Corporativismo, Política 34
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Stavisky, síntoma de una enfermedad interior La SI 15/01/34 p. 1-4
Stavisky, síntoma de una enfermedad interior
La SI 15/01/34 p. 1-4 (Supone esta crónica lo expresado en LOS MALOS HOMBRES Y LOS MALOS SISTEMAS en LA UNION, 12/09/24, que JBC reprodujo en La Semana Internacional 15/07/39 p.7 dedicado "Para la juventud que estudia", verlo en Educación)

    El “caso Stavisky” es un furúnculo. Como furúnculo tiene escasa importancia, con perdón de los ingenuos estafados y de la familia del bandido suicida. Pero todo furúnculo indica mala sangre. Como síntoma de mala sangre tiene importancia enorme.

a) Ante todo, una aclaración ¿El “caso Stavisky”, es un caso económico financiero o un caso político?
    Cierto que, epidérmicamente hablando, es un caso financiero. Se habla de negocios de millones, de bonos, de acciones. Pero una crítica no puede contentarse con manifestaciones externas, como un médico no puede fiarse de síntomas superficiales. Cuántas veces la causa de un mal está muy lejos de donde se siente el dolor y la dolencia explota.
    Hay que hacer una reivindicación, ante todo, del oficio de negociante. Casos como el de Stavisky son casos absolutamente ajenos a todo negocio económico, es decir, regular y corriente, independientes de toda escuela o abanderamiento.
    Stavisky es uno de los tantos vividores que enhebra la caza vedada de millones en terreno político, por medios políticos y como estructura integralmente política. No son ésos, casos indecorosos para la economía, sino para la política. Su esencia es simple, tan simple como la credulidad humana y las ansias de hacer dinero por medios extraños  al recio y honrado trabajo. Un hombre sin escrúpulos- a veces, según el carácter del negocio, es una mujer- inventa un plan absurdo sobre negocios fantásticos, minas novelescas, tesoros enterrados, grandes negocios de tierras, allá lejos, en los dominios legendarios de un Potosí más o menos olvidado. Promete más, mucho más, de lo que con un trabajo honesto podría alcanzarse. Y la ansiedad de riqueza no trabajada encandila los ojos, viendo realidades en donde no hay más que audacia y fantasía. Caen unos tras otros, numerosos cándidos, doblados de malicia ingenua. Y la trampa se cierra tras ellos cogiéndoles los dedos. La estafa.
    ¿Cómo ha podido operar el estafador, que si no lo conocían  los tontos que caen en sus lazos, por lo menos lo conocían los jueces, los policías, los encargados por la ley de velar por la pública decencia?
    Ahí esta, precisamente, la estructura interior del “negocio”. Tienen su parte en la combinación políticos de nota, lo suficientemente de nota para que puedan detener el brazo investigador, el cual se atiene a hacer el ciego, el sordo y el mudo, mediante  lo que cualquiera supone  que mediará.
    De ahí la índole de estos negocios que no son “affaires” de negociantes, sino tropelías de ciertos políticos.  

    b) Es de interés, antes, recordar como esas trapacerías han sido la constante característica de muchos hombres que han llevado entre sus manos los intereses de la cosa pública. Citemos tres hechos de bien distintas épocas.
    En la historia helénica se destaca con líneas resaltantes “el siglo de Pericles”. Pertenecía este nombre a un famoso dictador que puso a raya las cosas griegas, sacadas de quicio por la politiquería al uso. Había políticos que vendían  los empleos públicos a subasta, en plena vereda del ágora. Robaban los tesoros públicos con avidez tal, que las iras populares rodearon entusiastas la figura de Pericles, cuya primera tarea fue cercar  y castigar a los gestores de “affaires” y limpiar la estructura política de ardeliones y pecheros.
     En Roma, en la tan loada política romana, el soborno, el ardelionismo y el cohecho de cien faces eran instituciones públicas, tan arraigadas como la ley, tan públicas, que eran ejercidas a la vista y tesoneramente. El mal era tan de la entraña de la política romana, que no perdonó ni a los que la historia nos presenta –bastante gratuitamente por cierto- como campeones de la honestidad y de la corrección moral. Catón, el Censor, compraba y vendía cargos bajo las arcadas del foro, y César el escrupuloso general, pedía ejercer en España para llegar a las minas pirenaicas de oro y plata, robar a diestra y siniestra a los naturales, llevarse a