indigenista 3
Especial para la Semana Internacional. España ante los pueblos indoamericanos. Luís Serey Pizarro
La SI 26/10/ 35 p. 11
Especial para la Semana Internacional. España ante los pueblos indoamericanos. Luís Serey Pizarro
La SI 26/10/ 35 p. 11


    El 12 de Octubre de 1942, Cristóbal Colón da con un nuevo mundo. Son las islas de Cuba y Cipango, tierras vírgenes y pletórica, desconocidas hasta ese día por los hombres del otro mundo. Nuevos pueblos pasan a formar parte del dominio de Castilla y Aragón, de don Fernando y de doña Isabel,  que en esta misma época, después de setecientos años de lucha encarnizada y sin tregua, habían logrado vencer al poder musulmán y consolidado así, con su expulsión de la Península Ibérica, la España misma.
    Otros navegantes, ávidos de aventuras temerarias, siguen posteriormente a Colón con ejemplar bravura, completando su obra e incorporando al cetro de España inmensos y ricos territorios. Américo Vespucio saca del error que a todos dominaba, probando que no era Indias las tierras encontradas, sino un nuevo mundo. Vasco Núñez de Balboa descubre el Mar del Sur, cruzando el Istmo de Panamá. Años después, Hernando de Magallanes, penetrando desde  el Atlántico por Tierra del Fuego, da con el Estrecho de Magallanes y denomina al Mar del Sur por Océano Pacífico.
    Así se hallan estas tierras de América Española, cuyo territorio vastísimo fuera escenario más tarde y palestra sin igual de luchas sangrientas y formidables, donde se traban a muerte dos razas de titanes, dos civilizaciones ignotas, para mezclarse luego, conquistadores y conquistados, hispanos e indios, civilizadores y civilizados, los de Pizarro, Almagro y Valdivia, con los de Atahualpa, Moctezuma y Caupolicán, y dar nacimiento a los grupos étnicos más peculiares: a los pueblos ibero-americanos, más propiamente dicho, a los pueblos indo-americanos.  Y es esta América. Así nación ante el mundo civilizado y de esta manera se forjó en su magnificencia continental.
    Salidos de la tutela los pueblos así generados, creadas estructuras sociales ansiosas de emancipación, encauzaron sus ideologías libertarias y se hicieron independientes, libres y soberanos, surgiendo a la vida internacional con la mirada fija en el sol naciente de sus más caras esperanzas.
    Más, no obstante las pasiones más ardientes, por sobre todo estériles en el concepto de humanidad, que enceguecían apagando nuestros propios sentimientos, España y América han sabido mantener y alimentar, hoy mejor que ayer, aquellos vínculos que les unen, que les identifican, que les atan: raza y cultura.
    España, como bien se dice, ha triunfado en el espíritu de las naciones de su estirpe, y, en consecuencia, ha recuperado espiritualmente lo que físicamente perdió. España, pues, ha sabido ganar y nos es grato señalarlo hoy como un ejemplo ante el mundo, cuando los pueblos de otras razas se hallan distanciados, en plena lucha algunos, al extremo de hacer peligrar sus propias existencias.    
    Mucho, muchísimo, se había hecho en el sentido de hacernos entender que fueron los hombres de España gentes desalmadas, legiones vandálicas, que no dejaron nada por hacer  en contra de los nuestros, y cuanto crimen es dable imaginar y cuanto atropello es posible de citar, habían sido por ellos cometidos en la era colonial. Eran éstos los conceptos que escuchábamos casi estupefactos en nuestros primeros años de instrucción, cosas que las recordamos como si fuesen hoy. Así se nos enseñaba en nuestra niñez. Pero, ya hombres, aquél error craso fue disipado al investigar nosotros mismos tales hechos. No es posible, so pena de pecar de mala fe evidente, por casos aislados inevitables, llegar hasta generalizar. España, no es culpable de ello, y antes por el contrario, sus monarcas se inspiraron siempre, cristianamente, en los más nobles y cristianos sentimientos, al dictar sus órdenes, e impusieron a sus mandatarios con cariño singular la observancia más estricta de todas sus recomendaciones.
