o hay una palma delatadora de paz?

a) Ante todo, notemos hechos. Nada arroja más claridad sobre un problema que los hechos que lo han engendrado y aquellos otros que lo circundan.
    Desde la hora misma en que la gran guerra terminó, se ha hablado de Desarme; se han reunido centenares de comisiones alrededor de un soldad armado hasta los dientes; se han celebrado grandes Conferencias Internacionales. Año por año, los países se han ido armando, llegándose a la actual desenfrenada carrera armamentista, en la cual acaban de entrar incluso las naciones neutralizadas: Bélgica y Suiza. Bélgica acaba de organizar un nuevo empréstito para armas y fortificaciones, que traspasa los mil millones de francos. Suiza está organizando un ejército de 200.000 hombres… con sus 6 pequeños millones de habitantes.
    Ese armamentismo fue denunciado primero por Rusia e Italia, después por Alemania. El Soviet proponía un desarme universal absoluto, quedando los ejércitos en la proporción necesaria para su defensa interior. No se aceptó la propuesta.  Italia, por boca de Mussolini, planeó un desarme dentro del cual todos los países  botarían las armas ofensivas. No se aceptó su propuesta. Alemania contemporizaba durante doce años, respecto a la obligación de desarmarse  a que se habían comprometido los países aliados. Al empuñar Hitler las riendas de la gobernación, exigía ese desarme, o, de no querer cumplir su palabra los firmantes del compromiso, un armamento igual como derecho de Alemania. No se aceptó su exigencia, por lo demás doblemente respaldada: por una declaración conjunta de los Aliados en los instantes mismos del Pacto de Versalles, y por la letra de ese mismo pacto.
    La consecuencia automática fue el retiro de Alemania, no sólo de la Conferencia del Desarme, sino también de todas las actividades de la Liga de Naciones.
    No en son de guerra ello sucedía, al decir del propio Hitler. Era, simplemente, una presión nacional –para ver de convertirla en internacional- con el objeto de forzar a los Aliados a proceder con Alemania bajo un pie de igualdad.
    Al retirarse Alemania, rómpese el círculo Aliado. Estados Unidos se separa del grupo. Gran Bretaña se retracta de sus exigencias y se declara neutral entre Francia y Alemania. Italia toma partido por Alemania. Francia queda –en ese círculo de grandes pueblos- aislada.
    Pero, fuera de ese círculo, hay otros pueblos. Por ejemplo, los de la Europa Central. Hay la Pequeña Coalición, constituida por tres semi-hijos de la guerra: Checoslovaquia, Rumania, Yugoslavia. Hay, como contrapuentes de esa Chica Entente, Polonia, Grecia y Hungría.  Seis pueblos con buenos kilómetros cuadrados, habitados por más de 90 millones de habitantes.
    Francia ha desarrollado,  durante los años de la postguerra, una inteligente política de atracción en todos esos pueblos. Cierto que la principal causa de la unión entre ellos es tener todos muchos pleitos y bastantes discutidos. El corredor polaco, la frontera germana de Bohemia, el espíritu separatista croata, la Bucovina ruso-germana, la Macedonia búlgara en poder de Grecia, otros cien problemas de palpitante y sangrienta actualidad, porque todos están teñidos de sangre, acercan naturalmente a los que pueden sufrir de esos problemas. Pero, esto aceptado, no por esto ha de achicarse la labor, llena de actividad y estrategia, que Francia ha desarrollado sobre esos pueblos. Acción militar, organizando sus ejércitos a la francesa y sosteniendo en ellos  el espíritu militar. Acción financiera, abocando sobre esos países, endeudados hasta el cuello, un chorro de empréstitos  hechos a base del sólido franco francés.
    Cuando, con motivo del retiro alemán, se rompía el frente Aliado, Francia aislada, no se da por vencida. Miraba a Inglaterra. Da media vuelta al “English Channel”, y se dirige calladamente a su Pequeña entente. Menudean las idas y venidas.se intensifican las conversaciones. Se murmuran mil cosas. Final de todo: ida de Benes –ese canciller permanente
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de la Europa Central- a París y declaración del gobierno francés, que abarca principalmente tres puntos:
    Francia no admite tratar sobre desarme fuera de la Sociedad de Naciones.
