sector internacional 35 07 06
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Pequeños rebrotes de grandes problemas candentes. El león enjaulado: 1. Rusia y la propiedad privada. 2. Desocupación camuflajeada. 3. Pedriscos muy discutibles. 4. M. Petri no sabe matemáticas. 5 Gabriela Mistral, cónsul de primera. 6. Contradicciones pueriles. 7. La China se siente chica. 8. Cosas pintorescas en Austria. 9. Reminiscencias bárbaras. 10. Los que aman llevar la contraria. 11. De cómo aterrorizar al terrorismo. 12. Policías en huelga. La SI 06/07/35 p. 1-4
Pequeños rebrotes de grandes problemas candentes. El león enjaulado: 1. Rusia y la propiedad privada. 2. Desocupación camuflajeada. 3. Pedriscos muy discutibles. 4. M. Petri no sabe matemáticas. 5 Gabriela Mistral, cónsul de primera. 6. Contradicciones pueriles. 7. La China se siente chica. 8. Cosas pintorescas en Austria. 9. Reminiscencias bárbaras. 10. Los que aman llevar la contraria. 11. De cómo aterrorizar al terrorismo. 12. Policías en huelga.
La SI 06/07/35 p. 1-4


Siempre lo mismo
    La política mundial nos tiene habituados constantemente a los mismos problemas. Lo cual quiere decir que no es hábil para solucionar uno solo.
    Hubo un tiempo –del 1900 para atrás- en que política quería decir inconsciencia y también cinismo. Los problemas se escurrían  solos en el escenario humano, surgiendo por generación espontánea, avanzando por sus pasos contados baqueteando a media humanidad, y, luego, su misión de malestar cumplida, morían de inanición como muere un viejo, por haber andado el ciclo fatal de su vida. “Dejar hacer, dejar pasar”. El lema de los economistas era el de los políticos, porque política era economía, una clase social minoritaria “administrando” para sí las cosas de los hombres.
    Esta política perduró en el sigo XlX, a pesar de las apariencias contrarias de una gran acción política. Problemas de apariencia política, a veces gritando por la libertad y sus románticos alrededores, no eran más, en el fondo, que peleas económicas, entre facciones de la minoría gobernante, especialmente capacitada para el disfraz y la careta. Quien estudie las revoluciones  “soi disant” políticas y religiosas de los dos siglos pasados, no podrá entrar en su substancia si no le abre la puerta esa llave económico-egoísta, que es clave y leit-motif.
    Fuera de estas cuestiones entre facciones de la minoría gobernante –muy activa para solidar su flojera usufructuante- no había más. Cuando la minoría estaba satisfecha y no se peleaban sus grupos –es decir, cuando se presentaban los grandes problemas, que atañían a la mayoría, al pueblo- el “dolce far niente” era la regla y el criterio. ¿A qué molestarse?  Los problemas se resuelven solos. Alah es grande, el Azar es su ministro. Y cuanto pese sobre el país dolorosamente es cosa que no atañe a las funciones de un Estado convertido en guardián de esquina: conservando el orden material para que la tragedia se desarrolle con calma y el dolor pueda hundir tranquilamente sus uñas en los riñones de la humanidad.
    Más, en los alrededores del 1900 los políticos –los grandes políticos mundiales- dan una media vuelta. Comienzan a preocuparse, o, para hablar mejor, comienzan a simular que se preocupan. No se habla de azar, de fatalidad, de dejar correr el simún, más fuerte que los hombres y que los dioses. Comienzan a moverse. Hablan. Se reúnen. Viajan. Conferencias frecuentes. El telégrafo funcionando. Una actividad que contrasta con el fatalismo musulmán de deterministas teóricos y “bons vivants” prácticos”.
    A medida que avanzan los años de nuestra centuria, esa actividad política-diplomática acrece. Hacia 1912, alrededor del África y de la Conferencia de Algeciras, llega a bastante intensidad, cuando Caillaux, joven pirata de la política francesa, hace sus grandes negocios a base internacional con careta político-mundial.
    Al explotar la guerra, 1914, continúa la intensificación del movimiento político-diplomático, siempre a base de simulación. Y cuando explotaba la guerra –que fue la simulación más brutalmente ejemplar: las causas interiores veladas bajo siete capas de apariencias- el movimiento diplomático aumenta constantemente, en continua negociación impublicable ministros y cancillerías.   
    Más, al concluir la guerra, cuando el furor político diplomático llega a la cúspide. Y es ése, tema que no requiere mayores explicaciones: tenemos ese movimiento ante nuestros ojos, todos los grandes políticos en movimiento continuo para solucionar problemas y siempre los problemas mayormente enredados.
    Si uno pone sobre la tabla las grandes cuestiones de 1920 podrá observar, ya a primera vista, una cosa: que son las mismas grandes cuestiones de 1935. Es método que no falla, para medir la eficacia de esos políticos que se entretienen llamándose “grandes” a sí mismos, mientras los problemas les hacen muecas que avergonzarían a un aprendiz.
    Es el león enjaulado, que está en movimiento continuo en la jaula sin avanzar jamás.