    Bata citar algunos párrafos de las “Leyes de Indias” para demostrar lo que sostenemos. Veamos:
    La Ley l, que habla del tratamiento que debe dárseles a los indios, dice a la letra: “En el testamento de la serenísima y muy católica doña Isabel, de gloriosa memoria, se halla la cláusula siguiente: Cuando nos fueron concedidas por la Santa Sede Apostólica las Islas y Tierra Firme del Mar Océano, descubiertas y por descubrir, nuestra principal intención fue, al tiempo que lo suplicamos al Papa Alejandro Vl, de buena memoria, que nos hizo la dicha concesión, de procurar inducir y traer los pueblos de ella, y los convertir a nuestra santa fe católica y enviar a las dichas Islas y Tierra Firme prelados y religiosos, clérigos y otras personas doctas y temerosas de Dios, para instruir los vecinos y moradores de ellas a la fe Católica, y los doctrinar y enseñar buenas costumbre y poner en ellos la diligencia debida, según más largamente, en las letras de la dicha concesión se contiene. Suplico al Rey, mi Señor, muy afectuosamente y encargo y mando a la Princesa, mi hija, y al Príncipe, su marido, que así lo hagan y se cumpla, y que este sea su principal fin y en ello pongan mucha diligencia, y no consientan y den lugar a que los indios vecinos y moradores de las dichas Islas y Tierra Firme, ganadas y por ganar, reciban agravio alguno en sus personas y bienes; más manden que sean bien y justamente tratados, y si algún agravio han recibido, lo remedien y provean , de manera que no exceda cosa alguna, lo que por las letras apostólicas de la dicha concesión no es imbungido y mandado. Y nos, a imitación de su católico y piados celo, ordenamos y mandamos a los Virreyes, Presidentes, Audiencias, Gobernadores y Justicias Reales, y encargamos a los Obispos y Prelados eclesiásticos que tengan esta cláusula muy presente y guarden lo dispuesto por la leyes, que en orden a la conversión de los naturales y su cristiana y católica doctrina, enseñanza y buen tratamiento, están dadas”.
    Tales preceptos no pueden ser superados. Tienen rasgos de profunda penetración, a la par que acusan un conocimiento exacto de las necesidades de la época. Y como estos siguen los de la Ley ll, que data de 19 de Octubre de 1514, debida a Fernando V, confirmada y recomendada más tarde su estricta observancia por Felipe ll, a 22 de Octubre de 1556, y que dice textualmente:
    Ley ll “Es nuestra voluntad que los indios e indias tengan, como deben, entera libertad para casarse con quien quisieren, así con indios como con naturales de estos nuestros reinos, o españoles nacidos en la Indias, y que en esto no se les imponga impedimento. Y mandamos que ninguna orden nuestra que se hubiere dado, o nos fuere dada, pueda impedir o impida el matrimonio entre indios e indias con españoles o españolas, y que todos tengan entera libertad de casarse con quien quisieren y nuestras Audiencias procuren que así se guarde y cumpla”.
    La lectura de esta regla nos revela el espíritu que animó a España en la formación de estos pueblos nuestros. Es esta ley así relacionada la primera semilla racial indoamericana. Crea la familia misma, base celular de toda sociedad humana. Es obra de España. lo prueba el solo enunciado de esta ley fundamental.
    El Emperador don Carlos, luego el Cardenal Tavera, a la sazón gobernador de Talavera, y finalmente Felipe ll, demuestran la preocupación constante que tenían sobre la especial atención y el mejor tratamiento que había de tenerse para con los nativos de estas tierras de América. La Ley lll lo confirma cuando ordena, en 1541, lo siguiente:
    Ley lll.- “Mandamos a los Virreyes, Presidentes y Oidores de nuestras Audiencias Reales que tengan siempre mucho cuidado y se informen de los excesos y malos tratamientos que se hubieren hecho o hicieren a los indios incorporados en nuestra real corona y encomendados a particulares; y, asimismo,  a todos los demás naturales de aquellos reinos y provincias, inquiriendo como se ha guardado y guarda lo ordenado  y castigando a los culpables con todo rigor y poniendo remedio en ello, procuren que sean instruidos en nuestra santa fe católica, muy bien tratados, amparados, defendidos y mantenidos en justicia y libertad, como súbditos y vasallos nuestros, para que, estando con éstos la materia dispuesta, puedan los Ministros del gran evangelio, conseguir más copioso fruto en beneficio de los naturales, sobre que a todos les encargamos las conciencias”.
