La SI e Indigenismo (2)
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Vitoria, fundador del Derecho Internacional 
La SI 07/09/46 p. 7
   

    Francisco de Vitoria nació y murió en el siglo XV1. El esplendor del Renacimiento se extinguía definitivamente.  La curiosidad del espíritu y la libertad creadora que caracterizó en las ciencias y en las artes a ese deslumbrante período histórico, iba a perecer con las guerras de religión y conquista, con las disputas teológicas y las persecuciones dogmáticas. Las guerras traerían consigo la inmoralidad pública y privada, el desprecio hacia la vida del hombre  y las libertades elementales. Campeaba el cesarismo por todo y en todo como manifestación suprema del único derecho reconocido y acatado: el derecho del más fuerte, el cual inculcaba, a sangre y fuego, que el derecho es la fuerza. El César de aquel tiempo era Carlos V, rey de España y emperador de Alemania, dueño y señor de inmensos dominios, de España y su codiciado imperio colonial, de Austria y de Flandes, de todo un mundo agitado en el que nunca se ponía el sol. Sus sueños de imponer su voluntad a todos le hicieron temer por cuantos aspiraban  a constituir una sociedad internacional de Estados de derecho. Más si no había derecho político, mal podía reconocer la existencia de principios jurídicos que reglamentaran la guerra o que pretendieran definirla en justa o injusta. Era imposible que como católico fervoroso y enemigo frenético del cisma luterano, ignorara las premisas de los pensadores religiosos que desde el siglo X111, con Tomás de Aquino, ya se oponían a lo que consideraban guerras ilícitas, sin razón ni justicia. En este sentido, Tomás de Aquino es uno de los precursores del derecho natural y de gentes. El teólogo de la “Summa” y creador del tomismo, estableció que en la guerra, aún cuando sea lícita, todo no puede ser lícito contra el enemigo, porque la guerra no es un estado contra naturaleza y sin ley. Es obligatorio conservar con el enemigo los pactos y la fe jurada.
    Cada nación reclama para sí el privilegio de haber sido cuna de algún pensador a quien se le atribuye la primacía de haber expuesto esta o aquella ciencia. Es lo que ocurre con el derecho internacional moderno. Los españoles reclaman ese título para el dominico Francisco de Vitoria, los holandeses para Grocio, los italianos para Gentile. Parece práctico tener en cuenta la época en que fueron expuestos los principios que se reclaman como propios. Vitoria no puede deberles nada  a Grocio y Gentile, por la sencilla razón de que fue anterior a ellos. Otras son las fuentes y sugestiones. Indudable es la poderosa influencia del ya recordado Aquino; tampoco se puede negar la muy poderosa de Juan Luís Vives  y la muy absorbente y muy discutida de Erasmo. Y como siempre se es hijo del siglo en que se vive y del ambiente que se frecuenta, es imposible separar de la formación espiritual del padre Vitoria los extraordinarios acontecimientos del suyo, con las guerras de Carlos V y los pleitos e inconvenientes que sobrevendrían con la conquista de América por los españoles.  Aunque el padre Vitoria tenía a mucha honra el ser teólogo consumado, su inmortalidad se debe  a su considerable erudición en materia de derecho revelada en las quince lecciones que dictó  en la Universidad de Salamanca entre los años 1528 y 1540. Maestro eximio, su cátedra llegó a ser en un breve tiempo el más alto exponente de ilustración en España y en Europa. Maestro y juez, sus lecciones tuvieron valor y resonancia de sentencias abonadas por la independencia y el valor moral indomeñable que suponía el hablar con aquél su lenguaje límpido sobre lo que más apasionaba en su época.  
      Tres son las lecciones que han universalizado el nombre del padre Vitoria como fundador del derecho internacional moderno: las que se refieren a la potestad civil, a los indios y a la guerra de conquista, conocidas y divulgadas con los títulos: “De potestate civili”, “De indis prior y De indis posterior” y “De jure belli”. Lo que es de admirar en estas lecciones, a pesar del método propio de la escolástica, es el espíritu moderno y liberal que las inspira. No concibe al mundo separado en naciones rivales y enemigas, sino en un conjunto universal, armónico y solidario. De ahí el principal de sus postulados: “Como toda República del Orbe y toda República Cristiana es miembro y parte de la cristiandad, aunque una guerra dada fuera ventajosa a determinada república o región cristiana, si de ella resultare daño universal para el orbe y la cristiandad entera, tal guerra sería, sin duda, injusta”. Con claridad se advierte la interdependencia política, económica, social, religiosa. Esa creencia le lleva a creer que “el
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mundo entero es en cierta manera una república”, y como tal “tiene potestad para dar leyes justas y convenientes a todos, cuales son las disputas en el derecho de gentes”.   Vése aquí en germen el  ideal de una Sociedad de Naciones,  unida y regida por un cuerpo de leyes justas e internacionales. Pero el maestro va todavía más lejos y proclama el principio democrático de las mayorías rectoras cuando dice: “Así como la mayor parte de la república  puede constituir un rey sobre ella, así también la mayor parte de los cristianos, aún repugnándolo la menor, puede nombrar un soberano al que todos estén obligados a obedecer”. Es el concepto mayoritario de la soberanía popular que impera en el régimen democrático el que ratifica con estos términos: “Basta el consentimiento de la mayor parte para que la determinación sea legítima”.
