P C V La SI 47 01 03
Es premiosa la falta de hombres ponderados Pastor Valencia Cabrera La SI 04/01/47 p. 8
Tengamos fe en los hombres de la política  Pastor Valencia Cabrera La SI 11/01/47 p. 6-7
¡Ahorrar contra el hambre! Pastor Valencia Cabrera La SI 25/01/47 p. 9
La enfermedad del deshonor Pastor Valencia Cabrera La SI 08/02/47 p. 7
El trabajo femenino en el Incanato ¿Sería el trabajo impuesto por igual a hombres y mujeres, no mirándose la natural diferenciación de los sexos? Pastor Valencia Cabrera  La SI 15/02/47 p. 7
Como se explicaría el posible origen de las clases sociales en la sociedad Pastor Valencia Cabrera La SI 22/02/47 p. 9
Poniendo algunos puntos sobre las íes mal hechas de la historia colonial Pastor Valencia Cabrera La SI 15/03/47 p. 7
Un crimen moderno contra el Indio Pastor Valencia Cabrera La SI 29/03/47 p. 8
Es premiosa la falta de hombres ponderados
Pastor Valencia Cabrera
La SI 04/01/47 p. 8

Corazón y Cabeza
    La virtud anida en el corazón, que, cual caja armónica, encierra un pecho noble, mientras el saber tiene ancho asiento en la inteligencia
    Cuando hay virtud en el corazón de los ciudadanos, y hay materia gris en su cabeza, entonces la política se eleva de por sí, como si tuviera alas poderosas de águila caudal; o, usando una frase de Platón, ocurriría que la política y las leyes no podrían tener una dirección mejor. Por eso cabeza y corazón, en el gobierno de las ciudades, son como dos agujas imantadas que señalan de consuno el norte de toda política elevada. Porque en política, como en todo campo de experimentación humana, hay también cuerpos llenos de algo que parece buena carne, pero con cabezas vacías de la substancia gris, de que tanto necesita para la dirección acertada de la política.       
    Conviene no olvidar que, renovarse, es vivir; más aún, significa vivir con vida plena. Las aguas que no corren, aunque sea con el lento sucederse, unas tras otras, de sus ondas, esto es, que no corren ni siquiera despacio, se estancan y se pudren en medio de la tierra ennegrecida que presentan. El olor propio que se percibe junto a las aguas estancadas, es también, en cierta manera, el olor característico que despiden los hombres estacionarios y que, por tanto, es el que exhalan las épocas de progreso social estancado, como el agua muerta que se ve brillar al sol en el fondo verduzco de los fosos.
    La estratificación de las ideas lleva a la inercia intelectual, que es pereza vergonzosa del espíritu. Luego la rotación de unos mismos hombres, aún siendo buenos como sean alrededor de los intereses públicos, lleva casi siempre a la amalgamación de una viciosa política que, a la larga, se traduce fatalmente en el estancamiento del progreso intelectual y moral, es decir institucional, de una República, máxime si es una República joven como la nuestra, por aquello mismo de que una hermosa juventud está sentada al borde de un vicio, es decir de un horrendo precipicio.
    Para responder a los fines que supone la concepción de la filosofía política, hay que ser células vivas también dentro de un tejido celular vivo. Es entonces cuando se nota la agitación que se produce, el movimiento que se origina, dando aviso de que hay vida que se concretiza y se expande, con acopio de energías físico-morales;  que hay concreción de vida que se agiganta, con proyecciones de alcanzar al tiempo futuro; en una palabra, que se impone la ley del progreso social, manifestándose dicho progreso con caracteres de evidencia y de eficiencia.
    Desde luego, casi no contamos con hombres de calidad ponderativa, que valgan realmente lo que pesan con sublime especificidad en el criterio público, y a los pocos ciudadanos de valer, pero de alto, propio y castizo valer, casi no alcanzamos a contarlos con todos los dedos de la mano. ¿Por qué? Para responder al pronto no hay que adentrar mucho en la causa recóndita de las cosas. Por la pobreza de elementos vitaminosos, principalmente, en la educación pública de los ciudadanos, que merezcan llamarse de ley; de educación que les hinchen de aquellas ricas substancias, verdaderamente cívicas y morales, que les presente al pueblo como a frutos maduros y selectos, esto es, como a frutos rebosantes de contenido vital, social. Pero como en la escuela no se da preferencia, como quería Tommaseo, a la formación de caracteres enérgicos y sobrios, que son los que, en definitiva, constituyen la grandeza de las Repúblicas, acontece fatalmente que, por donde quiera que se mire, en la línea de todos los sectores políticos florecen con increíble exuberancia los girasoles que crean las situaciones políticas, que los nardos olorosos de la rectitud política, los lirios de la altivez ciudadana, o crezcan las encinas de la mayestática grandeza de carácter y de la reciedumbre del espíritu verazmente cívico.
    Por eso el logrerismo político, en los tiempos modernos, ha venido a ser algo así como la hidra de siete cabezas que encontró Hércules en sus andanzas a través de la Mitología; hidra que, como la Lerna, urge ultimarla a lanzazos, por alguien que tenga más fuerza que la del padre de los dioses  del antiguo paganismo. Y es que ese nuevo Hércules, de nuestras democracias purificadas y recristianizadas, tiene que encarnar la fuerza primigenia de la verdadera convicción ciudadana que, por lo mismo de ser tal, se sienta incapaz de poder traicionarse a sí misma, traicionando a su ideal político. Un eminente maestro de nuestra América, escribe muy apolíticamente al respecto: “En política se puede respetar toda clase de pensamientos y opiniones. No se debería respetar la inconsecuencia”.
    Pueblos que viven sin contar, para su reemplazo en el espacio y el tiempo de los acontecimientos trascendentales de la vida de los pueblos, con la reserva somática y espiritual de hombres dirigentes, a no dudarlo, son pueblos que viven precariamente, es decir, sin presentir la promesa de un radiante futuro. El hombre de acción intensa, el dirigente de nervio y cerebro pujantes, debe ser formado anteladamente al desempeño de su misión directiva en la sociedad política. Hombres improvisados, dirigentes vacíos de formación técnica y doctrinaria, en el sentido en que los quiere la sana Sociología, casi siempre fracasan lamentablemente en la dirección del Estado. Es menester de todo punto de evidencia, que el verdadero dirigente del Estado, sea como el alma mater de una sociedad puesta en función de progreso; es menester tenga alma de caudillo; porque política y acaudillamiento, no solo en el sentido de la conducción bélica, sino también de la conducción idealística y ciudadana, tienen puntos de contacto que tanto se relacionan como se conjuncionan en solo un todo maravilloso: la grandeza y felicidad del Estado.
    ¿Qué pasa con las mismas cosas de la vida diaria, como los alimentos que ingerimos para la subsistencia? La leche, aparte de otros usos, debe ser fuertemente hervida, para poder sacar la nata y producir luego la mantequilla; Sin el procedimiento del hervor previo no hay el goce de tales exquisiteces de la mesa. Por lo mismo, para que el hijo del vecino se destaque como auténtico hombre de Estado, urge que sea necesariamente como la flor y la nata de buena educación impartida al ciudadano: solo bajo esta condición climatérica moral puede contarse con el florecimiento de una libre y culta ciudadanía, considerada a la vez como honra y gloria de un país, por de escasa importancia mundial que fuere.
    Pero urge entender, también de una vez por todas, que un magnífico florecimiento ciudadano no puede haber sin el goce irrestricto de la libertad de los hijos de Dios. La libertad sectaria de que tanto se alardea como de un índice de alta civilización y más aún de cultura integral, carece de ciudadanos libres, tenidos como tales en el noble, hermoso y conspicuo sentido de la oración; pues casi todos, casi ninguno excluido, andan esclavizados y comprimidos  por el temor de las persecuciones políticas, que es decir de las venganzas inicuas de los poderosos. Diríase también que, en uso de tan peregrina libertad, casi nadie se atreve a mover ni la lengua, para hablar siquiera en voz baja, ya que se corre el constante peligro de que, cuando menos, se la corten, por hablador, por elocuente en materia política, resucitando así el viejo castigo bárbaro de los griegos de Bizancio, prototipos de barbarie cruel y de obscura fiereza, cuando no solo sabían cortar la lengua, o la nariz, como al emperador Heracleonas, sino también arrancar los ojos, a quienes los suponían enemigos declarados, por el seguimiento de contraria política. Y es que, para muchos infelices encaramados en el poder, no hay peor delito público, ante sus ojos de sátrapas atrabiliarios, que el figurar como adversarios políticos, aún con toda la integridad del carácter másculo. Séneca, envenenándose,  comprendió muy bien, al punto, qué podía esperar de él al caer en desgracia ante ese monstruo coronado que fue Nerón, prototipo de parricidas, de cocheros, de histriones, de incendiarios, como le enrostró alguien que tenía todavía algo del antiguo valor civil de los romanos de los primeros tiempos de la República.
    De ahí surge también la perentoria necesidad, perentoria acaso hoy más que nunca, de depurar no sólo a los partidos políticos de los elementos dañosos, que los desprestigian y labran su ruina, antes tal vez de que hayan podido cumplir su misión histórica, en el espacio y en el tiempo de cada nacionalidad nuestra, sino que se precisa dignificar la política misma en sus relaciones con el hombre, con Dios y con e mundo. Se precisa saltar todos los barros, para pisar el suelo de una política limpia, digna, humana.


