inglaterra 34
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Habla el Príncipe de Gales La SI 19/03/34 p. 2-3
 
Habla el Príncipe de Gales
La SI 19/03/34 p. 2-3


    a) El Príncipe de Gales ha dirigido una impresionante alocución al pueblo británico a favor de los desocupados. En ella suelta una frase sobre la cual se podría escribir un tratado  entero de Economía Social.
    El Príncipe de Gales es así. Se toma a pecho las cosas del Gobierno. Investiga por su propia cuenta. Habla, luego, con un lenguaje tan rudo, que pone miedo en los grandes políticos británicos, acostumbrados a una moderación secular en la cual queda oculto todo lo que no les interesa que aparezca en la superficie.
    Recordemos aquella investigación realizada por el Príncipe, cuando la famosa huelga del carbón, que durante nueve meses tuvo en panne a la primera industria nacional. Cada cual hablaba como le convenía. El pobre maldecía del rico. El rico maldecía del pobre. Los políticos hablaban del conflicto según su conveniencia particular. No había manera, entre tan distintas opiniones, y todas ellas egoístas, de hacerse cargo del problema.
    Y un día, el Príncipe de Gales desaparecía. Iba en viaje a Biarritz, según los corresponsales. El príncipe se vistió de minero, transformando su fisonomía quien sabe cómo. Y de Londres se larga a una de las más lejanas zonas carboneras. Vivió con los mineros. Habló con sus mujeres. Jugó con sus hijos. Durmió bajo aquellos techos de madera goteante. Discutió con ellos sus problemas. Y a los pocos días apareció en Londres con un discurso que desconcertaba a los políticos. Era una verdadera soflama, en que delataba crudamente toda la miseria de medio millón de ciudadanos. Y en un apóstrofe final venía a decir así: Son esos mineros extremistas, cierto. Si vosotros os encontráseis en esa situación, lo seríais igualmente. Cuando yo considero esa situación, estoy tentado de sumarme a sus protestas destempladas”.
    Es ese Príncipe, cuyo reinado futuro asusta a muchos, demasiadamente sincero. Y ahora, al pedir 250.000 libras para los desocupados, a raíz de la Marcha de los Hambrientos sobre Londres, ha tocado al corazón de los poderosos, recordando una ley mecánica, que es, también, ley moral: Recordad –ha dicho el Príncipe- que el hambre y la paciencia tienen un límite de saturación tras el cual solo la anormalidad existe. Recordad que todos vuestros negocios descansan forzosamente sobre esa masa desheredada, cuya normalidad de acción puede ser rota por ley de naturaleza” Y añade el Príncipe, de las causas saltando a los remedios: “habría de ser preocupación nacional, de toda la comunidad, el convertir, a cada uno de esos desamparados, no solo en gentes satisfechas, sino aún en poseedores y propietarios de algo que diese seguridad a su futuro”.

    b) El Príncipe de Gales es un buen psicólogo: ¡convertir a todos en propietarios!
    Últimamente ha tenido lugar en Londres la Marcha de los Hambrientos. Y un agudo periodista londinense la concretaba así: “podría apostarse cualquier cosa a que ninguno de esos desocupados tiene un palmo de tierra de que disponer”.
    Y ¡que Marcha del Hambre! Cincuenta mil caminantes, medio desnudos en medio del más crudo invierno. Ola inmensa de hombres, mujeres y niños, moviéndose a los vientos más extremistas.  Centenares de banderas, todas del mismo color: rojas. Saludan a lo moscovita con los puños cerrados en el aire, en son de odio y amenaza. Hablan cuarenta oradores durante dos horas, con elucubraciones marxistas. Se les niega la entrada en la Cancillería, y ellos entran por la fuerza. Se les niega la entrada al Parlamento, y ellos entran al Parlamento. Se les niegan los edificios municipales, y ellos entran y duermen en los edificios municipales. Sus himnos respiran odio.
    Y, cuando centenares de críticos superficiales, que no ven las estrechas relaciones entre esos actos desesperados y la economía británica, critican ligeramente, nos sale el Príncipe de Gales y echa sobre toda aquella enorme ola de pingajos humanos un velo de cordial misericordia,. Y, mirando a los mismos cimientos de la psicología popular, repite convencido: “¿por qué no haremos a cada uno de estos, poseedor de algo?”.
    En el mundo se está librando ahora una gran batalla. No, entre el capital y el trabajo –es una batalla cuyo final es indudable- sino entre los que creen que la tierra va a ser equitativamente distribuida entre todos los hogares y los que creen que, siguiendo la huella de