Alemania 34 08
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Hindenburg La SI 11/08/34 p. 1-9
 
Hindenburg
La SI 11/08/34 p. 1-9


Acaba de desaparecer entre los vivos, hundiendo su personalidad vigorosa en las sombras del Más Allá, el Presidente de la Nación alemana, mariscal von Hindenburg. Y pocas veces podrá decirse  con más razón que en el vacío que deja es, simplemente irreemplazable; que, en los más distanciados medios de la opinión es cordialmente llorado.
    A su muerte, doblan en Alemania todas las campanas, de las más diversas iglesias y de los más distintos pensares. Y el mundo, en voz baja como se habla en los ambientes trágicos, se pregunta ¿qué va a pasar ahora?
    Podemos avanzar una cosa, que a tantos habría extrañado diez años atrás. Es ésta: si la mayor tristeza por la desaparición del gran mariscal la sentirán, naturalmente, los alemanes, el más grande temor y miedo lo van a sentir fuera de Alemania los demás pueblos, como no me dejarán quedar mal los cables que en estos días van a llegar de Londres, de París, de todos los grandes centros político-diplomáticos del mundo. Lo cual prueba una cosa: que la figura de Hindenburg se había impuesto mundialmente, y por virtud propia, en medio mismo de la farsa diplomática universal.
    Trazar una biografía del mariscal alemán sería fácil en el supuesto de poder hacerlo en un libro. Tener que recogerla en pocas columnas , estructurando un substratum o resumen, es por demás ardua tarea. Tarea que, sin embargo, hay que tentar de enhebrar siquiera.

1. El Rodillo ruso

El general Hindenburg  no aparece en escena hasta los 67 años. Y en medio mismo de la gran catástrofe de la guerra mundial. De no haber existido esa catástrofe, Hindenburg, mariscal, no hubiera existido. Era un hombre de amplia envergadura, de horizontes no usuales, de grandes instantes. Que, por lo mismo, no podía revelarse más que cuando apareciesen las circunstancias extraordinarias en que pudiesen encajar sus posibilidades extraordinarias.
El 24 de Agosto de 1914 –exactamente hace de ello 20 años- el mundo recibió una gran sorpresa, y los pueblos un enorme susto. Los ejércitos rusos invasores de Alemania, acababan de ser destrozados en la región de los lagos Mazurianos. ¡Hecho tremendo e inesperado! Y lo peor era esto: que era inesperado, también, por los Estados Mayores enemigos de Alemania, los cuales ni por un momento habrían podido sospechar que ese aniquilamiento del ejército ruso pudiese ser posible.
Todos los planes de Joffre se venían, con ello, al suelo.
Estos planes son conocidos de todos los que saben de estas cosas militares. Los ejércitos franco-británicos habían de entretener en Bélgica primero, en el norte de Francia después, a la mayor cantidad posible de divisiones alemanas. Mientras se realizaría este juego de tira y afloja en el frente francés, Rusia movilizaría un millón de hombres, dos millones si fuese necesario, para irrumpir sobre la Alemania oriental, entrar a saco en Prusia y caer sobre Berlín con ímpetu irresistible. Tomada Berlín por los rusos y aliados,  los soldados alemanes invasores de Francia tendrían que dar media vuelta para socorrer la patria invadida. Los perseguirían a matar franceses, ingleses y belgas, pisándoles los tacos. Y en las llanuras prusianas, a poniente de la capital caída, se encontraría el grueso del ejército teutón  entre dos cuchillas: la rusa y la francesa, que lo exterminarían. Fin de la guerra, con una victoria frapante y cinematográfica, basada toda ella en la rida colosal de rusos que caerían sobre Alemania, como rodillo aplastador.
El plan se inició tal como se había concebido. Los belgas resistieron 15 días en el boquete de Lieja. “Liège tient encoré” decían a grandes títulos los diarios de París. Y lo decían ansiosamente, anhelosamente, no para cantar el heroísmo de aquellos flandeses que morían estoicamente ante las murallas de Lieja, hechos añicos por la poderosa artillería germánica, sino porque de esa resistencia pendía el dar tiempo  al ruso para movilizarse: ¡Liège tient encoré!
Tras Lieja, la batalla de las Fronteras,  donde los hulanos y la caballería masacraron a tanto soldado aliado: Dinant quedó empapado de sangre. Pero se había entretenido, con ello,  unos días más, a los alemanes, dando tiempo para la movilización rusa, que había de caer sobre el este alemán aplastantemente.