Tengamos fe en los hombres de la política
Pastor Valencia Cabrera
La SI 11/01/47 p. 6-7


1. Eso es lo justo, lo racional y lógico, lo imperativo de nuestra realidad
    Aunque es triste el decirlo, no queda, sin embargo, más remedio que abrir la boca. En nuestros ambientes de hoy, los principios no cobran todavía tanta importancia como los hombres dados a la profesión de la política; diciéndolo de otro modo, y sin vergüenza alguna al mundo de la crítica: en nuestros países de ambiente criollo, moral y democráticamente harto decaídos, por efecto de causas que fuera demasiado prolijo el examinarlas, los principios andan todavía supeditados por los hombres de partido, en quienes se cifra ver, y no sólo por la multitud, sino también por muchos de los que se apartan de la multitud algo así como la encarnación viviente de sus más anhelados y respetados principios de paz, de bien, de libertad y de justicia sociales; aunque la experiencia, las más veces, no ha tardado en demostrarnos que, en esto de preferir más la devoción a los hombres que a los principios, normativos de la vida institucional de la República, nos equivocábamos todos de manera lamentable; pero, sin remedio, puesto que ya no había posibilidad de rectificar a tiempo el error cometido, pagando el país las consecuencias, que generalmente han sido desastrosas.
    No obstante, es necesario seguir alimentando siquiera un algo de fe en los hombres de la política; precisemos mejor la frase: fe en nuestros hombres políticos, eso es lo justo, lo racional y lógico, lo imperativo de nuestra realidad actual. Es el deber cívico-moral que, para persistir y pervivir, nos impone nuestra desgarrada sociedad de hoy. De otro modo, sin unión ni fe que nos aliente, estaremos perdidos y estancados en nuestro progreso. Si, no os asustéis, mis amigos, de lo que os voy diciendo: En nuestros países de hoy, y por imperio de razones que pesan acaso en vuestros mismos ánimos, los hombres, muchos de los hombres, que, puestos en la tabla  de eterna valoración de los espíritus, apenas si alcanzarían a situarse a la altura sublime de un principio vivo, permanente, absoluto, tal como quisiéramos verlos actuando en la realización de nuestras caras aspiraciones ciudadanas, lanzados, sin embargo, al ancho campo de las realidades políticas, andan orgullosamente, con orgullo superlativo de sí, cobrando más importancia básica que los mismos principios que rigen la lógica humana y el callado movimiento de los astros  por la bóveda celeste, que nos cubre tan hermosamente, de la noche a la mañana.

    2.- ¿Tener fe en los hombres de la política desacreditada?  ¡No es posible!

    Hay, en efecto, en la humanidad actual, una lucha capital, constante, pero sorda y, por lo mismo, incruenta, cuyo cartel diario dice así: “Principios que luchan contra hombres, o poniéndolo cambiado: Hombres que luchan contra principios”. Es, cabalmente, la vida de la lucha política que viven los pueblos, de grandes a pequeños, y obteniendo en la lid resultados diversos para la causa de sus instituciones públicas. Luego la existencia de este género de lucha, porfiada como pocas, también en nuestro país, forma una verdad palmaria del día, cuya consideración oportuna no es posible relegarla a un segundo término, antes la gravedad de la hora que atravesamos indica contemplarla con la debida atención de bolivianos que buscan medio de salvar a la nacionalidad de los peligros que puedan amenazarla, siquiera sea remotamente. Pues, a fuer de hombres amantes del ideal luminoso y soberano de Dios y de la grandeza presente y futura de nuestra patria, es menester, de todo punto de evidencia, que tengamos fe en los hombres de la política; por lo menos en los hombres más limpios, correctos y destacados que encontremos entre nuestros mismos connacionales, que no dejan de haberlos, felizmente, a pesar de la fuerte crisis moral que nos aqueja
    Sí, es necesario y perentorio, con perentoriedad de la primera importancia, que, en el transcurso de estas horas cruciales que, con más o menos intensidad, alcanzan a vivir todas las naciones del mundo, por salvaguardar la integridad de los destinos humanos, demostremos por poseer algo de fe, pero de fe vibrante y radiante, de una fe lógica y racional, en el sentido de los deberes del patriotismo de verdad, hacia nuestros conciudadanos que, por virtud del criterio popular,  han sido conceptuados como dignos de regir los destinos de la República. Encaminando las buenas voluntades del país hacia la consecución de un común objetivo de grandeza nacional, es preciso, con urgencias que no admite demoras espirituales ni esperas volitivas, que a las horas de habitual dejadez,  de estoica indiferencia y aún de vergonzosa apatía,  que parecen caracterizarnos hasta ahora, cívicamente hablando, substituyamos con horas de fe, de entusiasmo, de optimismo y de noble esperanza con los hombres designados como los más aptos para gobernar el país, suponiéndolos, cuando menos, patriotas como nosotros, si acaso no hemos de figurar como monopolizadores de las virtudes patrióticas, ya que el dulce sentimiento de amor a la patria, sin duda, está esparcido en el corazón de todos sus buenos hijos…

    3.- ¿Tener fe en hombres que no saben respetar sus principios? ¡No es posible!

    Pero, me diréis, tal vez, con aire de recelos y de prevención de escépticos: ¿Cómo creer todavía, con fe robusta, en los hombres de la política? Sí, mis queridos amigos, hay que creer todavía en ellos, siquiera como por un acto de no renunciar a la vida y a la historia de nuestro joven e hidalgo país. ¡Creer, y creer con fe que resista las pruebas de la negación, con fe que no se apague a un ligero soplo de la realidad! He ahí la cuestión difícil, el nudo gordiano de las dificultades que se presentan para ir en alcance de la verdadera comprensión  intelectual no menos que cordial,  para poder gritar con voz llena: ¡Yo creo, con fe ciega, en la virtud salvadora del patriotismo!; pues el creer supone ver aún  lo que no se puede ver, dentro de la casi siempre grosera realidad de las cosas tangibles… ¿No es así?  
    Hablemos claro. El mundo, en los últimos años, se ha vuelto bastante incrédulo, frente a las promesas hechas por la política, las mismas que, en el noventa y nueve de las circunstancias estudiadas, han resultado siendo falsas y engañadoras por entero de los anhelos e ilusiones del pueblo, aconteciendo que, en esa marcha general de la incredulidad, tanto con respecto hacia el dogma de la iglesia como hacia la política de partido, los hombres se han vuelto mayormente descreídos, casi apóstatas de la fe partidista como de la fe religiosa: no gustan creer en nada, diríase ni en su sombra, no obstante el hecho visible de que los acompaña con largos pasos por dondequiera que van, por el mundo éste que pisamos…
    Pero no: urge reaccionar vigorosamente contra esa falta de fe cívica, cuya llama crepitante conviene todavía mantenerla viva, por lo que hace a la actuación de los hombres de la política. Es cierto que podemos ser engañados nuevamente; pero también es posible que no lo seamos engañados siempre. Felizmente, por admirable providencia de Dios,  no faltan en ninguna parte siquiera una decena de hombres bien intencionados, honrados y patriotas, que, en un momento dado de los destinos nacionales, pueden responder cumplidamente a los dictados del patriotismo sincero y a las leyes de la decencia moral y política…Luego, urge tener fe en ellos, siquiera un resto de fe patriótica, aunada a un poco de buena voluntad ciudadana, relativos a la posibilidad de su levantado proceder en el Gobierno…
    Mirad: En las actuales circunstancias porque atraviesa la República es evidente que más hemos de atenernos todavía a los hombres que a los principios, por mucho que nos duela contradecir lo que siempre se ha sostenido, como invariable doctrina de política nacional:  que al país no le interesan los hombres, las personas, sino los principios, los enunciados magníficos, sean o no revolucionarios. Sin embargo, a pesar de nuestro entrañable amor a las ideas, sólo Dios sabe hasta cuándo el supremo interés del país consistirá en estar siguiendo a los hombres, como quizá no tanto a los principios, por mucho que nosotros mismos, que decimos esto, estemos ponderando más la suma excelencia de éstos que no de los hombres;  muchos de los cuales o cuando menos algunos, una vez llegados al poder, han resultado verdaderamente  unos tipos antipáticos, indeseables y hasta execrables, ora por su política de abusos, ora por su ambición carente de escrúpulos, ora, en fin, por su odiosa y bárbara tiranía.
    Desde luego es claro que todos esos resultan pasibles de enérgica condenación ciudadana, tanto por su falta de consecuencia para consigo mismos, cuanto porque esa falla de moralidad ha dado en el delito de traición a los principios profesados desde la primera hora de su actuación política y, luego, lo que es mayor delito aún, de traición a los bien entendidos intereses de la nación, la victima de siempre, el eterno “negrito” de la historia, de que habló en su tiempo un conocido político nuestro.