    El Padre Vitoria es un pensador que sorprende con la independencia de su carácter y de su criterio. Nada le intimida, ni la soberbia del César Carlos V que no tolera que nadie le discuta sus títulos legítimos para la dominación del mundo. Y tampoco se inclina sumiso ante la autoridad del Papa. El emperador absoluto tiene a su servicio teólogos y juristas que defienden, con gran acopio de doctrina, la tesis de que a él le asisten (omisión textual: ¿títulos divinos?) y humanos para imponerles su voluntad a propios y a extraños y para erigirse  en único dueño de las nuevas tierras descubiertas por Colón allende el Atlántico. Esos títulos pueden concretarse de este modo: 1º El Emperador es dueño del mundo, y, por consiguiente, puede apoderarse de las Indias. 2º El Papa es señor del mundo y puede delegar en el emperador para que haga efectivo ese señorío. 3º El descubrimiento da derecho a los españoles para adueñarse de aquellas tierras. 4º La violencia se justifica porque los indios se resisten a admitir la fe. 5º Porque cometen pecados contra natura. 6º Por elección voluntaria y 7º Por donación especial de Dios.
    El maestro Vitoria reputa falsos los siete títulos invocados y lo demuestra con su habitual erudición y valor moral. A la primera premisa responde: “El Emperador no es dueño del orbe. Si lo fuera, sería solo por la autoridad de una ley, y si la hubiera carecería de vigor, porque la ley supone la existencia previa de la jurisdicción. Y si antes de la ley no tenía el Emperador jurisdicción en el orbe, tal ley no podría obligar a los que previamente no fueran súbditos suyos. Ni por tener tal título por legítima herencia, ni por donación, permuta o venta, ni por consecuencia de una guerra justa, ni por elección ni por ningún otro título jurídico, jamás fue el Emperador dueño del mundo entero”. Como si esto fuera poco, insiste en la conclusión: “Aunque se admitiera que el Emperador fuera el Señor del mundo, esto no le daría derecho a ocupar las provincias de aquellos bárbaros, constituir allí nuevos Príncipes, deponiendo a los antiguos, y cobrar impuestos”. No menos justa y valerosa es la impugnación al segundo punto: “El Papa no es Señor civil o temporal de todo el orbe, si se habla rigurosa y estrictamente del dominio y soberanía civil”. Según su costumbre refuerza el argumento con una segunda conclusión: “Y si Cristo no tuvo tal dominio temporal, mucho menos ha de poseerlo el Papa, que es su vicario”.  Vitoria niega igualmente que los indios estén obligados a someterse a la autoridad espiritual del Sumo Pontífice: “Si los bárbaros no quieren reconocer dominio ni señorío alguno al Papa, éste no tiene derecho a hacerles la guerra ni a apoderarse de sus bienes y territorios”. Enseguida pasa Vitoria a refutar los títulos restantes. Dado que los indios eran los verdaderos dueños, “tanto pública como privadamente”, los españoles, cuando navegaron “a aquellas tierras no llevaban consigo derecho ni título alguno de esta clase para ocuparles sus provincias”. En cuanto a la calidad de infieles o de heréticos, el maestro afirma que “los que no han oído nada nunca, aunque sean pecadores, ignoran invenciblemente, y tal ignorancia no es pecado”. Y aún en el caso de no aceptar la religión que se les propone, tampoco los españoles “pueden hacerles la guerra por tal motivo, ni obrar contra ellos, por derecho de la guerra”. Vitoria culmina en el sarcasmo cuando contesta el quinto título. Si fuera lícito declarar la guerra para castigar los pecados capitales “habiendo en todas partes muchos pecadores por estos conceptos, cada día habrá danza de imperios por esta causa”. Y agrega, con razón sobrada, que esos pecados son muchos más graves en los cristianos que saben que lo son, “que entre los bárbaros, que lo ignoran”. Del sexto título dice Vitoria que no es idóneo, y del séptimo y último que no hay ninguna constancia de donación divina de esas tierras a los españoles. Nada de esto quiere decir que Vitoria no reconozca la existencia de títulos legítimos para que los españoles desembarcaran en América: el principal de ellos tendría carácter misionero y evangélico, “jus