Vascos La SI 34
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Escaramuzas Vascas La SI 18/08/34 p. 1-2
 
Escaramuzas Vascas
La SI 18/08/34 p. 1-2


    ¿Vascongadas se agita? Todo parece mostrar que hay, en la siempre movida política española, diversos sectores que se agitan  contra Vascongadas. Para ello, es interesante enfocar la protesta vasca de esta semana bajo el ángulo general de la política del país.

    a) Ese pleito vasco de ahora es muy sencillo. Consiste en una aberración de fondo del gobierno, protegida por la ley, y en una ilegalidad vasca cubriendo una de los derechos más fundamentales del pueblo. Entre el error a fondo y el error epidérmico, un espíritu honesto sabe bien con quien quedarse.
    La sencillez del problema es completa.  Al advenir la República -1931-  el nuevo régimen disolvió las Diputaciones Provinciales, que habían sido elegidas por el pueblo, pero bajo la férula de la dictadura anti-vasca de Primo de Rivera. Fueron elegidos para administrar y gobernar las tres provincias autónomas gentes que en manera alguna representaban al electorado. Un ejemplo: en la provincia de Vizcaya,  donde el censo último se manifestó con un 78% nacionalista y un 9% monárquico, había una Diputación con un 96% monárquica y 0% nacionalista.
    Eran las ansias torpes de la Dictadura queriendo aparentar democracia, sometiendo los organismos a elecciones y presionando gruesamente los resultados.
    Tal como está de avanzada la biología colectiva moderna, no asusta ya a nadie el concepto de Dictadura. Se sabe bien que los organismos necesitan  a las veces de operaciones quirúrgicas y amputaciones; que, todavía, es salvadora, en ocasiones graves, la anestesia; que, a pesar de esto, una operación quirúrgica puede matar al enfermo y una anestesia puede pararle el corazón. De ahí deducen los biólogos la importancia vital –y mortal- de un estado dictatorial que lo mismo puede salvar a un agonizante que acabar de rematarlo.
    Pero la biología, que en los extremos casos exige cirugía y anestesia, no admite jamás, mixtificaciones. Cuando hay necesidad de cirugía, lo proclama alto, claro y firme, levantando muy arriba el bisturí y las tijeras. No podría avenirse con disfrazar una situación amputadora y anormal con un estado de salud.
    Es lo que no comprendió jamás Primo de Rivera Tres interrogantes se ciernen históricamente sobre sus Siete Años, que amigos y enemigos del general no saben deslindar convenientemente: ¿era necesaria, en 1923, una dictadura? ¿Fue la de Primo de Rivera esa dictadura necesaria? ¿Fue buena su táctica de simular constitucionalidad y normalidad y legalidad escrita, no habiendo más que pura dictadura?
    A la primera pregunta una mente serena contestaría afirmativamente. A tal grado de putrefacción  había llegado el juego de los partidos, que sólo con cortes rápidos y desinfecciones ultraviolentas era posible evitar  una sangrienta revolución que, para ser peor, hubiera sido del todo justificada.
    A la segunda interrogación contestarán que sí los materialistas y los espiritualistas materializados. El dictador realizó una política económica, si no genial, muy aceptable, iniciando la era de los grandes gestos, que la República tendrá que continuar de grado o por fuerza pero los críticos integralistas, que saben aunar lo material y lo espiritual, contestarían a la pregunta con un “no” categórico. La dictadura dejó las cuestiones espirituales –religiosa, regionalista, obrera, etc.- mucho más graves y envenenadas que en los tiempos de los partidos No supo realizar una obra espiritual adecuada, al lado de la obra material, por la cual sentía Primo de Rivera tanto cariño.
    Al tercer interrogante sólo políticos sin categoría de estadistas sabrían contestar afirmativamente. No. No hay que alimentar confusiones desde el poder, aunque Maquiavelo haya aconsejado lo contrario: la enorme crisis mundial de estos tiempos es la bancarrota total del maquiavelismo.  
Primo de Rivera, que no fue jamás dictador de corazón –era un excelente hombre de paz y un andaluz bueno y “bon vivant”- tuvo siempre la manía pseudo-democrática: ejercer una dictadura que la gente creyese que no lo era. El medio es demasiado conocido, porque es universal: forzar los actos electorales.