economía La SI 36 07 11
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Se ha cerrado en Ginebra la XX Conferencia Interamericana del Trabajo ¿Es remedio adecuado la semana de 40 horas? (1) La SI 11/07/36 p. 1-2, 6-9
Se ha cerrado en Ginebra la XX Conferencia Interamericana del Trabajo
¿Es remedio adecuado la semana de 40 horas?
La SI 11/07/36 p. 1-2, 6-9


1. Una nueva Conferencia del Trabajo

     Se ha cerrado en Ginebra una nueva Conferencia Internacional del Trabajo. Se ha ocupado, principalmente, de dos problemas básicos. Uno, de sencilla envergadura: el trabajo de los indígenas en las colonias. Otro, el más complicado de los tiempos nuevos, eje de la crisis mundial: la desocupación, ya endémica en el mundo moderno.
    Estos dos problemas –el último, sobre todo- culminan sobre cuantos ofrece actualmente la realidad internacional Y no la comprendería (ni aún en su aspecto de continuas revoluciones y en el del armamentismo) quien no comprendiera a fondo estos asuntos básicos del mundo en plena transformación.
    Las Conferencias Internacionales del Trabajo han de llamar la atención desde muchos puntos de vista.
    Primero, porque es la parte seria de la Sociedad de Naciones. Esa Sociedad en su parte político-guerrera (el Consejo, la Asamblea política, las innumerables Conferencias Internacionales) es la parte absurda y añeja de la entidad de Ginebra.
    En ella todo es arcaico y ruinoso. Es la época fenecida que está dando en esa organización las últimas boqueadas. Quien tenga preferencias por los muertos y las autopsias puede tirar por este lado. Más, la Organización del Trabajo, que la Liga de Naciones estudia en sección aparte, tiene una importancia extraordinaria. En ella se realizan aquellos esfuerzos necesarios para coordinar lo que se va con lo que se viene, un mundo que se hace polvo y un amanecer histórico. Y no puede negarse el interés que ha de ofrecer el advenimiento de una nuevo ser que está dando los primeros vagidos.
    Luego, una importancia acerca del procedimiento, que, a veces, es riel esencial para que un problema pueda resolverse adecuadamente. Las Conferencias Internacionales del Trabajo están organizadas paritariamente, es decir, divididos los votos en tres secciones: trabajadores, elegidos por los trabajadores de cada país; patrones, elegidos por los patrones mismos de cada país; y representantes de los Gobiernos. Es la organización racional de toda deliberación social     en los actuales instantes, en que dos clases sociales debaten sus preferencias, haciendo de fiel de la balanza la técnica, el corazón y el sentido común. Que aquí, en Ginebra, representen ese tercer factor los gobiernos que no suelen tener técnica, ni corazón ni sentido común, es cosa accidental y falla necesaria, por cuanto son los gobiernos los que deben estar representados en una reunión de carácter internacional.

2. Enganche forzoso de indígenas
    Uno de los problemas más graves de la actual política colonial europea, que delata una llaga asquerosa de la organización económica del siglo X1X, es el que se refiere al trabajo obligatorio de los indígenas en los territorios coloniales africanos, asiáticos y oceánicos. Especialmente en los africanos.
    El hecho lo han mantenido oculto los gobiernos. Pero es necesario que el mundo conozca una aberración semejante.
    Apenas llegaban los países europeos a obtener las colonias africanas, abolían solemnemente la esclavitud. Y se alababan a sí mismos con grandes ditirambos, por haber hecho cesar un estado de barbarie que mantenía al hombre bárbaro en condiciones inmorales. ¿Cuánto no se dijo loando esas medidas? Era la tapadera bajo la cual se ocultaba al mundo una llaga peor todavía: la institución del trabajo obligatorio bajo el látigo del negrero.
    El procedimiento era muy expeditivo. No hay nada más inteligente que los economistas viejo estilo (y los gobiernos que ellos han formado durante cien años) para inventar procedimientos que parezcan civilización  y sean, en el fondo, puro salvajismo. A la mañana siguiente de haber abolido la esclavitud y declarado la libertad de las clases inferiores, publicaban una “ley de tributos”. El prólogo era diabólicamente hipócrita. En él se decía que la libertad, en los pueblos civilizados, exigía cumplir los deberes de ciudadanía, entre los cuales el