Educación y Lucro (2)
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Las elecciones de España La SI 09/05/36 p.9
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Las elecciones de España
La SI 09/05/36 p.9

    Dos calificativos definen muy cabalmente a Juan Bardina: católico y educador.
El artículo de Monseñor Gustavo Francheschi que Bardina cita abajo, tratando de la política en España en 1936, da singular cabida al catolicismo y la educación para explicar lo que estaba en juego en esa instancia cultural, que trasciende el marco espacial y temporal al que se refería. Así como se remonta al pasado para dar luces sobre ella  me parece de interés recordarla en el Chile de hoy, ya que la estructuración u orgánica social presente acá no es ajena con la imperante entonces allá. (JVG)    

En la revista “Criterio”, de Buenos Aires, el canónigo Monseñor Gustavo J. Francheschi escribe un artículo del cual copiamos lo siguiente, que coincide exactamente con el juicio que en nuestras columnas hemos emitido sobre las elecciones españolas en relación con la iglesia:
“Quien considerare las recientes elecciones de España nada más que con criterio político, examinando sus causas inmediatas y sus próximas consecuencias, no alcanzaría a ver su completo significado. Por debajo del problema político se ha debatido allí otro orden de cuestiones. Los resultados de las urnas no nos informan solamente acerca de la próxima composición de la Cámara, sino acerca de la disposición espiritual de un pueblo. Y he aquí lo supremamente interesante. Un político mirará hacia qué lado se inclinarán los elegidos de la nación durante un lapso más o menos largo de tiempo. Pero un católico debe contemplar otros factores. Aun cuando por una circunstancia cualquiera las últimas elecciones españolas fueran anuladas, y por un golpe de fuerza se restableciera un régimen dictatorial, lo más hondo de lo revelado por los sufragios permanecería intacto, y habría de preocuparnos con la misma intensidad que hoy día. No solamente existen leyes, decretos, presidentes y diputados: hay también y sobre todo almas. Ellas son las que se mostraron el diez y seis de Febrero. A este punto quiero dedicar e artículo siguiente.
Nadie, ni el más torpe, ni el más separado del mundo, podía ignorar en España el programa de las izquierdas. No ocurría ahora, como en 1931, que muchas gentes dudaran acerca de lo que estas podían y querían hacer. La experiencia de un gabinete Azaña que hizo sancionar las leyes más profundamente anticatólicas habría abierto los ojos de los ciegos. Y por otra parte los innumerables discursos  pronunciados con motivo de las recientes elecciones, el programa propagado de mil modos, las hojas volantes, el contenido de los periódicos pertenecientes a tales agrupaciones, todo en una palabra contribuía a llevar hasta el más pequeño villorio la noticia exacta de lo que sobrevendría si las izquierdas triunfaban.
    En las afirmaciones de éstas el anti-catolicismo ocupaba un lugar prominente. No solo se reclamaba el restablecimiento de todas las medidas vejatorias para la Iglesia anteriormente sancionadas y más o menos atenuada por la práctica, sino que se las reforzaba con nuevas reglamentaciones que, de cumplirse, no serán comparables siquiera con las que imperaron en Francia en tiempos de Combes. En realidad el problema agrario como el de la liberación de los presos políticos ocupaban un lugar secundario en las proclamas y discursos: el primer término estaba ocupado por el religioso.  
  Ahora bien, la mayoría sufragó por la izquierda. Poco importa la razón positiva del voto: antipatía a los candidatos, ideas sobre la solución de los asuntos del trabajo, sentimentalismo por los presos, o cualquiera otra. El hecho es que los más de los ciudadanos españoles, puestos ante un programa de guerra  a la Iglesia, lo aceptaron, y llevaron a la Cámara a quienes se comprometían a ejecutarlo: su conciencia no les hizo sentir que los derechos de Dios están por encima de todos los demás.     
Hubo tan solo un diez por ciento de abstenciones, lo cual constituye una cifra extraordinariamente baja. En efecto, hay siempre un diez por ciento al menos de enfermos, viajeros, imposibilitados de varias clases. Puede decirse que los que estaban en condiciones de votar lo hicieron. No hubo fraudes, al menos de importancia, ya que las quejas desde este punto de vista fueron prácticamente nulas. Nos hallamos en presencia de un plebiscito, y éste no dejará de preocupar a quienes no siguen puestos en la absurda tarea de engañarse a sí mismos.