La SI GGL 1936
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Bibliografía 1037. Rodríguez Mendoza, Emilio. Libro de las Fundaciones. Nascimento  GGL La SI 25/01/36 p. 10
Especial para La Semana Internacional En una polémica notable de hace más de cincuenta años se señalan las causas del trágico momento español. Alrededor de un libro famoso “El liberalismo es pecado” del Pbro. don Félix Sardá y Salvany La SI 05/09/36 p. 16-17 Por Guillermo Garnham López
 
Bibliografía 1037. Rodríguez Mendoza, Emilio. Libro de las Fundaciones. Nascimento
GGL
La SI 25/01/36 p. 10


    Dejadas a un lado las andanzas diplomáticas y los ajetreos de la política activa –a la cual entró de refilón en un período interesante de nuestra vida republicana, más por deseo de hacer patria que por aficiones- Rodríguez Mendoza se ha dedicado de lleno a la tarea de escribir. Es verdad que no ha dejado jamás que su pluma la tome el cris porque adonde quiera que la fortuna de su brillante carrera lo llevara, iba con ella. Magnífica pluma por de pronto, con más colores y combinaciones que una paleta de pintor y con un extremo de cámara obscura que a cada guiño del obturador van cayendo fotos en sentados hombres, sucesos y panoramas.  Pero hoy encerrado en su vieja casona poblada de trozos recordatorios de su trotamundar cancilleresco, ha enfilado por vocación innata hacia la historia. Y a la historia pinturera con material extraído de archivos y documentos empolvados de siglos, y espíritu nuevo, amplio, luminoso, creador.
    Es, a no dudarlo, uno de los primeros escritores de nuestro reducido pero bien aquilatado mundo de las letras nacionales, donde se encuentran verdaderos talentos en los diversos géneros que dominan.  En esta rama de la historia imaginativa con ingredientes de cuanto ha y cuadro y vida creada por el autor, Rodríguez Mendoza descuella sin contrapeso. Y es que ha sabido captar climas temporales y espirituales, con todos sus vericuetos y altosanos, asimilar lo interesante y novedoso en el acopio matador de hechos y detalles de cuantos historiadores pululan  por nuestra literatura para provecho catalogador de Menéndez Pelayo. Y dueño de una pluma libre, descalabrada, animosa, y de una imaginación cuajada en símbolos multiformes y decidores, ha logrado mantener el cetro por muchos suspirado.
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El tema de la magna epopeya de España descubridora y conquistadora, apasiona todavía a los espíritus, más tocados de hispanofilia que de la investigación por la investigación. Tal es el caso de Rodríguez Mendoza en este “Libro de las Fundaciones”, con el que quiere justificar su fervoroso cariño a la Madre patria, que se encontró en una epopeya similar desde ciertos aspectos a la de Roma imperial. En una visión totalitaria, in primis, recaba con gran veracidad histórica el juicio que le merece todo el contingente isabelino – fernandino, entrelazados geográfica y espiritualmente por Castilla y Aragón, en la obra del ilustre genovés y seguidores. Se está aquí en el terreno firme de las causas para evaluar las consecuencias y cuando se comprueba, como bien lo hace el autor que comentamos, que se sueldan y galvanizan  las partes raciales más importantes de aquellas horas, se subentiende que toda la fuerza expansionadora embarcada en naos visionarias, tenía que adquirir, a la postre,   configuración de planeta y arrestos de hazaña sin precedentes.
España da de sí todo lo que tiene y aún de lo que no tiene. Se sangra a cuarterolas con el mantenimiento de tamaña empresa. Son los españoles escasamente unos 7 millones, más o menos hambreados y anarquizados, en punto de que la aguja de la unidad peninsular los ate a todos, muchos de ellos con un húmedo e impenitente ojo de aventura. Las cajas públicas andan exhaustas y las joyas imperiales de dinásticas tonalidades van a colgarse y a parearse a las “peñas” castellanas. Y cuando los hombres de las tres carabelas fantásticas, que dieron a luz un Mundo Nuevo, vuelven portando un muestrario exótico y riquísimo que esplende por fuera y hace esplender por dentro ambiciones y bastardías,  se descuelgan de los berrocales extremeños y afloran a los embarcaderos que testificaron el arribo en gloria y majestad, toda la flor y nata, del hampa y germania españolas, deseosa de encararse con la suerte y jugarse la vida en partida doble, es decir, con la propia y con la ajena. El Almirante que no deja por nada de este mundo la mano de Toscanelli cuyo dedo derroterista marca un espacio blanco entre el Oriente y el Occidente, ubicación de las Indias, es una excepción, con otros pocos. Los más son de origen oscurísimo, compadres de puercos, despanzurradores o bohemios de playa.  Y son tantos los que cambian, a duro andar, la “capa raída” por el festoneado casaquín de Adelantados: Vasco, Solís, Magallanes, Elcano y toda la serial histórica, con que hoy España furellea  lógicamente ante la humanidad.
De esta legión bárbara, estruendosa y corajuda, depende que se descorra el velo de ese monumento tallado en oro, esmeralda y autoctonía, surgido entre dos océanos, uno de los cuales