    ¿Dónde está la inhumanidad de que se acusa a España? ¿Dónde el salvajismo y la ruindad aconsejada? ¿Hubo crímenes de lesa humanidad? ¿Acaso, en cambio, no existió en el ánimo de sus magnates, solo amor, dignidad, buenos propósitos y nobleza? ¿Cumplió acaso España su misión civilizadora sin Dios ni ley?
    La Historia, para que sea tal,  como condición esencial, requiere la imparcialidad más absoluta del escritor. Han pecado de parciales quienes en sus páginas han pretendido incorporar conceptos que hoy no se concilian ni menos pueden concebirse ante el criterio ecuánime y doblemente justo de los hombres de Indo América, que saben comprender a España y, con ello, su obra magna, en la formación de nuestros pueblos.
    Felizmente se ha extirpado de raíz, como la maleza de huerta, esa comprensión maligna que había de España y de su obra. Era el fruto ponzoñoso de la pasión. Pero, a tiempo, la nueva generación indoamericana, que se alza con la mirada fija en el porvenir, ha sabido darse cuenta de estas cosas y ha reparado con hidalgo gesto, aquellos errores propios de las circunstancias y del medio. Así lo comprendemos. Así lo entienden España y su América.
    España fue y será nuestro norte, guía y espejo. América no ha sido más que la continuación de las comarcas del Cid, donde se libraran hazañas sin igual. España se infiltró en Indo América, en cuerpo y alma. Las lenguas nativas de los mayas, quichuas, caribes, aymarás, guaraníes, araucanos, chinchas y tantas otras milenarias, cedieron su lugar gustosamente a la “castellana” del siglo de oro, que con singular gracia, sabor y colorido ha servido para enrolarnos con España, haciéndesenos partícipes en el proceso inconmensurable del mundo que nos conduce a la verdad, a la belleza, al bien, a la confraternidad humana, que ha de llegar como suprema felicidad y bienestar de los pueblos.
    La lengua es el medio que tiene el hombre para expresar los dictados de su corazón. Por ella, las ideas dan los preciados frutos que permiten el desarrollo y el progreso de la sociedad.
    El pensamiento se expande. La lengua es como el zumo de la vida. España nos la dio generosamente. Y bien se dice que quien da la lengua da el alma. De  ahí que el alma de los pueblos indoamericanos es el alma misma de España.
    Al rendir hoy nuestro modesto pero justo homenaje a España, creemos que ha llegado el momento para dar forma decisiva al movimiento de opinión, de obra, de orientación, destinado a crear la verdadera unión que debe, no solo espiritualmente existir entre España y América, sino que económica y racialmente efectiva.
    Los indoamericanos deben sentirse en España, españoles; y éstos, indoamericanos en América. En esto ya España nos ha dado el ejemplo. La Constitución Española de 1931 consagra iguales derechos, tanto a españoles como a los hijos de nuestro Continente, sean argentinos, peruanos, uruguayos, colombianos, ecuatorianos, mejicanos o chilenos etc. que residan en España y que así lo pidan, sin que con ello pierdan su nacionalidad. Los pueblos de América, aún no obstante las evoluciones que han ido experimentando sus cartas constitucionales, nada han hecho en tal sentido.
    Un intercambio efectivo debe existir. España nos abre sus universidades, desde la de Salamanca, fundada por don Alfonso lX de León, en 1200; como la de Valladolid, que data de 1260; y así sigue la de Lérida, creada en 1300 por don Juan ll; la de Alcalá, obra del Cardenal Cisneros, de 1500, hasta las de nuestros días.
    La corriente de valores intelectuales y económicos debe tener vida real y tangible. Los profesionales de España deben serlo igualmente de América, y los de aquí, en España. Nuestros productos deben tener Aduana libre en la Península Ibérica, como los de ella, en este Continente.
    Creado esto, habremos logrado el fin y podríamos decir con propiedad de término que España vive efectivamente en el corazón de América y que nosotros somos de allá, como hijos de su propio suelo.
    España y América han de unirse. Los pueblos nuestros, cumpliendo el sueño dorado de Bolívar, y ella, exteriorizando ante el mundo los sentimientos más arraigados, bellos y  naturales en toda madre. Unidos han de laborar la obra máxima que señala la confraternidad humana.