Educación e Integralidad
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Educación e Integralidad. O Educación integral

    Introducción


    Para entender la educación podemos –debemos- valernos de múltiples vocablos. Para acercarnos a su esencia tenemos obviamente que restringirnos a un número  menor. Para convenir en lo que es su raíz última o médula, podemos sólo acudir a un mínimo. Los términos “Integralidad” e “Integral” que, junto a la palabra Educación encabezan este apartado, expresan a nuestro juicio como ningún otro, el meollo o fondo de lo que es la educación.
    La razón de ser de lo antedicho guarda relación con el hecho de que la educación concierne no a cualquier ente o cosa del universo, sino al hombre, el más complejo de aquellos entes o cosas, en cuanto no se limita su existencia a ser tal, sino también a interrogarse de suyo por la realidad última -de la propia y ajena a él mismo, sin desmayo y sin término- y por  incidir su propio y ajeno existir  en  las respuestas y concepciones a que llega en el transcurso de su trayectoria vital.     
    Para Bardina, insigne educador en su patria (España, Cataluña) y en Chile -donde vivió la segunda mitad de su admirable existencia- concebía al hombre como mente y corazón. Según él, era ambos aspectos y otros más, estómago también. Son estos, vocablos que repitió una y otra vez –en sus crónicas de “La Semana Internacional”, en Valparaíso, en el segundo cuarto del siglo pasado- cuando la ocasión lo requería. A su entender, el hombre era un ser organizado, es decir, múltiple en unidad. Tal era su perenne respuesta a la interrogante ¿qué es el hombre?
Merced a ello coincidía con eminencias del mundo de la alta cultura. Dos ejemplos no más. “Ciencia sin conciencia es ruina del alma” (Rabelais, Gargantúa y Pantagruel); “Letras sin virtud son perlas en el muladar”, (Cervantes, Don Quijote de la Mancha).
En lo concerniente a este tópico fue pertinaz y majadero. Ello, en vista a que una de sus más profundas convicciones lo llevó a considerar como nota característica del XlX -con huellas profundas en el XX- el desconocimiento de la unidad e integralidad del hombre, incidiendo deplorablemente ello en la educación, como también  en otros referentes.             
    Los textos aquí traídos a colación de “La Semana Internacional” (semanario chileno, porteño, de gran circulación años atrás, caído en el olvido, no ocasional sino deliberado a juicio del suscrito) dejan constancia de lo antedicho. Dan testimonio de lo que era la educación escolar chilena en la década de los cuarenta. Dejaba mucho que desear. Era de calidad deficiente.
Por ejemplo, era marcadamente intelectualista.
Desde este punto de vista, hacía hincapié en la instrucción, a la cual tenía por todo y no parte.
Promovía la alfabetización y escolarización -inexistente, restringida o mínima en un vasto pasado o limitada a una minoría- descuidando  algo fundamental: que el resultado de los fines de la educación depende no de la unicidad sino de la armonía de los agentes educativos: familia, escuela, ambiente, etc.
    Desconsideraba otros importantes y señeros fines de la educación. Esto es, desatendía la tabla de valores, subrayando el intelectual, omitiendo o descuidando los restantes.
    Este diagnóstico concordaba con deficiencias de la educación occidental decimonónica, que era estigmatizada como tradicional, propiciándose su reemplazo por escuelas nuevas, de las que Bardina fue propiciador no sólo en Chile sino antes en la Madre Patria, que la condujeron a desatender metas importantes de la educación, como la económica, de cuya omisión se hablaba tanto en nuestro país a su arribo a Chile.
    El debate de entonces continúa -percibámoslo: con  sello secular, no de un sexenio o septenio atrás, con jalones destacadísimos a lo largo del siglo pasado- si cotejamos los escritos que siguen (he puesto en negritas las mentadas expresiones) con los pareceres  actuales sobre el tema de la educación, emitidos desde variadísimos, legítimos e interesados frentes. Contrastarlos, se me ocurre, contribuye a sopesarlos mejor y a enaltecer el intercambio de ideas.            
    El tema –esencial- concierne a otros de no menor importancia. Fundamenta –junto a otras consideraciones- que la educación involucre tres septenios y conste de tres peldaños o etapas, con planes y programas de estudios que le son inherentes.