    Francia no admite una reforma substancial de la Sociedad de Naciones, y,
      La Europa Central respalda ese punto de vista de Francia, ateniéndose a él sólidamente.

    b) ¿Qué significa esto? Veamos, a la luz de los hechos, que hemos probado de exponer con la mayor imparcialidad posible.
    Alemania se retira de la Liga de Naciones, por considerarla –y ser en realidad- un instrumento no apto para un desarme efectivo. Demostrada esa inhabilidad, quiere Alemania otro camino. Indica uno, por si otros no proponen otro mejor: tratar directamente Alemania y Francia. Italia favorece ese camino. Gran Bretaña se inclina, también, ante esa posibilidad, a falta de otra.
    La situación está, pues, clara. Alemania no trata de desarme dentro de la Sociedad de Naciones Consecuencia: no se tratará de desarme. Sub-consecuencia: se intensificará la carrera armamentista, que galopantemente está desarrollándose desde 1919, es decir, desde la mañana siguiente a la firma del Tratado de Versalles, en la sala magnífica de los Espejos, en cuyas lunas prudentes se han retratado, desde Luís XlV y Mazarino hasta Clemenceau y Boncour, tantas apariencias de cosas saludables.
    Roosevelt, con la franqueza que les es característica, acaba de decir: -y en un discurso oficial- una cosa que la diplomacia al uso tendrá como herejía: “el armamentismo actual, que es formidable, no lo quieren los pueblos. Sólo lo quieren los gobiernos y los fabricantes de armas”.
    He ahí como hablaban los socialistas más destacados en 1914. Decían: “Son los fabricantes de armamentos, y los políticos a su sueldo, los belicosos. Los pueblos quieren la paz”. Cuando, en 1914, decía eso aquel Jean Jaurés elocuentísimo, una bala le atravesaba el corazón. Y la prensa, zona trabajada por los fabricantes de armas, ponían el Inri sobre su tumba llamándole traidor.
    ¡Los cambios de los tiempos! Es ahora un Presidente de la República, y de una República fabricante de armas, quien, en un discurso oficial, y sobre la tumba de un Presidente, repite el grito sublevador del Socialismo internacional de 1914: “Los pueblos no quieren armamentos; los quieren, solo, los gobiernos y los fabricantes de armas”.
    Permítaseme recordar un episodio, que exhibo como homenaje  al presidente Roosevelt. Lo copio de una campaña, realizada en París por ese diablo de León Daudet, cuya especialidad es volver locos a los políticos mediante la publicación de documentos secretos. El autor de “Ce stupide XlXeme Siècle demostró lo siguiente. Unos años antes de la gran guerra los fabricantes de armas pagaban indirectamente a cierta prensa alemana para que atacase furiosamente a Francia. Los fabricantes de armas alemanes subvencionaban a cierta prensa patriotera de París para que atacase groseramente a Alemania. Exasperando al pueblo, éste encontraría naturales los gastos bélicos, y aún iría gustoso a una guerra…
    Volvamos a la afirmación de Mr. Roosevelt. El lector opinará, acerca de ella, a su sabor. Me interesa solamente llamar la atención sobre dos aspectos de esas afirmaciones categóricas.
Primero, la desusada manera de hablar de un Presidente de un gran país. Roosevelt ha roto con muchas tradiciones de los gobiernos norteamericanos y creemos que para bien de aquel país. He ahí otra tradición, no ya norteamericana, sino mundial, rota: la tradición de los eufemismos, de la simulación, de la llamada prudencia diplomática, que, arremetiendo contra la gramática y la sinceridad, vedaba llamar las cosas por sus propios nombres. Roosevelt, desde su alto sitial, dice cosas que son bombas explosivas.
Segunda cosa a notar: el divorcio entre los pueblos y los gobiernos. El Presidente norteamericano confiesa que el armamentismo no lo quieren los pueblos,  pero sí los fabricantes de armas y los gobiernos y los diplomáticos. Consecuencia: gobiernos y diplomáticos están  con los fabricantes de armas contra el pueblo. Corolario: los gobiernos y parlamentos actuales no representan a los pueblos.
Así hablaban Maurras, el dinamitero monárquico y genial escritor francés; Sir Mosley, el socialista millonario y entusiasta fascista británico, Cachin, el destripado comunista parisino;