La SI e indigenismo (3)
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La SI e indigenismo (3)
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El indio, punto de convergencia de la atención mundial
Pastor Valencia Cabrera
La SI 30/08/47 p. 8-9


    Ocuparse del indio, de la suerte del indio, es deber de cristiano primero, deber de boliviano después y deber de hombre civilizado  al último
    ¿Hasta cuándo hemos de ser así,  los bolivianos, hasta cuándo ha de ser así Bolivia, con sus indios incivilizados o con sus indios por  civilizar? ¿Qué vale, qué representa Bolivia, como entidad continental, con su apenas medio millón de gentes blancas, frente a los dos millones y medio de indios ignorantes pero trabajadores que la componen?  Es en esas indiadas obscuras de piel, pero blancas de alma en la pureza cósmica de su conciencia andina, que radica su pujante fuerza somática y anímica como nación americana, como país de gravitación indubitable en los destinos del continente americano. Por desgracia es esto lo que no quieren entender  muchos de nuestros hombres dirigentes, no obstante de estarlo comprendiendo clara y perfectamente en presencia de la dura realidad que nos circunda.  
    Los levantamientos indígenas, que tienen por teatro sangriento a esta o aquella apacible región del país, continúan, desgraciadamente, puestos tanto a la orden del día como de la noche de los sucesos que perturban la tranquilidad de la República y ensombrecen el historial de su régimen institucional y constitucional a un tiempo. Por la plúmbea gravitación en la balanza de nuestros hechos sociales, por un lado, del interés político, que busca mantener en estado permanente la agitación entre el elemento aborigen; y de otro, el escaso o ningún interés humano y verdaderamente patriótico demostrado por los poderes públicos, hace  que la solución del problema indígena, por lo menos aparentemente, resulte ahora más difícil e intrincado que nunca, también bajo una doble faz de consideración genérica: primero por la apatía cuando no por la inepcia de las autoridades respectivas, y segundo por la misma agitación promovida entre la indiada, fácilmente sugestionable por razón de su extrema, pero, con todo, sencilla ignorancia.
    Esto mismo ha reconocido el señor Presidente de la República, según declaraciones suyas a la prensa local, cuando dijo con énfasis que “ni los indios mismos son culpables de la sublevación”, sino los agitadores que andan mimetizados entre ellos. De lo cual se infiere que hay culpables que no son culpables para ser sancionados con el máximo rigor que contemplan las leyes mismas de la República; así cómo, viceversamente, hay quienes son culpables, pero a quienes no alcanza nunca ninguna sanción, porque para salvarse de cualquier penalidad tienen siempre a mano el recurso supremo de la influencia política partidista.
    Empero parece cosa averiguada que una parte considerable de la responsabilidad que dimana de tales hechos, recae directamente en las propias autoridades políticas, que no saben o no quieren enfocar como se debe el problema, y, en consecuencia, buscarle la solución conveniente y patriótica, ajustada a las medidas imponderables de la verdad, de la razón y de la justicia. Nadie duda que importa ciertamente amparar los derechos del patrón, así abusivo como es en la mayoría de los casos; pero también es evidente que urge proteger eficazmente los derechos, la dignidad y la vida misma del indígena, en razón de ser cabalmente indígena: un ser digno del mayor cuidado y atención por efecto de su misma triste ignorancia, más todavía, de su grande laceria moral y material… Luego, tenemos por cierto que la perpetración de hechos criminosos, cometidos por los indígenas, por su carácter de particularidad, nada arguye ni puede argüir de serio contra la probada nobilitud somática y espiritual del indio mismo.  
    Mirad: en estos días no más –tal como se acostumbra a hablar en América- día 11 de junio de 1947, se ha realizado una manifestación pública, encabezada por señoritas de sociedad y seguida por mujeres del pueblo, pidiendo castigo, el máximo castigo, para los indios sublevados; pero, en cambio, séanos permitido observar, nunca se ha presenciado manifestación pública alguna femenina, pidiendo castigo para los blancos, inventores de los muchos males como se lamentan en la República y cuyas amarguísimas consecuencias soporta con estoicismo ejemplar la patria. ¡Y lo raro del caso fue que concluyó con arengas inflamadas de una falsa  comprensión social, pidiendo el apoyo del pueblo a la política del Gobierno, que tratará con mano férrea a los indios, bajo la blanda y risueña máscara de la libertad democrática.