    4.- ¡Antes están los principios que las personas señor! ¡No lo dude!

    Pero, entendamos, aclarando nuestros conceptos, que no por repudiar con entereza y con fortaleza a los malos políticos, que siempre ha habido en lo pasado y que no han de dejar de haberlos en lo presente, para desgracia del país, a la par que de ellos, al desentrañarnos del valer de sí mismos con sus ambiciones, despotismos y miserias de todo orden, vamos a perder nosotros nuestra hermosa fe humana en los hombres que figuran en la política. No: es preciso creer, cuando menos, en su patriotismo, en esa virtud magnificadora y exaltadora de los ciudadanos de un país; pero además, fuerza es creer en la virtud de su fe, de su carácter, de su firmeza cívica y moral… Y esto da, naturalmente, la regla de nuestra conducta por seguir: que, procediendo como bolivianos cautos y reflexivos, hemos de saber situarnos en el junto medio de la cuestión propuesta: creyendo tanto en la eficacia de los principios como en la eficacia de los hombres lanzados a la acción patriótica.
    Cierto que, repitiendo lo que tenemos consignado, la actuación ordinaria de los hombres públicos, no está siempre a la altura que se proclama de los principios; pero atenta la consideración  de que en nuestros países priman más las personas que las doctrinas, la lógica aconseja, entonces, atenerse a las circunstancias, esto es, a las consecuencias derivadas de tal hecho político. Luego la cuestión principal del momento actual  estriba en saber, fundadamente, cuál es, cuál sea el hombre de mandar al pueblo con fe, con honradez, con previsión, con patriotismo, con decoro, en una palabra, con verdadera capacidad social,  intelectual y moral. Porque la política no puede desentenderse de la consideración de tales factores, por mucho que sean de orden netamente individual, para alcanzar los caracteres de una política eficaz, que es cabalmente la clase de política de que tienen verdadera necesidad los pueblos.
    Antes decíamos: Primero son los principios, después los hombres; ahora, en vista de las duras circunstancias por que atravesamos, tenemos que rectificar la frase y, cosa curiosa, poniendo la metáfora al revés: Primero están los hombres, después vienen los principios. ¿No os gusta la figura? A mí tampoco me agrada. ¡Pero qué hacer! ¡Paciencia, paciencia amigos míos! Día vendrá que, con la paciencia, con la batalla de la paciencia democrática, ganaremos el primer puesto para los principios, clocando después a los hombres, en un pano de justa y fiel armonía con los principios.
La Paz, 23 de Diciembre de 1946

¡Ahorrar contra el hambre!
Pastor Valencia Cabrera
La SI 25/01/47 p. 9


    ¿Es posible esto? Yo digo que no, por lo menos en el estado actual porque atraviesa la economía del hombre común, esto es, la clase de hombre trabajador que conocemos en la Bolivia actual; supuesto que este tipo de hombre es el que apenas gana para comer, y no perecer de necesidad. Cada siglo tiene sus paradojas y, claro está, el nuestro no deja de tenerlas, algunas de ellas muy graciosas y risueñas, aunque también, otras veces, muy irónicas y tristes, como la que enunciamos en el rubro: ¡Ahorrar contra el hambre que acosa a la humanidad actual, en general, y a la humanidad proletaria en particular!
    Reducir la capacidad estomacal ordinaria del hombre, para dar lugar al ahorro, en gracia de una lenta pero segura extinción de materia orgánica, equivale en sí a rubricar el decreto de la propia muerte. Es ir al suicidio, por la necesidad fisiológica y, por ende, biológica, de tenerse que ir al suicidio para poder vivir con libertad y tranquilidad, con dignidad y decoro. La falta de la indispensable holgura de medios materiales, para poder vivir con reciedumbre de cuerpo y de alma, a saber, con existencia asegurada y dignificada, constituye un capítulo de acusación grave, inmediata y directa, contra el falso economismo que notamos actuar como factor regulador de las manifestaciones económicas de la vida moderna del proletario de verdad.
    Pues cualquiera advierte que es lógico y natural pensar, y luego, admitir como hechos gravitantes en la conciencia de nuestro tiempo, relativamente a la economía,  las características que detallamos acerca de la situación general por que atraviesan las clases menesterosas. Que hombres de trabajo, cuyo salario apenas alcanza a cubrir las más premiosas necesidades del día, son seres reducidos a la miseria; que hombres reducidos a la miseria de la vida, no pueden sostener una familia y, menos todavía, una familia numerosa; que tal género de hombres están lejos de poder practicar el ahorro, tan alabado y aconsejado por los moralistas y educadores de los tiempos pasados, como Samuel Smiles, por ejemplo,  que incluso escribió un lindo libro titulado “El Ahorro”, pero de contenido muy irreal en cuanto a la posibilidad de practicárselo, casi como por sistema, cual era el ideal del autor.  Esto no quiere decir que el ahorro, en sí, no sea bueno, o viceversamente, el ahorrar se aúna a costumbre del pasado; una costumbre pasada de moda. No, por cierto, de ninguna manera: lo que gustamos insinuar es que, para ahorrar se precisa, primero, ganar algo más de lo estrictamente necesario para vivir con decencia y holgura: entonces el ahorro es una consecuencia natural que se impone contra las malas contingencias de la vida, que pueden acaecer, y para asegurar el reposo de la vejez.
    De lo cual se desprende la necesidad perentoria de mejorar los salarios: ojalá se adoptase el salario familiar, propugnado por la escuela social católica.
    Luego, obrando contrariamente ¿cómo pretender guardar lo que sobra de lo que no sobra? Ahorrar, apretándose el estómago cada día, privándose a veces hasta de lo indispensable de las cosas, es comenzar a liar las maletas para el viaje prematuro al país de donde no se vuelve más, que es el encaminarse de esta vida a la eternidad: el secreto de vivir sin comer no ha sido revelado todavía al género humano, por lo menos desde el padre Adán hasta nuestros días de clamorosa democracia, a pesar de los luengos siglos de existencia que cuenta a su haber la pobre Humanidad.
    Además urge considerar que una sola es la senda que conduce al hombre del ahorro a la tacañería. Cabalmente, por efecto del ahorro mal comprendido y peor practicado, es posible que el gran ahorrativo de hoy, el ahorrativo de costumbre, se convierta en el gran tacaño de mañana; acaso en uno de esos ruines potentados que conocemos al paso, los que, cuando se les pide algo, o cuando temen se les pida algo, manifiestan suma pobreza, aparentando, con ridícula ficción, ser todavía más pobres que los pobres de solemnidad, o que los pobres en general; ya que es sabido que estos suelen dar, a veces, de su escaso peculio, para las obras sociales, algo que vale mucho más, por su significado, que lo que puedan dar los ricos de verdad.
    Es algo terrible tener que tratar con personas ahorrativas, metalizadas por sistema:  son capaces de preferir perder su alma, antes que dar voluntariamente unos centavos en beneficio de los necesitados. Generalmente hablando, son personas de entrañas petrificadas para las obras de caridad hacia el prójimo: si dan unos peniques miserables es por vana ostentación, pero no por callado amor a Dios. ¿Os acordáis de aquellas admirables palabras admonitivas de Jesús, cuando viendo la actitud del joven rico fariseo, que se retiró de su lado entristecido por la renuncia a las riquezas de la tierra, que le sugirió el Maestro, a fuer de “Maestro Bueno”, les dijo a sus discípulos: “Es más posible que pase un camello por el ojo de una aguja, que uno de estos ricos se salve”. Y notad que en este discurso empleó Jesús, una de las comparaciones más magistrales, extraordinarias y sublimes de que fuera capaz el entendimiento de un ser divino humanado, incluyendo los extremos irónicamente y racionalmente más típicos, originales, grandiosos, y contrapuestos de la Historia, aún objetivándolos en cosas nimias y vulgares como el ojo de una aguja y la giba de un camello. Y para mayor abundamiento de consideraciones en el aspecto contrario, hay también en el Evangelio la parábola de la pobre viuda, que, con tanta generosidad como discreción, dio su óbolo en el templo.
    Luego, en la realidad del mundo que nos circunda, surge este hecho básico: que no solo en sentido puramente irónico, sino estrictamente real, hay ricos pobres en la sociedad, así como no dejan de haberlos pobres ricos, aparte, se entiende, de la casta siempre creciente de los nuevos ricos… Y no os rías, amigos, de esto que parece hipérbole forjada por la ilusión; porque, de lo contrario, la realidad de las cosas os punzará con su aguijón hecho con el hierro de la más purísima verdad.


