La SI 35 08
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Conferencia Panamericana del Trabajo.
Su razón de ser. Su rol americanista. Su contribución a la solución de la crisis mundial. Su deber de ejemplaridad ante la Sociedad de Naciones y las Conferencias Panamericanas La SI 03/08/35p. 1-7
Conferencia Panamericana del Trabajo.
Su razón de ser. Su rol americanista. Su contribución a la solución de la crisis mundial. Su deber de ejemplaridad ante la Sociedad de Naciones y las Conferencias Panamericanas La SI 03/08/35p. 1-7



1. La Cuestión Social eje del mundo

    En 1919 una multitud de políticos mundiales estuvieron trabajando intensamente en lo que después recibía el nombre –hoy absolutamente descreditado- de Tratado de Versalles. Esos políticos estaban acaudillados por los cuatro primeros representantes de Gran Bretaña, Francia, Italia y Estados Unidos. Había concluido la guerra, y era necesario sellarla con un Convenio Internacional, que había de ser la llave que cerrase un período ominoso, para iniciar una época de paradisíacas prosperidades.
Vemos al decir que, si el fin era, verdaderamente, ese deseo de paz, cosa que parece indudable, los medios que para conseguirlo se emplearon eran especialmente inadecuados para conseguirlo. La experiencia de quince años nos lo dice irrefragablemente. Pero a los espíritus avisados se lo decía el mismo Tratado en el día mismo de la firma, en la Sala de los Espejos de Versalles.  
Uno de los personajes que en aquel desgraciado Convenio intervenía iba indudablemente bien orientado. Era el Presidente Wilson. No es preciso canonizar a este famoso personaje –que dio la vida en su lucha por su ideal- para poder decir que lo que él pretendía era lo menos descaminado. Es indudable que Wilson iba a su fin, entendiendo con “su fin” el engrandecer a estados Unidos todo lo posible. Fue él quien durante los dos primeros años de la guerra observaba una neutralidad que había de engrandecer elefantiásicamente a su país, por la demanda que iba a recibir –y a cualquier precio- de material por parte de todos los pueblos que estaban en guerra. Fue Wilson quien, enriquecido su país después de dos años de neutralidad, declaraba la guerra a Alemania, para impedir un contrincante serio si Alemania ganase la guerra.
Es indudable que Wilson miraba por encima de todo la prosperidad de su país, y sería difícil, por antipática que sea esa mira, vista desde afuera, condenarlo por este lado. Pero es también indudable que supo enlazar ese punto de vista egoísta con ciertos ideales de paz internacional, que predicó en todos los instantes. Wilson era profesor universitario. Y un profesor de Princetown había de tener a la vista un objetivo mundial y pacifista, acordándolo con el interés nacional.
El Presidente norteamericano vio claro una cosa, que muchos no veían, a pesar de estar a la vista en aquellos momentos del armisticio: que lo de la guerra que estaba terminando era lo de menos para el futuro, porque habían de aparecer montones de dificultades que las hiciesen poco menos que imposibles en el futuro. Y adivinaba que esas guerras del futuro habían de ser sociales, y no entre uno y otro país, sino entre las dos clases sociales que están dividiendo a la humanidad que trabaja y goza: los ricos y los pobres.
Y así ha acontecido. Han pasado dieciséis años desde aquella fecha memorable.  La paz internacional no ha sido turbada. Las pequeñas guerras que ha habido han sido obra de los gobiernos, no de los pueblos, como la del Japón en la Manchuria y la del Chaco americano. Pero inmediatamente de firmada la paz aparecían recrudecidas las guerras sociales.
    Y son tan importantes esas guerras sociales, que hemos de insistir en un concepto que aparece en estas columnas desde hace muchos años ya: que precisamente esas guerras sociales son lo que impide a gobiernos inescrupulosos iniciar nuevas guerras: porque los trabajadores, armados para ir contra el extranjero, volverían (así piensan los gobiernos) sus armas contra la clase posidente de su propio país.
    El Presidente Wilson expresaba este concepto en varias ocasiones, y es una lástima que los gobernantes bien situados, dados por enteros a las pequeñeces políticas, no entendiesen esas supremas advertencias.
    En el Tratado de Versalles obligaba a poner un Libro o Capítulo dedicado por entero al problema social. Antes de morir escribía un notable cortísimo artículo para los diarios en los