Estados Unidos 34 11
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Roosevelt está respaldado por el pueblo La SI 10/11/34 p 1-10
 
Roosevelt está respaldado por el pueblo
La SI 10/11/34 p 1-10


1. La voz de la tumba

    Cuando de 1922 a 1930, Mr. Hoover llevó la batuta de la economía norteamericana, fue “La Semana Internacional” la única crítica que cerró derechamente contra él:, contra él, cuando ejerció de Ministro de Comercio; contra él, con más ardor y reciedad, cuando fue elevado a la presidencia norteamericana.
    En nuestro aislamiento crítico, más parecíamos monomaniáticos que raciocinantes: que a esto equivalía el ir contra la corriente universal de la crítica. Sin embargo, no arreciamos. Sabíamos que los hechos  habían de darnos la razón. Y que había de ser Hoover, y no nuestra crítica, quien caería irremisiblemente.
    Recordemos. Fue Mr. Hoover quien alzaba, hacia 1922, las tarifas aduaneras por manera absurda. Fiaba tan infantilmente en esa medida, que parece absurdo que legue a ministro  de un gran pueblo un tal ciego. Sin embargo, su ministerio y su labor le valían alabanzas continuadas de parte del rebaño inconsciente de escritores.
    Fue cosa de Hoover la inmoralidad  perfecta de la “mosca mediterránea”, con la cual atacaba deslealmente  a los productos extranjeros que llegaban allá dispuestos a vencer  a pesar de los altos aranceles, dejándolos pudrir en las bodegas con la excusa de una cuarentena por motivos de salubridad.
    Fue de Mr. Hoover la torpe invención  del sistema de ventas a plazo como régimen general, con el cual pretendía estimular la producción norteamericana y arruinar a los pueblos que aceptasen ese método (¿) que ellos llamaban “maravilloso nuevo sistema económico”. Sistema que aceptó como colosal la corta vista de miles de diarios americanos,  y que nosotros combatimos recientemente.
    ¿Quién no recuerda los discursos constantes de Mr. Hoover presidente, negando que hubiese desocupación cuando había ya millonadas de hambrientos, ponderando la “enorme prosperidad norteamericana” cuando estaban ya podridos todos los cimientos,  prometiendo la salvación para mañana, en la seguridad de que ese mañana había de ser más amargo que el ayer?
    Difícilmente podríamos encontrar, en los anales políticos de los años de la postguerra, un político más terriblemente equivocado,  a pesar de la mediocridad evidente de los “bigs” de la mayor parte de países. La catástrofe enorme de 1929 lo cogió absolutamente desprevenido. Se veían, se palpaban, se respiraban  mil tragedias. Y Mr. Hoover vivía en el mejor de los mundos, cantando odas a la prosperidad en medio de ruinas enormes y de ayes de innumerables hambrientos.
    Decir Mr. Hoover, es decir partido republicano, que incluye en su seno a casi todos los grandes negocios de la nación. Los telegramas de estos días hablan de Partido Republicano o Conservador. No es exacto, chilenamente hablando. Aquel partido republicano incluye a los que en Sudamérica se llaman conservadores, liberales y radicales, que –la cuestión religiosa de escasa actualidad política- no tienen entre sí diferencias esenciales.  
    Desde 1921, el partido republicano asumió la gobernación del país. Le bastaron nueve años para arruinarlo todo: bancos, agricultura, fabricación, minas, presupuestos. Quebraban 4.000 bancos, los agricultores no venden,  la fabricación se reduce a un medio general de 29%, 17 millones de desocupados. Con ellos 44 millones de hambrientos, más o menos.
    El pueblo los condenó en las elecciones de 1932, de cada cuatro diputados derrotándoles tres. Fue nombrado presidente Mr. Roosevelt. E iniciaba un intento de salvación, para ver de sacar los negocios de la ruina; la política, del caos; a las masas del hambre y del comunismo, que en número de centenares de miles iba recogiendo devotos y defensores.
    Mr. Hoover, apenas echado de la presidencia, se fue calladamente, ocultamente, a trabajar una granja californiana, No se dejaba ver. Y tuvo el suficiente sentido común para no hablar, durante año y medio. Virtud no poco loable, virtud que tuvimos ocasión de alabar en estas crónicas.
    Más, he ahí que, unos meses atrás, surge como de la tumba una voz lloriqueante. La audacia de los mamuts republicanos, ignaros y aprovechadores, lo explica todo en ellos.