Estados Unidos 34 07 09 10
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El viaje a Colombia del Presidente Roosevelt. Roosevelt en Sudamérica  La SI 14/07/34 p. 4-5
El pentavirato obrero de San Francisco de California. Cinco obreros amos de la ciudad La SI 28/07/34 p. 1-4
Upton Sinclair, Gobernador. Sinclair en California  La SI 08/09/34 p. 1-3
El gallo de Roosevelt habla por radio  La SI 06/10/34 p. 4

 
El viaje a Colombia del Presidente Roosevelt. Roosevelt en Sudamérica
La SI 14/07/34 p. 4-5


    El Presidente norteamericano es hombre completo. La “strenous life” –de que se vantan los yanquis y que tan pocos de ellos tienen- no podría quejarse de ese gobernante ecuánime y ubicuo, que emplea plenamente sus horas con la cabeza inclinada sobre ese enorme enredo de problemas que están estrangulando la vida del pueblo norteamericano.
    Las cuestiones nacionales se han acumulado sobre aquel gobierno con gravedad sin precedente.  La debacle económica. La alimentación de los 20 millones de hambrientos. La anarquía amarilla de un capital acostumbrado a mandar sin contrapeso y que disponía de las mismas Cámaras legislativas. El nuevo problema de una enorme masa obrera que se hace presente aún políticamente, cuya organización sindical incipiente ha embocado con energía el Presidente. Los mismos aspectos de una moneda inestable y sin norma: nada ha privado que el presidente haya hallado tiempo para dedicarse a los problemas exteriores, que en Estados Unidos afectan una enorme gravedad, tanto bajo el aspecto económico como político.
    Actualmente Roosevelt dedica horas a mostrar a los pueblos vecinos ibero-americanos su buena voluntad, contrariamente a lo que habían realizado los presidentes, sus antecesores.
    La política externa norteamericana, puede tomarse bajo un doble punto de vista: el del pasado y el del presente.
    En el pasado, desde hace cuarenta años sobre todo, toda la política exterior norteamericana se dirigía a acaparar tierras e intereses más allá de sus fronteras. De este modo aquel país se apropió de Texas, California, Nuevo México. De este modo irrumpió con tinterilladas por un lado y fuerza de armas por otro lado, sobre la América Central, arrancando a políticos traidores a sus propios países Tratados imperialistas. De este modo seccionaba una provincia colombiana, erigiéndola a cañonazos en Estado más o menos independiente, pero siempre con el canal de Panamá propiedad yanqui. De este modo el más ecuánime de los presidentes norteamericanos, Wilson, se apoderaba de Santo Domingo y Haití, apropiándose por fuerza de tropa del gobierno y acaparando firmas estadounidenses, a la sobra de las bayonetas, la tierra y los negocios de la isla.  De ahí que el mapa oficial de Estados Unidos pintase sin miedo todo Centro América y las Antillas con los colores de los protectorados coloniales.  
    Este es el pasado. Y los rigoristas sentenciarán: el diablo, harto de carne, se metió a fraile. Norte América acaparado ya todo, no quiere ahora acaparar más. Por motivos morales, dirá Roosevelt. Porque ya no hay de qué echar mano, contestan los enemigos del Imperialismo.
    El presente no puede ser otro que este que Roosevelt está organizando. Quiere buenas relaciones con todos los pueblos de América. Quiere dejar tranquilos a todos los pueblos, en la seguridad de que esa política de buen vecino es la que mejores resultados puede dar a aquel país.
    Cierto que ha habido sus tentativas de nuevas hegemonías. La intervención de Welles en Cuba, en tiempos de este presidente, muestra como no se han rascado todavía del todo las mañas intervencionistas. La “promesa de abolición” de la Enmienda Platt delata buena política. El intentar conservar la base naval de Guantánamo indica que esa política no está saneada del todo.
    El presidente Roosevelt, aprovechando las vacaciones veraniegas, ha tocado en Colombia. Aquel país lo ha recibido fríamente y no podía ser de otra manera. El Presidente declaró: “Estados Unidos, en adelante, no aspiran más a vivir y a dejar vivir”.   
    Nadie duda de las promesas del presidente Roosevelt, tomando nota de su buena voluntad para vivir en paz con la América hispana. Pero la política amistosa habría sido completa si hubiese enunciado como inminentes cuatro determinaciones que serían más que palabras: el abandono inmediato de la base naval de Guantánamo, la firma del nuevo Tratado del Canal, reconociendo la absoluta independencia de Panamá, la absoluta independencia (ahora solo nominal) de Filipinas y la libertad de Puerto Rico, cediendo al deseo democrático de sus habitantes.
    Las buenas palabras América española no puede atenderlas: siempre han salido de la Casa Blanca  dulces palabras y amargas obras. Y Roosevelt es de una calidad tal y tenemos de