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Monroe a la vista: Los entretelones de la Conferencia Panamericana de Panamá

 

6. Conferencia de Lima

            Se había dado el primer paso en Montevideo. Se insistía en Buenos Aires. Conferencia de Paz. Se celebra en Diciembre pasado, en Lima, la V111 Conferencia Panamericana, y se intenta el tercer ataque, para hacer pasar lo que en las precedentes Conferencias no había sido aceptado.
            La delegación norteamericana va a Lima no sin haber antes emprendido la prensa estadounidense, se comprende inspirada desde donde, una fuerte campaña contra “los peligros de un ataque a América”, “las infiltraciones ideológicas totalitarias en América” y otras frases semejantes, que debían ser aptas para sacar, en su día, un corolario determinado.
            Se va, pues, a Lima, con el mismo plan, ahora reforzado, de Montevideo y Buenos Aires: proclamar la política de Buen Vecino, pero en todo aquello que no toque al bolsillo; señalar el peligro de un ataque a América desde Europa, a mano armada; y la necesidad de intensificar el intercambio comercial entre los países americanos. Para organizar esto, se propiciaba la formación de un Comité Permanente de Colaboración Interamericana.
            Apenas llegada a Lima la Delegación argentina, se pone de frente contra estas pretensiones, rechazándolas en absoluto, aunque sustituyéndolas por otras lógicas.
            La Política de Buen Vecino según los argentinos, debía extenderse hasta los pueblos de Europa. Nada de americanismo separatista. Europa es la madre lejana de estos pueblos. Es, además, su mejor cliente. Dos razones más que fundamentales para no aislarnos.
            No creía Argentina probable, ni aún posible, un ataque armado a estos países de América. Contrariamente: había que forzar a los países que tenían en el continente tierras usurpadas a que las devolvieran. Sin rehuir, por lo mismo, el estar bien armados, rechazaba lo que podríamos llamar armamentismo. Y, en el caso de armarse, cada país debía comprar donde le pareciese y le conviniese: en Estados Unidos o en Europa.
            Respecto a la intensificación comercial, debía de ser sin preferencias ni aislamientos: comprando y vendiendo donde hubiese ocasión.
            Se luchó enormemente en Lima entre los dos polos opuestos: el norteamericano y el argentino. Día a día iban poniéndose más delegaciones del lado argentino. Se llegaba, por fin, a la totalidad de países. No se aceptó nada de las propuestas americanas, ni siquiera la formación de un Consejo Permanente panamericano que, naturalmente, funcionaría en Washington. Se adoptaron nuevamente las mismas resoluciones de Buenos, no avanzándose una pulgada siquiera. Nada de la propuesta norteamericana. Por única conclusión, esta: repetición de la de Buenos Aires: caso de tener lugar algún suceso alarmante, las cancillerías americanas se consultarían mutuamente.
            Cuando algunos países, especialmente Estados Unidos, decían, al retornar de la Conferencia, que se había ganado mucho terreno, estaban columpiándose en el trapecio del optimismo más sin base

 

7. Este comercio europeo en América

 

Entre tanto, un hecho que era la causa de todo esto iba tomando cuerpo cada día más. Se trata del comercio internacional.
            Se ha dicho antes que quien quiera entender esos líos, ha de pensar en una palabra fatídica: desocupación. Doble desocupación: de hombres norteamericanos y de oro norteamericano. Once millones de ciudadanos sin nada que hacer. Millonadas de oro sin tener en qué ocuparse ni ganar. La ley Johnson prohibía prestar oro norteamericano  a los pueblos deudores. Lo ofrecen continuamente. Ni los deudores ni los no deudores querían préstamos. Era