La enfermedad del deshonor
Pastor Valencia Cabrera
La SI 08/02/47 p. 7


    Quienes hablan frecuentemente de honor son, a veces, por cruel ironía de la vida, que se complace en mostrarnos los lados incongruentes de su calmosa rotación secular, los que tienen el concepto menos firme, noble y caballeroso del honor, entre personas bien nacidas en el mundo que habitamos; cuando no son, también a veces, los que ya lo han perdido lamentablemente con su conducta indecente, rufianesca, servil, en una palabra, indecorosa.
    Y así como es una verdad palmaria el hecho de que nunca se estima más una cosa, que cuando se la ha perdido tristemente, no sabiéndose en la mayoría de las ocasiones ni el por qué de esa pérdida, ocurre que, entonces, se demuestra sobrada estimación: ¡qué no se diera por estar nuevamente en posesión de tan altísimo bien, que encierra una situación de verdadero privilegio para quien se considera ser un auténtico caballero, por la suma magnífica y esplendorosa de prendas morales que definen la condición de la caballerosidad!
    De ahí que para los contrarios, sea preciso hablar, por gala, mentirosa, hasta de un decoro que no se posee, desgraciadamente, tal como no se puede tener una vez caído en el abismo del deshonor, del descrédito general en que yacen quienes renuncian a su condición de hidalgos caballeros, de hombres de bien en el sentido más hermoso, amplio y absoluto del vocablo, que nunca puede ser tachado de anticuado, siendo, como es, un vocablo de realidad continua tanto en el mundo moral como material de todos los días.  
    Quienes andan, pues, siempre con la palabra honor puesta a flor de labio, son, de seguro, enfermos del espíritu, que van corroídos precisamente por el cáncer incurable del desdoro, de la incaballerosidad notada en su conducta pública y particular.  Por eso, como llevan una entraña enferma, lanzan por doquiera sus ayes lastimeros, los gritos con que manifiestan la recóndita gravedad de su triste dolencia…
    Mirad: En la vida que se desliza a nuestra vera comprobamos, a veces sin quererlo de modo ex profeso, que quien habla constantemente de salud es el enfermo, es el postrado en el lecho del dolor; no el sano, que apenas si echa de menos que tiene la salud completa. En el goce de la perfecta salud, nadie se acuerda de lo terrible que es una enfermedad; pero es el proceso doloroso del quebrantamiento físico lo que hace clamar frecuentemente por el bien inestimable de la salud, por falta de la euforia corporal no menos que espiritual, que puede sufrir un hombre. Igual fenómeno ocurre con el canceroso del alma, con el enfermo por la pérdida del honor, sublime patrimonio que nunca un caballero de verdad podría perderlo, sin perder antes la vida misma…
    Sin embargo, en los tiempos modernos, parece que, el concepto del honor, va quedando solo como una frase retórica, ya que no como una frase sin sentido, con aquel brillante y varonil dicho de Francisco 1 en Pavía: “Todo se ha perdido, menos el honor”.    
    Hoy las cosas comienzan a perderse precisamente por eso: por el honor, que no se sabe cuidarlo a la manera del antiguo caballero, español y cristiano…


El trabajo femenino en el Incanato
¿Sería el trabajo impuesto por igual a hombres y mujeres, no mirándose la natural diferenciación de los sexos?
Pastor Valencia Cabrera
La SI 15/02/47 p. 7


    Un detalle harto interesante, sociológicamente hablando,  y cuyo contenido urge aclarar para los fines que encauza nuestro estudio, es el que se relaciona con la ordenación del trabajo en sí, ora mirando la grande potencialidad del esfuerzo masculino, considerado generalmente apto para la ejecución de trabajos pesados, ora tomando razón de la escasa resistencia que, de modo natural, nos presenta el empuje femenino para la no realización de los mismos, ya que ni fisiológica ni prudentemente sería dable exigirse a la mujer la realización de un esfuerzo psico-técnico igual que al del varón, el que, según se observa, desde pequeñito ofrece los caracteres de fortitud, apareciendo con notable ventaja sobre el ejemplo del sexo antagónico.
    La desigualdad específica de los sexos, se ha dicho ya desde antiguo, es una obra sabia de la Naturaleza, que no puede ser enmendada nunca por nadie, por mucho que se quiera corregir la plana a Dios, por estar encaminada para el lleno de los mismos fines de la vida. Cierto que existen las excepciones que, a veces, desconciertan en sus previsiones al espíritu; pero, aún cuando en sí  no fuesen rarísimas, siempre son excepciones; esto es, cosas que salen de lo normal, de lo habitual y corriente, de lo ordenado por la Naturaleza en persona, si vale la metáfora.  
    Procediéndose al revés se continuaría cayendo en la odiosa, en la peligrosa y ruinosa promiscuidad que se advierte hoy,  entre la indiada venida a las ciudades, con el consiguiente espectáculo de contemplarse a las mujeres trabajando  lo mismo que los hombres, haciendo esfuerzos superiores al alcance de su propia capacidad física  y muscular; siendo todo ello un cuadro fiel de la bárbara masculinización de las costumbres hogareñas, de sus trabajos familiares y modo de ser de su alma naturalmente femínea.
    Es claro que restaría averiguar si los explotadores de la raza indígena, en la actualidad, estarían de acuerdo con nosotros, no conviniendo en que si la mujer indígena, por ser indígena, ha de ser tratada con menos delicadeza, respeto y consideración que su congénere, la mujer blanca.
    Pero no: para nosotros, la mujer, es y será siempre la mujer, madre del hombre, cualquiera sea el color de la piel que le cubra; circunstancia que de suyo le hace merecedora del miramiento debido a las cualidades propias de su sexo, y no únicamente por lo que se refiere a la mujer no india, sino incluso a la mujer a quien se conozca como a la inda más india, de esta inmensa Indianápolis, que no solo es la América sureña…
    En efecto, volviendo a tema propuesto:   
    No sabemos, certeza absoluta, si realmente existió o no, de modo permanente y categórico, la división sexual del trabajo entre los indios del incanato; aunque sabemos de sobra, por la tradición, conservada con bastante fidelidad, que incluso ha llegado hasta nosotros, que tanto Mancjo Kapacj como Mama Ocllacj la establecieron en el Imperio: el noble Mancjo imponiendo al hombre como principales deberes los de la labranza del campo, y la agraciada mama señalando a la mujer los cuidados sencillos de la casa, pudiendo decirse, entonces, que tanto el cultivo de la tierra como el dominio de la economía doméstica, fueron las primeras artes y ciencias que conocieron los indios del Antiguo Perú. Pero, a lo que se juzga, parece que no subsistió por mucho tiempo esta división, o que subsistió solamente hasta la caída del Imperio, impeliéndonos a inclinarnos en este sentido lo que vemos suceder actualmente, en que un gran porcentaje de mujeres indias se ocupan de trabajos que por el esfuerzo que demandan competen exclusivamente a los hombres. Luego, pudiera afirmarse, con razón, que no existe el llamado sexo débil  entre los indios de hoy, esa noción parece haberse perdido en los siglos posteriores a la fundación del famoso Imperio, cuando los otros incas, sucesores de Mancjo, vieron por conveniente no excluir a las mujeres de ciertas obras emprendidas por el Estado mismo, supuesto que eran para bien de la comunidad toda, por lo menos en la efectividad de su asercionalismo político y administrativo.
    Mirad: Generalmente ocurre hoy día que los maestros en obras de albañilería, o los contratistas de obras públicas, o los capataces en trabajos de minas, las prefieren como excelentes ayudantes, y esto por dos principales motivos: primero, porque de ordinario les pagan poco; y segundo, porque así tienen a la mano a una mocita –tahuaco- a quien están piropeando constantemente, como hacen algunos, no solo en las horas libres, sino también en las horas de cutio. De otro lado, hasta los niños indígenas, también trabajan en labores pesadas para su tierna edad, igualmente con paga miserable. Suele ocurrir que estos, como que se expansionan junto con los hombres maduros, ayudan, por lo menos con sus risas y sus burlas,  a molestar a las muchachas, distrayendo como los viejos gran parte del tiempo dedicado a la labor.  

