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Las sorprendentes maravillas de la Radio La SI 17/11/34 p. 6
 
Las sorprendentes maravillas de la Radio
La SI 17/11/34 p. 6


    Meses atrás (La SI 02/06/34  p. 8-9)) dedicamos a esa asombrosa invención unas páginas explicativas. Tuvieron una aceptación franca. Comprendió el lector dos cosas: que esta maravilla se impone a todo periódico o revista, como el acontecimiento más grande la época; que a una revista de índole internacional como la nuestra, el tema “Radio” cabe dentro de su esfera, con estrictez innegable.
    Estamos acostumbrados a ese pequeño chisme. Y, como el sacristán que se tuteaba con Dios de tratar con la Divinidad todos los días, nosotros no fincamos atención  en esa portentosa cosa que es la transmisión instantánea de la voz humana –de cualquier ruido o sonido- a  miles y miles de kilómetros, por arte maravilloso de las misteriosas hondas trasmisoras … que nadie, a punto fijo, lo que son.
    Solo la costumbre de ver y oír en todos los instantes mediante ese maravilloso invento puede hacernos distraer de la consideración de su importancia. De importancia como recreo y gozar de su importancia como utilidad y eficacia.
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    Tiene uno en casa, por medio de la varilla mágica de este aparatito, mil recreaciones que no le cuestan un centavo. Usa miles de discos, de cuya música goza sin inversión de dinero en compras. Tiene a su disposición orquestas, variadísimas, de cuyas armonía goza sin siquiera levantarse del cómodo sillón de su hall. Oye a notables conferencistas, que le explican cien temas distintos, todo a gusto del consumidor, con solo dar una pequeña vueltecita a una llave diminuta. Le ofrecen horas de toda clase: de modas y de gimnasia, de música clásica y de música ligera, de higiene y de literatura, de problemas internacionales y de cuestiones filosóficas.  Puede usted ponerse en comunicación con sabios y con bufones. Le invita la radio a reír o a llorar, a gusto de cada uno. Si ama usted la guitarra, la sentirá gemir en su radio. Si prefiere las melodías del violín, ahí le vienen a través de las ondas invisibles. Si está saturado y quiere descargarse  a golpes de jazz y de cacerolas que quieren ser armónicas, ahí le vienen al encuentro el jazz y las cacerolas y los serruchos y las tapaderas. Y si, arrepentido –si es que se arrepiente- de su gusto, quiere que le absuelvan piadosamente, a la voz del sacerdote que le tira suavemente de la oreja moral le echará una bendición y se podrá ir tranquilo.
    Usted puede ser caprichoso, neurasténico, capaz de molestar a un santo con sus deseos insólitos. La radio no se molestará jamás. Y usted hallará en ella al servidor humilde de sus extravagancias, si tiene el mal gusto de tenerlas.
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    Un buque se va a hundir, víctima del fuego. Un S.O.S. salvador traerá el milagro del auxilio.     Un tren descarriló en los apartados rincones de una región lejana. Una señal en la radio avisará a quien sabe cuantos aparatos la gravedad del mal.
    Un moribundo anhela recibir a Dios, antes del supremo viaje  a la región obscura de lo Desconocido. Las ondas traerán al cura, en cuyo seno un viril de plata encierra al Cuerpo misterioso del Dios vivo.
    Quiere usted improvisar un concierto casero durante la comida.     Tendrá un colosal programa, al solo capricho de su voluntad. Y oirán sus comensales las más famosas piezas de concierto.
    Desea divertir a la muchachada con bailes caseros, y los músicos no están en su mano. Lo están, a condición de que los llame por medio de esa cajita de misterios.
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    Dice una sentencia muy vieja como Aristóteles y, dando un salto de 1.500 años, como santo Tomás –que “nihil volitum quin praecognitum”. Lo cual, en cristiano vulgar, quiere decir que el amor y la fraternidad no son posibles si un conocimiento previo no viene a motivarlos.
    ¿Cuántas ideas injustas no se tienen de una persona que no nos es conocida a fondo? ¿Cuántos juicios falsos? ¿Cuántas animosidades?