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La Conferencia en pijama (3)

  

                                   ll Parte  La Conferencia de la Habana

            Al prologar este pequeño ensayo, rogábamos no se nos hiciese la pregunta sobre por qué reproducíamos esta larga crítica hecha en estas columnas nueve meses atrás sobre las anteriores Conferencias de Montevideo, Buenos Aires, Lima y Panamá. Estábamos seguros de que, una vez releídas esas líneas críticas, el lector más distraído reconocería una cosa para nosotros muy importante: que, en rigor hablando, no sería necesario ahora hacer la autopsia de la actual Conferencia de La Habana. Porque en ella ha pasado exactamente, fuera de cosas chicas circunstanciales, uno y lo mismo que en las anteriores cuatro Conferencias: paso por paso, problema por problema, tentativa por tentativa, fracaso por fracaso. Todo uno y exactamente lo mismo. Y si han sido leídas atentamente estas columnas dedicadas a aquellas Conferencias, estamos seguros de que entendida ya, y a fondo, la Conferencia actual. No hay más que cambiar nombres, fechas y detalles.
            Sin embargo, vamos a intentar decir algo sobre lo sucedido en La Habana, cosa más difícil de lo que pueda uno figurarse si no quiere repetir exactamente lo mismo. Pero antes pongamos en claro dos puntos previos:
            1º resumen en pocas palabras de aquellas Conferencias;
            2º por qué razón insisten los gobernantes norteamericanos en tratar nuevamente en La Habana los mismos problemas:

            Al prologar este pequeño ensayo, rogábamos no se nos hiciese la pregunta sobre por qué reproducíamos esta larga crítica hecha en estas columnas nueve meses atrás sobre las anteriores Conferencias de Montevideo, Buenos Aires, Lima y Panamá. Estábamos seguros de que, una vez releídas esas líneas críticas, el lector más distraído reconocería una cosa para nosotros muy importante: que, en rigor hablando, no sería necesario ahora hacer la autopsia de la actual Conferencia de La Habana. Porque en ella ha pasado exactamente, fuera de cosas chicas circunstanciales, uno y lo mismo que en las anteriores cuatro Conferencias: paso por paso, problema por problema, tentativa por tentativa, fracaso por fracaso. Todo uno y exactamente lo mismo. Y si han sido leídas atentamente estas columnas dedicadas a aquellas Conferencias, estamos seguros de que entendida ya, y a fondo, la Conferencia actual. No hay más que cambiar nombres, fechas y detalles.

            Sin embargo, vamos a intentar decir algo sobre lo sucedido en La Habana, cosa más difícil de lo que pueda uno figurarse si no quiere repetir exactamente lo mismo. Pero antes pongamos en claro dos puntos previos:

            1º resumen en pocas palabras de aquellas Conferencias;

            2º por qué razón insisten los gobernantes norteamericanos en tratar nuevamente en La Habana los mismos problemas:

            a) Estados Unidos padece dos llagas que pueden corromper la estructura interna de la nación: millones de ciudadanos desocupados permanentemente; centenares de millones oro también desocupados. La nación ha alimentado durante años a esos millones de hombres y sus familias. Se ha endeudado interiormente como jamás lo ha estado país alguno. No puede continuar indefinidamente ese endeudamiento. Hay que buscar un remedio definitivo y estable. Hay que emplear el oro vago fuera del país, puesto que en el país no hay plaza para él.
            Esta desocupación doble (hombres, oro) va agravándose por causa de la Europa exportadora y en especial de Alemania, que trabaja mejor y más barato que Estados Unidos. Hay que apartar a Europa de los mercados americanos, y especialmente a Alemania, aunque sea contradiciéndose. Es decir, cerrándole las fronteras a la producción alemana en nombre de la libre concurrencia; y atacando el régimen alemán en nombre de la democracia y la autodeterminación.
            Para obtener por todos los medios esa exclusividad económica en toda la América, se necesitan, entre otras cosas, dos: la rebaja o anulación de aranceles en los países americanos y la obtención de bases navales y aéreas. Exclusividad, de obtenerse esto, en paz y en guerra; por la voluntad de estos pueblos y contra su voluntad misma.
            Ningún país de América está dispuesto a aceptar esto, y ni aún simplemente a no comprar en Europa o donde le convenga, a base de mejores condiciones. América no tolera hegemonías: ni europeas, ni norteamericanas.
            Esta es toda la esencia del problema, o, para mejor hablar, del imposible perseguido por los gobernantes y la Wall Street norteamericanos para solucionar su crisis interior, y, por añadidura poner pié armado en todo el continente.

            b) El Presidente Roosevelt y los que lo rodean –con ellos todo el pueblo norteamericano sin distinción de opiniones- han renovado sus deseos convocando la Conferencia de La Habana, sencillamente por dos razones: primera, porque las causas que producían esos problemas, no solo permanecen, sino que se han agravado; y segundo, porque en las anteriores Conferencias no pudieron esos deseos ser satisfechos por los demás países.
            Estas últimas palabras merecen una nota aclaratoria. Ella servirá bien para medir también los resultados, ya conocidos, de esta Conferencia de La Habana
            Cuando concluía, en 1933, la Conferencia de Montevideo, en la cual estos mismos problemas eran propuestos, todos los diarios nos vinieron con el cuento de que “todas las