Japón 34
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En el Japón pasa algo serio La SI 14/07/34 p. 4
 
En el Japón pasa algo serio
La SI 14/07/34 p. 4


    a) La crisis ministerial, producida en Tokio con la dimisión  del gabinete Saiko, ha sido solucionada con  el nuevo gobierno del almirante Okades. Pero en el bien entendido que no se trata de una crisis de gobierno como tantas que ocurren en todos los países, en estos instantes,  de descomposición política, sino una crisis medular y honda, cuyo significado es necesario desentrañar, aunque sean escasas las noticias que las Agencias noticiosas nos hayan trasmitido acerca de este problema.
    El Japón, desde sus triunfos del siglo pasado, había entrado en una era a la vez de alfabetismo popular y de industrialismo.
    El alfabetismo, creciente día a día, fue despertando a la clase media, así como a un número considerable de obreros ínfimos. El alfabetismo trae indefectiblemente la crítica. Y cuando la actualidad se basa sobre regímenes antidemocráticos, esa crítica haya base de propagación, germinando movimientos proletarios.
    Lo que el alfabetismo hacía, el industrialismo y la miseria obrera lo completaban. Siempre ha sido difícil, en el Japón, alimentar al pueblo. Las masas, muy temperantes, exigen poco en el Imperio del Sol Naciente; pero ese poco no llegaba a sus manos suficientemente.  
    De ambas causas-instrucción, miseria- surgían partidos populares, cuya presión era cada día más densa. Se intentaron cien cosas para no ensanchar la base del sufragio, permaneciendo el poder en manos de una casta privilegiada de políticos y vividores. No se logró: se iniciaron huelgas, protestas, desórdenes. Hubo que promulgarse una ley electoral, que las clases altas convinieron en dar, en la seguridad de que, a través de ella, continuarían usufructuando del poder.
    No les salieron sus esperanzas. Aquel pueblo ni se quedó en casa en días de elecciones, ni se vendió su voto. Firme y callado votó.  Y el parlamento tomaba cada vez un cariz tan proletario, que en las elecciones de cuatro o cinco años atrás se temía que, de ser irreprochables, la masa obrera se apoderaría del parlamento.
Se hicieron mil cosas para que esto no sucediese. Mil cosas legales y decentes y otras mil ilegales y poco decorosas. Se obstaculizó el movimiento proletario. Y no faltan quienes pongan como causa única de la invasión de la Manchuria el poder, con motivo de guerra, establecer leyes anormales, impidiendo de este modo la invasión popular en el parlamento.
Una guerra no se eterniza. Llega fatalmente a su fin. No había ya pretexto para impedir elecciones regulares decentes. Otra vez el fantasma del parlamento obrero, según los principios más puros del individualismo de los partidos liberal y conservador que, con nombres indígenas, habían gobernado al país tradicionalmente.

b) Fue entonces cuando –ante esa antinomia popular-capitalista, en la cual se daba el caso curioso de atenerse los populares a la ley y de violentarla las clases llamadas de orden-  aparecía en la escena política la figura interesante del general Sadao Araki, que en todo el Imperio es, actualmente, la personalidad más relevante.
Araki es militar ante todo. No entiende de política. Se comprende, de política menuda del partidarismo. Pero ve que, en cuanto a la política grande y fundamental,  los que dicen entender en política han fracasado completamente. La prueba de ese fracaso salta a la vista y la confiesan los mismos interesados, acurrucados sin saber qué hacer en el “impasse” que antes hemos explicado: o se apodera del parlamento, por vía legalísima, el pueblo obrero, o hay que dictatorializar  hipócritamente en nombre de la democracia.
Al general Araki le parecían inadmisibles ambos extremos. Creía peligroso, a pesar de sus ideas populares, que una masa desorganizada acaparase la gobernación. Menos aceptaba, todavía, que una minoría política despotizase sobre el pueblo en nombre de una democracia que no sentían.
La solución creyó hallarla en lo que en el Japón se entiende por “espíritu samurái”: lealtad a la raza, amor entrañable al pueblo, rechazo de la politiquería, sacrificio al extremo.
El general Araki no se comprometía con los partidos. Pero su sola política samurái era el ataque más a fondo que a los partidos podría darse. Vino una tirantez fuerte entre el ejército y