Como se explicaría el posible origen de las clases sociales en la sociedad
Pastor Valencia Cabrera
La SI 22/02/47 p. 9


    1.- CUANDO TENDRÍAMOS A LA SOCIEDAD SIN CLASES
    Si concebimos por un momento, claro está que fantaseando, una la sociedad civil  por su organización y por su fin, y admitimos que son unos también  los elementos que la constituyen, llegando ambos, por tanto, a constituir aquel ponderado estado de perfección política de que nos habla elocuentemente Platón en las leyes, a tal punto que, usando sus propias palabras, se hubiese perdido en la sociedad hasta la noción y el sentido de la palabra propiedad, perdiéndose, asimismo, la palabra personalidad, base primera y complemento necesario del vocablo propiedad; si concebimos la sociedad en tal forma, que en la constitución no sólo idiomática, sino también somática y espiritual de ella, desaparezcan hasta las palabras individuo y propiedad, y entonces todo sea sólo uno y colectivo, es decir todo sea de uso absolutamente común, y nunca o particular o privado, cual sucede de modo fatal  con muchas cosas en nuestras actuales sociedades, entonces, tendríamos a los ciudadanos todos absolutamente unos, a todos absolutamente iguales, sin la más remota idea que pudiera acosarnos acerca de posibles preeminencias, prevalencias, prepotencias capaces de enconar, de dividir, de diferenciar, en suma de particularizar a los hombres, situándolos por grupos poliformes, ideiformes, según sus tendencias no afines y sus actividades no similares, cuando no en sectores totalmente divergentes, contrapuestos, antagónicos.
     Es decir que, llegándose a tal estado de comunidad social que en sí no muestra ser  sino una comunidad humana hiperbórea, tendríamos a ciudadanos que, por ejemplo, en el orden económico de la sociedad, tal como concebimos a ésta, no serían ni ricos ni pobres, propiamente hablando, sino o todos ricos o todos pobres, según el concepto radical que de la pobreza y de la riqueza se formaría en dicha sociedad; supuesto que, en el estado colmado de riqueza, todas las cosas estarían al alcance, medida y satisfacción plena de todos los ciudadanos, así como en el estado contrario, esto es, en el de pobreza absoluta, todos se presentarían también  como tipos de una pobreza inconfundible; o dándose, todavía, paradójicamente, el caso de que todos fuesen ricos y pobres a un mismo tiempo, ya que nada de cuanto existiese en la sociedad dejaría de pertenecerles, con igual fuerza de derecho y de propiedad; circunstancia mayor, de ponderable progreso y de eficiencia humana, que, según Platón, nos haría ver que, en tal estado de cosas, las leyes del Estado podrían tener dirección mejor; porque ese elevadísimo índice de perfección política nos revelaría el colmo de la prudencia y sabiduría estatales; sacándose como consecuencia fundamental el hecho de que, en una sociedad de tal modo estructurada, no habría nunca, materialmente hablando, lo que nosotros llamamos clases sociales, principiando con la denominación básica y substancial de ricos y pobres.  
    Luego, hasta entonces, en rigor de verdad, tendríamos a la sociedad sin las divisiones de opinión y de situación individual que hoy la caracterizan, con las consiguientes pugnas que la tornan desgraciada: con la sociedad una, no conoceríamos clases sociales; quedaría, por tanto, suprimida de raíz la llamada cuestión social, cuya insolución perturba tanto la paz de los espíritus y la marcha armónica del mundo. Pero, de otro lado, el mismo Platón nos advierte la cuasi imposibilidad humana de llegar a esa brillante cúspide de perfección de las idealidades helénicas, bellas ensoñaciones que se desvanecen a un ligero soplo de las realidades sociales, económicas y políticas que informan la existencia del mundo actual en general; cuya índole resulta siempre difícil de cambiarlo, siendo como es malévolo, pérfido, picado de egoísmo sórdido y, por lo mismo, de grande miseria espiritual…
    Sabemos que hubieron pobres en las sociedades de la antigüedad, no dudamos que los habrán también en las sociedades del futuro, hasta donde alcance la vida de la humanidad, tal como está constituida ella, en su naturaleza misma, una vez perdido los bienes del estado preternatural. Pero, en el estado de su naturaleza actual, es así. Tenemos por delante la palabra infalible de Cristo, pronunciada llegada que hubo la plenitud de los tiempos: “Siempre habrá pobres entre vosotros”. Que la humanidad pueda alcanzar a las cumbres luminosas de la perfección más ideal, no es posibilidad que esté descartada por entero; antes es carta siempre a ser jugada por la mano del tiempo, del destino humano, de la admirable providencia de Dios.

    2.- CUANDO YA TENDRÍAMOS A LA SOCIEDAD CON CLASES SOCIALES
    Pero imaginemos que, a pesar de nuestra ansiedad general de evitar toda clase de divisiones en la sociedad, se da un momento grave en la existencia de ella: la aparición de algunos hombres, mejor dicho, de algunos grupos de hombres, viniendo a poseer, sea como fuere, los bienes de la tierra, apoderándose de las fuentes de producción, como decía Lenin, el pontífice máximo del socialismo comunista, en el Congreso Pan-ruso de 1900: aquí  ya tendríamos el hecho grávido de historicidad real, de la existencia de clases sociales, con todas las dificultades y rozamientos propios a ellas, en prosecución precisamente de la prevalencia de clase. ¿No es así?
    Mirad: En Roma antigua la casta de los patricios no sólo había acaparado, usando un término moderno, la administración, la magistratura, el sacerdocio y aún la milicia, es decir, el mando civil, religioso y militar de la República, sino también el control social, jurídico y económico de la vida, en todos sus aspectos relacionados con el gobierno de la urbe, erigiéndose en dueños y señores absolutos no únicamente de las riquezas, sino también de casta innúmera de los plebeyos, los proletarios de entonces.
     En nuestros tiempos llenos de sonora retórica democrática, que aspira a situarse nada menos que en un plano de super-democracia, existen innegablemente las castas sociales, derivadas principalmente de los viejos prejuicios de enseñanza o de escuela, así como existen las clases sociales, originadas por la mala distribución de la riqueza,  cuya posesión siempre ha dado en el tirano dominio. Y así tenemos a la casta de las familias acomodadas o de los ricos, y a la multitud de los pobres, llamadas respectivamente, la primera, clase elevada y, la segunda, clase humilde o proletaria, existiendo entre ambos otra, tercera, denominada clase media, por estar situada cabalmente entre la clase rica y la clase pobre, con extrema pobreza, que es la de solemnidad.
    Del dominio soberano de la tierra, y de las cosas de la tierra, nace naturalmente el antagonismo de ricos a pobres, y viceversamente, degenerando en la llamada lucha de clases, la cual, en último término, es lucha de los oprimidos, moral y económicamente, contra los opresores, identificados éstos, en los capitalistas y aquellos en los proletarios.   
    Es curioso considerar esta cita que consigna Luís Alberto Sánchez: Lenin, parodiando a Buffon, quien dijo: “El estilo es el hombre”, cambió las dos últimas palabras de la frase, diciendo: “El estilo es la clase”.
    Pero la conciencia de clase en el elemento trabajador, estriba en el profundo convencimiento que adquiera el obrero mismo, de que realmente es un elemento trabajador y, por ser tal y como tal, ha de cuidar no sólo del mejoramiento de las condiciones de trabajo  en general, sino también del perfeccionamiento, progreso y triunfo del trabajo mismo, entendido como deber, en todas las manifestaciones de la sociedad, apareciendo entonces el obrero como el elemento número 1 del progreso social. el ser humano, que cree ser un hombre cabal y que, por tanto, ha nacido para luchar aún contra el adverso destino, ése ya tiene formada su conciencia de clase: ser un luchador por la causa de su propio triunfo. Luego tiene una ruta abierta a su actividad e ideario de clase. Y, como dice un sencillo pero significativo cantar popular, recogido por el maestro Rodríguez Marín, sucede que: “Quien tiene fe en un camino, nunca vuelve la cara atrás”.
    Nosotros decimos simplemente: Que así como el cumplimiento del deber es una hermosa floración  de la conciencia moral del hombre, de idéntica manera,  la formación del concepto de clase  en el proletariado es una bellísima y poderosa floración  de su conciencia profesional: sin el sentido y la disciplina de clase, que le inspiren y muevan  en sus reivindicaciones sociales, no pregunte el obrero por qué es desgraciado, porque se le habrá de decir el propio vencimiento de su alma, sin el recio y brillante escudo de su conciencia de clase trabajadora.

