La SI 40 07 27
Índice del Artículo
La SI 40 07 27
Página 2
Página 3
Página 4
Página 5
Página 6
Página 7
Página 8
Página 9

La Conferencia en pijama (1)


 

            Y van 5: Montevideo, Buenos Aires, Lima, Panamá, La Habana. Todo uno y lo mismo: en finalidades ocultas, en gentiles mentiras, en lindas palabras, en resultados convenientes... aunque no hayan sido los que convenían a los que habían armado el aparato.
            La Conferencia de la Habana ha sido precedida por un océano de palabras. y vemos, a propósito de ella, un fenómeno raro, y por demás inconveniente: que, mientras los charlatanes pueblos del Viejo Mundo han aprendido ahora a callar, con excepción de unos pocos, América, que se había distinguido  por una excelente mesura en las palabras, ha preceder a la Conferencia de La Habana una gigantesca vanguardia de frases, entre las cuales sería muy difícil ir a buscar una verdadera adecuación entre la boca y el corazón. Ciertos pueblos asiáticos, que se distinguen por sus segundas intenciones, el puñal bellamente escondido en un ramo de flores, tienen un singular gesto para saludar: ponen una de sus manos sobre el corazón y otra ante la boca. Y se inclinan suavemente, como sellando con un acatamiento a esa correspondencia entre lo que se siente y lo que se dice.
            Los diplomáticos que han sido entregados en el lecho0 del autor de “El Príncipe” saben algo de esas maneras orientales. Y su inmensa sapiencia no ha logrado hacerles entender esto: que esas protestas sobre la sinceridad de lo que dicen las admiten todos, a condición de no creerlas nadie.
            La Conferencia de La Habana tiene su escenario y sus entretelones. También su “más allá de los entretelones”.
            En el escenario habrá lindos juegos retóricos.  No es que abunden entre los que suelen ser delegados –con excepciones brillantes- los que gocen de la dicha de la elocuencia y conozcan a Demóstenes o, siquiera, a Horacio. Pero se esfuerzan en parecerlo. Y se mira de hilar bellas frases, de urdir tramas de lindos vocablos, de cautivar las almas con las luces de la elocuencia. En este escenario serán repetidas todas esas cosas que hemos leído desde hace dos meses en la prensa americana, especialmente en la más pretenciosa y más vacía: la norteamericana de los grandes diarios en que cada escritor es un esclavo incondicional del nuevo rico que afloja la plata. Y no aparecerá en las distintas escenas la realidad nunca. Se trata de telones de tela baladí, de brillantina que ciega, de grandes palacios de papel recortado. Cero y nada. Nada y cero. Cierto que el público se entusiasma ante esas percalinas que parecen princesas. El “infinitus numerus” aplaude entusiasta la trampa y la simulación. Y, aún en el exceso de la buena fe, hay quien grita a la víctima ante el traidor que le sale a mansalva: “¡Arranca, que te va a matar!”. Pero en la realidad verdadera, todo, bello aparato y entretenimiento para la gente sencilla.
            Cuando cae el telón, se animan los entretelones. El tenor arranca su viril bigote, el bajo suelta su peluca canosa, la tiple bota al suelo sus senos erguidos y el coro de sílfides se torna adocenado montón de muchachas lacias y torvas, que arrugan el ceño ante las interrogantes de la vida.
            En estas Conferencias internacionales de cierto carácter colectivo hay sus entretelones, que suelen tener en sus sesiones de Comisiones. Se habla más sincero, arrancadas las apariencias para un buen aparecer. Se charla como en la calle, poniendo sobre el tapete los pro y los contra, lo que se ama y lo que se odia. Y, no llegándose casi nunca a una común opinión, se concluye por no acordar nada más que una cosa: inventar algo que, pareciendo acuerdo, oculte el desacuerdo, al aparecer ante el público en el escenario.
            Pero hay todavía un tercer recinto. Como en los templos orientales, hay en las Conferencias un “sancta santorum” en el cual solo entran los iniciados. Y aquí sí que las gentes conversan sin taparrabos, desnudos como los hizo Dios, saliendo a flor de labios lo que estaba dentro mismo del corazón: las ganas ávidas de asestar una mano de puñaladas traicioneras al lucero del alba.
            ¡Oh, qué cosa desconcertante poder asistir a esos “más adentro de esos entretelones”, en los cuales todos se manifiestan como son, sin pintarrajeaduras de apariencias civilizadas sin máscaras despitadoras! Aquí los grandes actores preparan los bebedizos misteriosos para hacer pasar sus planes siniestros como cosas divinas. Aquí las caras patibularias se tornan, al salir,