Alemania 34 07
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El sangriento episodio alemán examinado fríamente La SI 07/07/34 p. 1-5
 
El sangriento episodio alemán examinado fríamente
La SI 07/07/34 p. 1-5


    La sangre ha corrido en Alemania. No diremos que abundantemente. Pero ha corrido recia y bermeja. El gobierno alemán nos dice que ha habido  unos 65 fusilados y “suicidados”. Supongamos que es el doble: 150 cadáveres, flotando sobre las ruinas de un intento de cuartelazo. Partamos de esa base. Y veamos de analizar esa penosísima tragedia, no diremos que prescindiendo de sentimentalismos –lo cual no sería humano- pero sí con aquella independencia que sabe poner en hilera, sin eclipses mutuos, el sentimiento, el razonamiento y el sentido común
    Otra vez hemos de recomendar ecuanimidad y criterio. El lector nazi tiene el deber de dejar en la puerta sus ideales, entrando desnudo en ese pequeño estudio. El lector anti-nazi ha de realizar absolutamente lo mismo, convenciéndose que sus ideas valen exactamente igual –de hombre a hombre va cero- que las del ciudadano que piensa en el polo opuesto de su ideología.  

    a) Ante todo, una observación previa, que ha de ser el pórtico real para entrar en ese estudio. Es esta: no cabe hacer distinción, en absoluto, en el fuero de nuestra sentimentalidad, entre una masacre obrera  de esas que se realizan día a día y esa pequeña masacre de 70 jefes de posición expectable.
    Uno de los vicios carcomedores del liberalismo del XlX era éste: que sus muy democráticos ideales ponían un abismo de diferencia entre las desgracias acaecidas  a obreros y las que caían dolorosamente  sobre gente expectable.
    La justicia democrática del individualismo castigaba férreamente las raterías odiosas del populacho, cuando lo robado podía medirse con metro fácil. Las cárceles estaban llenas de pequeños viciosos, cuyas pillerías, correctamente sumadas, nos daban una despreciable cantidad de dinero.  Esa justicia democrática cerraba los ojos beatíficos ante un ladrón social, ante un Stavisky de mayor cuantía, cuyos robos odiosos sumaban millonadas; ante evidentes fraudes sociales, que eran hechos sobre el pan cuotidiano de los hogares sencillos.
    El odio popular actual, en el sistema que sus cultores llamaban democrático, tenía varias causas. No era la menor, ese ensañamiento castigador sobre el delincuente de menor cuantía, y esa vista gorda y espinazo doblado, todavía, sobre las bandas de delincuentes de alto vuelo, que caían como hordas ensangrentadas sobre las arcas de la nación y sobre el pan del pobre.
    Realmente era ese procedimiento, bárbaro y repugnante. Hay dos principios en el penalismo eterno –el de ayer, el de hoy y el de mañana- cuya conculcación levanta siempre olas de odios: uno, el que hemos de ser substancialmente iguales, ricos y pobres,  al cometer un delito; otro, que, mirado no el delito, sino la persona, la responsabilidad de esta es mucho mayor cuando es mucho mayor su elevación cultural y social.  La Biblia está llena de amenazas contra los poderosos, los ricos, los cultos, los que “rigen la tierra y presiden a los hombres”. El sentido común de todos los tiempos ha acompañado a esa tendencia bíblica. Y la ciencia penal ha aceptado siempre plenamente esa mayor o menor tensión  de la responsabilidad según la mayor o menor situación social del delincuente.
    El siglo XlX nos había de tal modo degenerado el juicio, que nos lo había completamente invertido. Esta es la palabra, que no hay que retirar: moralmente invertido. No son solo los dados a la política, pequeña minoría, los que se han ensañado durante este siglo contra el infeliz delincuente de menor cuantía, reverenciando odiosamente al delincuente de tono mayor.  Éramos todos, los invertidos. Nos quedábamos tan fríos cuando en una mina –cada semana, sin falta- se asfixiaban 200 obreros, padres de familia. Comentábamos con ligereza una masacre de 500 obreros levantiscos, que plantaban cara y cometían desmanes y depredaciones. Y nos horrorizábamos cuando rodaban cuatro cabezas de hombres poderosos, que cometían el mismo delito que aquellas infelices hordas de Juan sin pan.
    Una reacción es absolutamente necesaria si el mundo ansía buen gobierno y paz. No diremos que se mire fríamente que rueden bajo la guillotina cabezas de jefes. Hemos comenzado diciendo que no habíamos de despojarnos del sentimiento humanitario, que arranca lágrimas ante tan terribles tragedias. Pero ese sentimiento no puede, no debe ser mayor para