Pre Guerra 1936
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Los malhechores de la ciencia Julio Dantas (De “La Prensa”) La SI 18/01/36 p. 1-2
Los malhechores de la ciencia
Julio Dantas (De “La Prensa”)
La SI 18/01/36 p. 1-2


    Aquella noche yo había leído, una vez más, el “Elogio de la locura”.    
    Cuando me acosté, ese profundo libelo del maestro de Rotterdam contra la ciencia y contra los sabios, esa maravillosa tapicería animada, en la que pasa la historia de la sociedad europea de principios del siglo XVl, se prolongó en mi espíritu en una resonancia de trompeta y de campanas, en un tropel hipnagógico de formas agitadas, en un juego confuso de claridades y de sombras, y, por último, en una sucesión de puntos fulgurantes que se encendían y se apagaban en pulsaciones luminosas. Me dormí.   
    Recuerdo muy bien que la primera figura que entreví en el sueño de esa noche, fue la de Erasmo. El gran humanista de los “Coloquios” se me apareció nítidamente, como si yo lo hubiese conocido en vida. Era el retrato de Holbein que caminaba hacía mí con su cara flaca e irónica tan parecida a la de Voltaire; su hopalanda magistral de paño de Brujas, su birrete negro, sus manos blancas, finas, intelectuales, -“manos que piensan”-  y el rubí del anillo doctoral de teólogo luciendo en el dedo índice izquierdo. Lo reconocía sin dificultad. Llevaba consigo un libro. Sonrió, me miró detenidamente, posó la mano sobre mi hombro y dijo, con voz clara, de timbre metálico:
-Vamos.
    Obedecí. Conducido por la sombra tutelar de Erasmo, atravesé un campo de laureles y cipreses, que me dio la impresión de uno de esos paisajes mitológicos de la escuela florentina, en los que creemos que a cada momento van a surgir dioses y bacantes desnudas. La atmósfera era cenicienta, cargada y siniestra. En el silencio y la serenidad de la naturaleza parecía sentirse el calofrío, la crispación de terror de los árboles inmóviles.  Soledad. Yendo por el campo comenzamos a subir lentamente una montaña cubierta de tojos y de peñas. Las nubes proyectaban en la tierra una inmensa mancha plomiza que, a medida que ascendíamos, se volvía levemente azulada, como si fuese flotante niebla. Oíanse gritos de aves de rapiña. A mitad de la cuesta –paisaje admirable para el “Calvario de Matías Grünwald”- sentí que me invadían el cansancio y el pavor. Le pregunté al filósofo de Basilea, al amigo fiel de Tomás Moro, adonde me conducía su voluntad implacable. Erasmo fijó en mí sus ojos plácidamente verdes, y respondió:
    - A la cumbre.
    Poco después llegábamos ambos a la cima de la montaña, donde los grandes peñascos de granito descansaban en actitudes humanas. Obedeciendo a un gesto de Erasmo, mié. Una planicie interminable se extendía a pérdida de vista, y la línea del horizonte, en un trazo de plata, reluciente y lejano, parecía prolongarse en curva, como si divisáramos el mar.
      El aspecto era sorprendente. Nos sentamos los dos en una roca que semejaba un banco natural, y de cuando en cuando contemplábamos la inmensa cuenca, cuya vastedad y cuya aridez, producían un efecto dominador. En los planos más próximos, la tierra parecía abierta por el arado, mostrando el humus negro y ardiente de la entraña; mirando la atmósfera -neblinosa, purulenta, listada con claridades leonadas de cobre- teníamos la impresión de que sobre nuestras cabezas pasaban las nubes de humo de un incendio distante.
    - ¿Estuviste leyendo el “Elogio de la locura”, ¿no es verdad- me preguntó el gran holandés, que en ese instante, con un libro abierto frente a sí, me dio la ilusión perfecta del célebre cuadro de Holbein.
    - Es cierto, maestro.
    - Tengo que confesar un error que cometí. ¿Te acuerdas del pasaje en que hablo de la guerra, la más dramática de todas las formas de la locura humana?  
    - Lo recuerdo muy bien.
    - Yo dije que la guerra nunca fue hecha por los filósofos y los sabios.
    - Tal es la verdad, maestro.
    - No es cierto. Mentí.  Los sabios son los más terribles agentes del exterminio de los pueblos.
    - ¿Porque fomentan en el mundo el espíritu de la guerra?