    3.- EL CONCEPTO DE CLASE ENTRE LOS INCAICOS   
    Según Pedro de Rivadeneira, nobleza quiere decir virtud antigua, esto es, valga la metáfora, virtud acumulada con el transcurso de los siglos. De ahí proviene, seguramente, el que a los miembros de familias antiguas, o que figuran como antiquísimas, se hable como de individuos como de rancio abolengo, supuesto que la ranciedad involucrada en las cosas de antaño, es un elemento físico-químico propio de las cosas viejas, algunas de ellas guardadas desde antiquísima edad.
    Relativamente al Incanato, sabemos, desde luego, por Garcilaso, que el fundador del Imperio cuzqueño, Mancjo Kapacj, estableció tres especies de clases sociales: los incas de nacimiento, o de la familia real; los incas de privilegio, o sea de los curacas emparentados con la realeza; y, por último, el común del pueblo.
    Sin embargo, conviene averiguar sobre el concepto que, seguramente,  tendrían los quechuas acerca de lo que entendemos por el vocablo castellano “clase”, siendo la palabra “másis” su homónima en el quichua actual Por eso es corriente oír, por ejemplo, en los labios de los quechuas de Cochabamba, descendientes, como se sabe, de los antiguos “cuismancus” del Imperio Cuzqueño, expresiones vernaculares como éstas: “Mana masiíquichu cani”, esto es, no soy de tu clase, de tu especie. “Masiíchucani imatacjri”, que equivale a expresar: ¿Acaso soy de tu clase, o también, de tu semejanza? Pero también al coterráneo, al paisano, se le llama, todavía, “Llajta masi”, que se traduciría literalmente por mi semejante del pueblo, mi espécimen del lugar. El plural es “masis”, usado generalmente en sentido despectivo.
    Resulta, pues, ahora,  cuestión de adivinación el saber qué concepto sociológico profundo asignarían los quechuas antiguos al tenido por “masi” entre ellos, entre los que no sabían de los problemas candentes del capital y del trabajo, estando ahí presente el hombre, con la plétora de sus energías físico-morales pata operar la transformación radical de las cosas mediante su esfuerzo verdaderamente creador.
                            La Paz, 28 de Noviembre de 1946

Poniendo algunos puntos sobre las íes mal hechas de la historia colonial
Pastor Valencia Cabrera
La SI 15/03/47 p. 7
(los apuros financieros que apremian a La SI en sus últimos años me explican las fallas de imprenta en sus postrimerías; son numerosas en esta crónica; pero   registro ésta, de todas maneras, dado el interés sumo de los puntos de vista expuestos en ella, por un autor que de suyo es alambicado literariamente hablando)

    1.- ALGO SOBRE EL LIBRO “HISTORIA FINANCIERA DE BOLIVIA”.
    Esto mismo reconoce de sobra don Gastón Rojas, cuando escribe en su “Historia Financiera de Bolivia”, precisamente al comienzo del capítulo primero de la misma, que intitula “Del comunismo a la esclavitud”: “El régimen económico y financiero del Tahuantinsuyu –dice- estaba fundado en un comunismo agrario, que había asegurado la existencia holgada de los súbditos del Sol”.   
     Vale la pena detenernos algo acerca de este autor. En páginas subsiguientes de su libro  mencionado entra en estos detalles, que explican, según él, como los indios pasaron a la esclavitud impuesta por la Península, por obra de los Encomenderos; creyendo clavar así una pica en Flandes a favor del indio, cuando vemos que la pica se rompe aún antes de elevarla:
      “Regularizada la situación política de los conquistadores mediante títulos, nombramientos y adjudicaciones otorgados por Carlos V, comenzó la apropiación de las tierras en grandes extensiones, según la importancia de las conquistas realizadas o de los descubrimientos hechos”.
    “A esas apropiaciones se dio el nombre de repartimientos, que son el origen del régimen agrario de la época colonial, y, por consiguiente, de la constitución de la propiedad territorial de nuestros días” (¡?).
    “No solo fueron repartidas las tierras, sino también los indios bajo el nombre de encomiendas y tercios de la corona”.
    “La “encomienda” consistía en una cantidad de aborígenes entregados a determinadas instituciones, o personas particulares para su servicio, so pretexto de protección y educación de esos infelices, que de modo tan pérfido (¡?) pasaban a la esclavitud más dura”.
    “A los generosos empeños de Bartolomé de Las Casas se debió la supresión, siquiera aparente, de esta especie de contribución de sangre y de aquella descarada esclavitud, que junto con las mitas que posteriormente (¡?) se establecieron, constituyen la ignominia más grande de la conquista española”.
    Fácil es proyectar torrentes de luz, que salen de una linterna encendida, sobre fantasmas que no existen, aún en medio de las sombras naturales de la noche; tal como lo es también el condenar, con las más enérgicas expresiones, el régimen de oprobiosa esclavitud que diz que establecieron los españoles en estos sus antiguos dominios de América; pero estamos seguros que, cualquiera que nos lea, convendrá con nosotros que un error de no escasa significación, en el orden cultural e intelectual, para un historiador, es el ignorar u olvidar que la mita, como institución, no fue más que el restablecimiento de la antigua costumbre incásica del servicio público por turno, mandada actualizar por el Virrey don Francisco de Toledo, juzgado como el mejor gobernante que tuvo el Perú colonial; aparte de que, según el sentido del párrafo tercero, que le tenemos copiado, y que involucra el aspecto jurídico de la posesión de la tierra, estaríamos viviendo todavía bajo el duro régimen de la Colonia; pero, reaccionando, preguntamos nosotros: ¿Y la República? ¿Dónde está, que no vemos, el régimen bondadoso de la República unitaria y representativa?
    Es singularísimo y desconcertante su criterio sobre la esclavitud de los indios. Oídle:
    “Se ha dicho, es verdad, que los métodos coloniales de la Gran Bretaña fueron más inhumanos porque estaban fundados en el exterminio de las razas autóctonas. La comparación de ambos sistemas serviría apenas para medir sus grados de monstruosidad, más no para deducir una disculpa a favor de ninguno. Y, después de todo, no se sabría decir si era preferible exterminar a los indios, o esclavizarlos durante tres siglos.
    Pero, sin duda –permítasenos observar- se sabe decir así, por este hecho capital, bastante significativo, según nosotros, para diferenciar, y, por tanto, para disculpar, abiertamente a uno de ellos: En Norte América ya no hay indios, o van que- cuenta de tanta libertad y civilización democráticas  de que disfrutan a maravilla; en tanto que en Bolivia, en el Perú y en el Ecuador, todavía hay bastante “indios salvajes”, como para desagradar a los blancos, que se creen ser tan civilizados, con cierta falta presuntuosidad y vanidad, y los hay, además, para mover la codicia de los mestizos y criollos de ahora, los cuales, para mayor desgracia de los aborígenes, se nos presentan con alma de los más peores encomenderos de la Corona, no obstante el ponderado régimen de libertad democrática que se les brindó con el advenimiento de la República.  
    Pero no: Si en opinión de este ameritado historiador, es lo mismo, o casi lo mismo, exterminar que esclavizar indios, pensamos, de nuestra parte, que no hay motivo, suficientemente fundado, para despotricar tanto contra la acción colonizadora de España en tierras de Indias; bastando esta sola consideración para absolverla de toda culpa si fue culpable de algo, porque ella nos sacó no solo a la luz de la civilización material, sino también a la luz de la vida sobrenatural (enunciado metafísico que entiende poquísima gente de la actualidad mundial), mediante la revelación de las sublimes verdades de Cristo. En este sentido macho, de toda controversia doctrinaria civilizadora, fue, pues, inmensamente superior la obra de la colonización española, frente a las miserias y tristezas de otras colonizaciones emprendidas por naciones que, más que quitar la barbarie de sus antiguas costumbres a los naturales, “natives” como dícese en francés, les han envuelto en la triste barbarie de la civilización de fueron portadoras, y cuyas auténticas manifestaciones las estamos viendo en pleno siglo XX, el siglo de la libertad y de la democracia, vencedoras del totalitarismo satánicamente opresor del hombre redimido. Luego no hace falta citar nombres de países conculcadores de los derechos sagrados del hombre eterno, que es el ideado por la civilización cristiana, porque los del público culto de nuestros  tiempos ensangrentados con guerras periódicas de expansión  contra los “bárbaros infieles” los saben de memoria, relevándonos de la posibilidad de gritar siquiera el “Yo acuso” de nuestras libres y limpias conciencias, lanzando al éter nada más que un tríptico de nombres tristemente significativos al respecto: Java, en Indonesia, Hong-Kong y Shanghai, en la vieja China. ¿Qué es lo que han hecho allí los europeos, incluso los mejores de los europeos, que dizque son los ingleses, siguiéndoles en jerarquía, como pueblos colonizadores, franceses y holandeses? Sumir al pueblo en la miseria, degenerarlo con el despotismo del trabajo mal pagado, y con el despotismo de la dominación extranjera; y, por último, envenenarlo elegantemente, con la venta incontrolada del opio… En cambio, en América, donde también sufrimos, acaso hoy más que nunca, una desesperante inversión de los altos valores morales y espirituales de la raza, creemos por sectarismo que se da la mano con la iconoclastia, que “el opio del pueblo” está precisamente en aquellos cuyo conocimiento útil y práctica sincera, le dignifica y restaura soberanamente en su esclarecida condición de hombre eterno: la Religión de Cristo. Y, para colmo de ironía, acontece que hasta nuestros más graves historiadores, por idéntica causa, prescinden del estudio de este factor de primaria importancia en la formación del hombre americano moderno; pero si, cuando hay ocasión, también lanzan a diestra y siniestra sus terribles fulminaciones contra la Religión de los españoles. ¡Con qué amenazadora talla de censores implacables, más que historiadores imparciales, se destacan hasta nuestros más ponderados hombres de letras! ¡No hay cómo creerles, enteramente, en sus juicios, que resultan más acusatorios que justicieros!
    Característica singular y táctica especial de beligerancia pseudo erudita, en el campo de las letras, que distinguen a no pocos escritores bolivianos de hoy y de ayer, es el cargar fuertes golpes de ciego contra el régimen colonial, que fue el régimen de esclavitud del indio, según ellos, fallando, claro está, los más de esos golpes, al caer sobre el supuesto objetivo que buscan.

    2.- ALGO SOBRE EL LIBRO “GAZOLILACIO REAL DEL PERÚ”   
    Entre cien ejemplos confirmatorios, que podríamos alinear aquí, bástanos indicar que se lea el prologo graciosamente inserto por el señor don León M. Loza en la edición boliviana –edición mutilada, por añadidura- del “Gazolilacio Real del Perú”, del hacendista colonial don Gaspar de Escalona y Agüero. Sin embargo, el inteligente prologuista no repara que la excelente ordenación de materias económicas de que trata el “Perubicum”, y que él comenta elogiosamente, es la mejor refutación de sus mismas aseveraciones, estampadas sin base de realidad lógica y natural, por lo menos en el orden rentístico, financiero y hasta industrial del régimen de la Colonia. El punto de Aquiles sería, entonces, el relativo a la inconsistente teoría, puesto junto a la prueba de la crítica serena, de que el indio era un esclavo.
    Lo que verdaderamente llama la atención y constituye lo realmente raro y paradojal del caso, en cuanto a sinceridad de palabras y, por tanto, de juicios que pretenden argüir la autoridad de históricos, estriba en esta simple observación: que tanto el señor Loza como otros, que se duelen por sistema y manía literaria, de la opresión del indígena por los españoles, han ocupado altas situaciones en el Gobierno de la República; pero ellos, por lo que sepa, no han movido ni un dedo, materialmente hablando, para corregir esas injusticias del pasado, mejorando siquiera en algo la aflictiva situación de los naturales, de eternos huasi pongos tanto de los realistas de ayer como de los republicanos de hoy.
    Yo sé, por ejemplo, que se declaró la Independencia de nuestros países americanos hace, cuando menos, por lo que respecta a Bolivia, unos ciento diecisiete años. Pero no sé, todavía, a pesar de que procuro saberlo, si actualmente es libre el indio. En cambio, es cierto,  que existe la no ignominia de la propia ignominia, fuera 117 leguas de aquí la conquista española, con Pizarro, preso Atahualpa y dispersados los indios en Catamarca.    


    3.- ALGO SOBRE LOS VARONES DE LA ÉPOCA COLONIAL
    Y, en llegando a este punto, ¿quién no recuerda, por lo significativo de la frase subrayada, el título de la interesantísima novela de carácter vernacular, que escribiera don Jorge Icaza, ecuatoriano, varón de feliz memoria, en el ilustre panteón de las letras hispanoamericanas, por cuanto ya murió, no ha mucho, dejándonos en la misma, una lectura llena de resplandeciente actualidad?
    Huasipungo es, pues, el tipo de indio esclavizado que conocemos hoy día, o, si queréis buscarle un atenuante cualquiera, el tipo de indio semi esclavizado que mantenemos en la sociedad, pese a nuestras alegres bravatas relativas al uso de una irrestricta libertad democrática: libertad que es enteramente restricta, falsa, hipócrita, en tocando al sirviente de casa, el indio auténtico, el indio de raza, el indio eterno que hay en nuestras patrias americanas, así se le llame boliviano, ecuatoriano o peruano, según la respectiva nominación que tomaran nuestras nacionalidades surgidas a la vida moderna, transcurrido apenas tres siglos, de que fuera arriada del suelo americano la bandera imperial de los Incas; bandera que, por virtud de la riqueza de su arcano simbolismo, reunía los siete colores del iris, derretidos en ríos de inextinguible gloria continental…      
    ¿No es así, hermano incaico de hoy, que me lees, ya fueres un indio del Perú, un indio españolizado por la sangre y el idioma de los padres conquistadores,  como el buen Capitán  de las milicias del Rey en el Rosellón, que fue don Garcilaso de  la Vega y Chimpo Ocjllu; o ya fueres un indio del Ecuador, como el distinguido y caballeroso magnate don Calixto Bustamante, el Inca Concolorcobo; o ya fueres, en fin, un indio de Bolivia, como ese general de aire napoleonesco, que fue el nieto del cacique de Huarina, nuestro señor Presidente y Supremo Protector don Andrés de Santa Cruz y Calahumana?
    Los antiguos españoles solían decir, por boca del rústico cantor de gesta de la arrogancia castellana: “No todos somos reyes, pero todos somos reliquias de los reyes godos”. Nosotros, indígenas de ahora, indios modernos, esto es, americanos españoles, sea del Perú, del Ecuador, o de Bolivia, hijos todos de nuestras gloriosas patrias de origen, también podemos agregar, con gesto de no escaso orgullo de una raza continental: ¡No todos somos incas reales, pero todos descendemos de los Reyes Incas del Antiguo Perú!
    ¿No es así, según tu noble, castizo y honrado sentir, americano moderno de hoy?

Un crimen moderno contra el Indio
Pastor Valencia Cabrera
La SI 29/03/47 p. 8


    1.- A pesar del triunfo clamoroso de los postulados democráticos en la segunda guerra mundial por la libertad, el indio sigue gimiendo bajo la bárbara opresión y cruel tiranía de la fuerza.

    Ha sorprendido grandemente a la opinión pública  boliviana, máxime a la opinión pública continental, causando luego un sentimiento de invencible indignación, mezclada con un pálpito de indisimulable vergüenza nacional, dados los tiempos de acentuada civilización cristiana y democrática que alcanzamos a vivir, el leer en los periódicos de esta culta ciudad titulares tan espectaculares y terriblemente angustiosos como éste, que copiamos: “El ejército y la aviación militar reprimirán la agitación indigenal”, y con este texto
    “El Ministro de Defensa, don Julio César Canelas, anoche nos ha informado la siguiente declaración:
    “En vista de que continúa la agitación indigenal en las zonas de Cochabamba, como se halla informada la opinión pública y para conjurarla, el Gobierno ha dispuesto que tanto el ejército como la aviación militar, intervenga directamente en la represión de los atentados realizados por los indígenas. Hasta hoy la aviación ha realizado sólo vuelos de observación. En lo sucesivo, si en caso no se llega a una normalidad completa, aquella tiene la orden de bombardear las masas indígenas agitadas”.     
    Este aviso, comunicado, información de guerra civil no declarada, o como se quiera llamar, publicado en cuadro, en lugar destacado de la página preferencial de “La Razón” de La Paz, del domingo 9 de Febrero de 1947, puesto a la mirada de la opinión pública extranjera, sencillamente, cubre con un mano de oprobio a la República, al ministro que emite tal comunicado y, también, a quienes, formando parte de la opinión pública nacional, por obra de su silenciosa y humillante complicidad, se hacen reos de uno de los mayores crímenes modernos que se hayan consumado contra el respeto, la seguridad y el porvenir somático y espiritual de la Nación en la persona desventurada del indio.
    Cabría preguntar, desde luego, si es misión propia del Ejército y de la Aviación el intervenir “directamente en la represión de los atentados realizados por los indígenas”, no importando saber si los indios claman por el imperio de la justicia y del derecho humano, para apuntarse a su favor el miserable poroto de haber impuesto una paz de Varsovia sobre las zonas indigenales sublevadas del país.
    Si, malogrado nuestro deseo de otorgárseles un trato legalista, se ha dado orden de utilizar las fuerzas terrestres y aviacionales de la Nación, lanzándolas como en pie de guerra, contra los indios sublevados, eso querría decir que se ha llegado al colmo de la barbarie técnica y mecánica distintiva de la Edad Moderna, con brutal atropello de toda norma de derecho social y político, al responderse con lluvia de balas y de bombas aviacionales a los justos y naturales reclamos de nuestros campesinos, de los únicos trabajadores seculares del campo, cual lo son realmente los indios. En último término, pasándose por encima de todo justo principio de justa civilización y de cristianismo, se habría dado orden de masacrar sin miramiento alguno a los indios, a los pobres indios así ignorantes e indefensos como son.

    2.- Movidos del ansia de inquisición, para formar plena conciencia del hecho que se denuncia, intentemos asomar el semblante solo por el umbral de esta inmensa tragedia de que es víctima y protagonista prometeico el indio

    ¿Forman acaso los indios un ejército enemigo, invasor de la nacionalidad, para aprestarnos a tratarlos a fuerza de ametralladoras, de cañones y de bombas aviacionales? ¿Es un ejército equipado con los modernos armamentos de las naciones en lucha, como en la segunda guerra mundial por la libertad del hombre, para ponerles al frente a los cuerpos de carabineros y a las unidades del Ejército?
    Yo no diré, cándidamente, que sólo los indios tengan la razón exclusiva de su parte, ni que solamente los blancos estén con la pura razón, pues, como decía el otro, la razón ha de andar probablemente dividida por partes; pero, entiendo, si los indios se sublevan, aún con peligro de rifar la vida en manos de los blancos, deben tener seguramente alguna causa de fondo a qué atenerse, siquiera con la apariencia de las razones que se pueden alegar en pro del conjunto: averiguar el fondo de esta razón, siquiera sea aparente, es el primer imperativo de los hombres de Gobierno; y si de esa averiguación seria e imparcial se desprende que asiste al indio la razón, no hay más remedio que dársela, y si no, entonces, no queda sino el deber de reprimirlo, pero no mediante la fuerza, sino, primero, mediante la lay, que es la que indica precisamente, cuándo se puede matar al hombre en servicio de la justicia, y cuándo no se puede eliminar al ser humano sin juzgársele previamente, sin mostrarle el Código, instrumento supremo de toda autoridad no sólo social, sino también legal y moral.
    Según el modo especial de pensar de algunos blancos ilustres, el indio no tiene ningún motivo aparente o real para sublevarse contra los malos patrones y hacendados, ni para reclamar el mejor derecho a una vida mejor dentro de la civilización que alcanzamos, siquiera por vivirse en un mundo ancho y redondo en que hasta los perros de la calle se han declarado demócratas a machaca martillo; en cambio, los blancos, tienen “carta blanca”, poseen omnímodas facultades para ir al alzamiento no sólo cuantas veces les dicte su real gana, sino también para hacer de la huelga el sistema de vida fácil, y de los motines y “revoluciones libertarias” el modo de escalar el poder público. ¿No es así?

    3.- Si no hay derecho para oprimir a ningún ser humano, menos puede haber derecho para masacrar indios bajo el pendón augusto de la libertad y de la democracia siniestra de los Gamonales…

    ¿Qué a los indios no les reconoce derecho alguno para sublevarse, aunque giman bajo el yugo ominoso de la injusticia? Bueno. Pero, en respuesta encuadrada a la equidad, tampoco habrá que reconocer derecho alguno a ametrallarlos, aún cuando se subleven cien veces. ¿Qué hay algunos agitadores que andan metidos entre ellos, moviéndolos a la desobediencia civil? Bueno. Pero, atenta su condición de bolivianos natos, eso tampoco autoriza a largarles las bombas aviacionales. Porque, ¿estamos en la civilización o no estamos, malgrado la careta de democracia? ¿La libertad que alcanza a los blancos, no ha de alcanzar a los indios? ¿La democracia ha de ser buena sólo para qué: para exterminar a los indios y la ley sólo ha de servir para despojarles de sus tierras, basadas en un derecho purísimo de una posesión inmemorial?
    Pero no: El indio es un ser humano, lleva un alma humana como nosotros, y está llamado a un destino eterno, igual que lo estamos nosotros: por lo menos urge tratarlos como a un ser vivo, dentro de la zona de la más perfecta nacionalidad; y para tratarlo como a tal, como a ente legal, jurídico y moral, ahí están más que de sobra las leyes sabias y previsoras de la República.
    Sí, urge repetirlo: Los indios son seres humanos, como nosotros, igual que nosotros; y, por tanto tienen pleno derecho a ser oídos en sus reclamos y en sus ansias de reivindicación: meterles bala por toda respuesta ni es de humanos ni de civilizados. He ahí por qué el hecho de masacrar indios a troche y moche causa sentimientos de indignación y vergüenza a cualquier varón bien centrado de nuestro siglo, por muy poco amigo que fuere de los llamados nativos; según la gastada terminología de los países colonialistas…  He ahí por qué, con respecto a las sublevaciones indigenales, tan frecuentes en nuestra patria, precisa pensar con lo más elemental que hay entre los sólidos principios filosóficos, partiendo desde el griego de Aristóteles hasta el ángel de las escuelas Tomás de Aquino. No hay efecto sin causa. Luego existe una causa, más o menos recóndita, o siquiera más o menos, aparentemente legal, que mueve al alzamiento de los indios, y esta causa perenne de inquietud y de zozobra sociales, es siempre el despojo, la violencia y la injusticia, en una palabra, con que han sido tratados los indios por el gamonalismo de nuevo cuño, tras la desaparición de los antiguos encomenderos de la Colonia…        
      Averiguar esta causa, constatar su  gravedad cierta para el porvenir promisorio del país; y no sólo lamentar su evidencia, sin buscarle el remedio necesario, mediante la acción pronta  eficaz de la justicia, sabiamente administrada, es obra en que puede verse el tacto, la sagacidad, la previsión, la buena voluntad e inteligencia del hombre de Gobierno, que lo sea propiamente tal; pero no, nunca puede significar el imperio de la justicia social, aún entre los indios, el someterlos a la obediencia y la servidumbre por medio de las balas, cerrando los ojos a la averiguación misma, del posible origen de los alzamientos, por mucho que, según dicen algunos, sea evidente el hecho de que, no siendo el indio capaz de discernir, de discurrir, por sí solo, si tiene o no derecho al dominio de la tierra, es menester colegir que andan entre ellos algunos agitadores políticos, los cuales se encargan de recordárselos, de ponderárselos con todos los matices de su ancestralía autóctona. Pero, ni aún así, hay derecho para tratarlos como a ejército enemigo. A este paso poco faltaría, poco faltará, para declarar y practicar solemnemente la máxima pagana: “Los inocentes pagarán por los culpables”.
    Durante la última revolución, contra Villarrroel, alguien impartió reiteradamente, en los cuarteles, la consigna de no disparar contra el pueblo; aunque el pueblo dispare contra el Ejército, y contra las autoridades constituidas: dada la idiosincrasia general, estoy harto seguro que nadie dará la orden de no disparar contra los indios, sino que, es posible, se insinuará acabar con los indios. ¿Y por qué? Porque los indios han cometido crímenes contra los blancos: han matado de modo cruel, a pedradas, o a golpes de palo, a un hombre que, para más señal, era un ex coronel del Ejército… Pero los blancos ¿no cometen también crímenes execrables? A la verdad, yo no sé qué cosa sea peor, tratándose de la consumación de crímenes: o que los indios maten a pedradas a un hombre, o que los blancos maten al Presidente de la República y lo cuelguen vergonzosamente en un farol
    Sin embargo, según el criterio “sui géneris” de los blancos, que se creen falsamente por civilizados, lo primero denota inaudita crueldad; y lo segundo importa acto de egoísmo estupendo, que puede servir de ejemplo para muchos de los estúpidos del mundo de hoy… Cabe repetir, desahogando al alma, con la justa indignación y profunda vergüenza con que, sin duda, exclamó Horacio: “O témpora, o mores”.      
                            La Paz, 12 de Febrero de 1947