Pre Guerra 1935
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Pre Guerra 1935
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¿Habrá guerra? No la habrá. No habrá guerra La SI 13/04/35 p. 8-9, 16
XV. Aniversario del Tratado de Versalles La SI 06/07/35 p. 7
 
¿Habrá guerra? No la habrá. No habrá guerra
La SI 13/04/35 p. 8-9, 16


    Sobre todo el mundo, como clarín bélico, ha resonado  en estas dos últimas semanas la amenaza de una nueva guerra.  De una nueva guerra que sería –no hay que ser profeta para adivinarlo- una verdadera orgía de alardes científicos del cual las ciencias y sus adelantos saldrían avanzadas en mil años; del cual la humanidad, sirviente de una ciencia domeñadora  y de unos odios de animal, saldría lisiada, estropeada.
    No creemos en esa guerra. Y pueden estar tranquilos los que de buena fe hablan de ella.

    a) No es que comulguemos con las ideas, absolutamente fantásticas, de los que creen que una guerra acabaría con la civilización, y menos con la humanidad. Quienes esto afirman, tendrán un corazón sensible y cristiano, se concibe: pero no tiene memoria ni conocen la historia de la humanidad y de la civilización.
    La civilización no ha detenido su vuelo por las guerras, antes durante ellas ha recibido ha recibido los más enérgicos latigazos, que la han hecho avanzar desmedidamente durante los sangrientos conflictos que han afligido la marcha de la humanidad.  Y admira de veras que un pacifismo tan bien intencionado como ciego, crea que la civilización –lo que entiende por civilización nuestro siglo- marcha para atrás por obra sangrienta de las guerras.
    En la historia de la humanidad, llena de dramáticas peripecias, cada una de las guerras ha representado acelerados, numerosos inventos en todos los órdenes materiales. Yo no sé qué destino trágico pesa sobre el hombre, que sólo a fuerza de espolonamientos sangrientos avanza por las sendas de la perfección. Las ciencias avanzan a fuerza de hechos –o de intentos- bélicos. La cuestión social no reduce a los poderosos más que a fuerza de huelgas, de crímenes y de revoluciones. Y sobre ese que soberbiamente llamamos “animal racional” no parece sino que la primera de esas dos palabras haya montado a su sabor, y a rienda bien tirante, sobre la segunda.
    En la historia de la edad modernísima, entendiendo ésta desde el segundo tercio del siglo XlX, podremos afirmar, sin lugar a dudas, que los avances científicos de todo orden, con rarísimas excepciones se deben o al hecho de una guerra, o a la intención de provocar un hecho de sangre o de pararlo. Y ha sido recientemente un sabio, pacifista además, quien ha afirmado cosas que todos nos sabíamos de memoria, pero que reciben con ello nueva fuerza: que las ciencias, sin exceptuar una sola, avanzaron en los cuatro años de la guerra, y en esos quince de la guerra que se está incubando, con mayor  celeridad, y precisamente con intención bélica, que durante mil años anteriores.
    Cierto que la civilización no es materia exclusivamente; que el espíritu cuenta y con él la moral y otras aladas secciones de la humanidad; pero, aún así ¿se atrevería nadie a decir, con fundamentos en los hechos, que moralmente la humanidad ha vuelto para atrás, comparada con cualquier tiempo anterior? ¿Qué no hay avance moral también con motivos bélicos? ¿Qué, en medio de tanta basura de malos sentimientos y crueldades, no florecen bellas flores espirituales que tienen como atmosfera el clarín, el cañón y la sangre?
    Una cosa es desear la paz, y aún la paz perpetua, si ella es posible. Delataría un corazón bien puesto quien así pensara. Pero otra cosa es afirmar lo que la historia rechaza en absoluto, como esto de que, siendo las guerras siempre, y en virtud de sí mismas,  instrumentos de retrogradación,  una guerra próxima sumiría a la humanidad en un caos del cual no podría salir ya. La humanidad, como las colas de las ranas, renace siempre por su propia  misteriosa ley de vida que en su seno puso Dios.

    b) Esto dicho, para que las ideas no se confundan, podemos ya afirmar con mayor desenvoltura que no habrá guerra; que todas esas prisas armamentistas y esas escaramuzas internacionales no nos van a llevar a una guerra; y que ese correr francés de 200.000 hombres hacia las fortificaciones del este, y ese apresuramiento alemán en armarse hasta los dientes, nada tienen que ver con una guerra que no vendrá…
    Nos cuentan los historiadores romanos una cosa que en estos días sociales del siglo XX no han de perder de vista los que quieran adivinar los acontecimientos que se aproximan. Roma llevó a cabo guerras infinitas. Pero tuvo muy en cuenta el dividir los ejércitos en dos categorías: