P. V. C. La SI 47 07 12
Índice del Artículo
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Milagros de nuestra justicia criolla La SI 19/07/47 p. 7
Imperativo de la crítica histórica sobre el Incaismo Los extremos de la Historia, relativamente al Imperio Incaico La SI 16/08/47 p. 6-7
El indio, punto de convergencia de la atención mundial La SI 30/08/47 p. 8-9
El indio y los instrumentos de una paz perdurable La SI 20/09/47 p. 8
¿Se puede hablar de la existencia de clases directoras en Bolivia? La SI 25/11/47 p. 7
La inescrupulosidad  individual de la política La SI 01/11/47 p. 6
La política del Estado de Sitio La SI 27/12/47 p. 6-7
Milagros de nuestra justicia criolla
Pastor Valencia Cabrera
19/07/47 p. 7


    La justicia del día, que es nuestra justicia criolla, regida por la burguesía mediocre de la abogacía y del tinterillaje, ha demostrado, en más de un centenar de veces, y por cierto con escaso honor parta la República, que no sabe todavía administrar justicia al pueblo, y que menos aún sabe salir en defensa del pueblo indígena, a pesar de formar el 95 por ciento de la población boliviana. Últimamente, por ejemplo, hace unos días apenas, ha negado en tristemente famoso recurso del “Habeas Corpus” a cinco indígenas que se hallan encarcelados por el macabro delito de sedición, como si los tales fuesen realmente los únicos sediciosos que pudiera  conocer el ojo miope de nuestra pobre justicia criolla.
    La verdad fundamental de estas abominaciones del sentido de verdadera justicia en nuestra sociedad, es que los sediciosos pertenecen a la raza indígena; como suele decirse, son indios acostumbrados a sublevarse contra las autoridades constituidas; y claro está, la justicia criolla de nuestros tribunales, llamados verdaderamente “ordinarios”, de brazo con el gamonalismo imperante, tiene, necesariamente, que “sentarles la mano” para ejemplo sangrante y escarmiento perenne de todos, no excluidos los blancos, para que también tengan éstos un espejo en qué mirarse en casos de un delito de sedición contra el orden legal y constitucional del país…
    No embargante las excelencias del omni-progreso social  de que nos jactamos, abundan gentes que creen todavía en la “suprema ratio” de la fuerza, en la virtud de la violencia democrática ejercida contra un resto considerable del agregado nacional, cuando insinúan que el respeto a las leyes hay que hacerlo entrar con sangre así en el alma como en el cuerpo del desgraciado indígena: Ni más ni menos como si estuviéramos aún en esos tiempos llenos de crueldad, en esos períodos trágicos y sombríos del satrapismo oriental, cuando, entonces, bajo cualquier pretexto de punición pública, todo le era permitido a la autoridad, o a quienes simulaban estar revestidos de ella… Y así, según se refiere por la barbarie de las edades pretéritas, no excluidos ni los egipcios de Ramsés ni en épocas más modernas, los griegos de Bizancio, al que había pegado al alguien le rompían los brazos y al que había robado algo le amputaban las manos, y al que había huido de la casa le quemaban los pies; y al que tenía la costumbre de hablar mucho le cortaban la lengua, y al que se destacaba por su hermosura, le cortaban la nariz; y al que resultaba demasiado mirón le sacaban los dos ojos, toda vez que por misericordia no le dejaban sino un ojo…¡Cuando incluso se mutilaba a los niños para que fuesen más sensibles!
    Por lo visto la obra de la educación del individuo y de las masas no rezaba para nada, ni servía para la maldita cosa, cual se dice al presente; ayer fue como hoy, y hoy tal vez será como siempre, dada la tendencia humana del abuso para con el débil… ¡La aparatosa licitud de las cosas surgiendo de la tremenda ilicitud de las mismas!
    Hay razón de sobra para renegar de nuestra justicia burguesa, que es en sí,  como resalta a las claras, una justicia corrompida, porque si bien es verdad, tanto judicial como policialmente hablando, hay castigo para los pequeños ladrones, que no escasean en nuestra sociedad, en cambio, no la hay ninguna, por ejemplo, para los grandes estafadores del Estado, que tampoco dejan de haberlos pocos o muchos. Estos, por lo general, no conocen la isla de Coati, porque dicho penal destínase solo para recibir a los que llegan a robar cosas de poca monta: estos que roban poco forman la casta delos llamados rateros avezados; en tanto que los estafadores al Fisco jamás se verán prontuariados  como rateros vulgares, dado que la condición de vulgaridad asignado a los robadores no está en la consideración de la materia que roban, constituyendo eso que los juristas llaman cuerpo del delito, sino más bien, en la consideración del plano social que ocupan los aficionados de lo ajeno; siendo natural, por consiguiente, que a los cacos de la calle se los llame vulgares, y, a los otros, a los robadores de mucha monta, se los tenga por personajes de alto vuelo.., financístico, se entiende.
    Y así tenemos que la posibilidad, o la imposibilidad de aplicar la sanción legal, que ni por asomo decimos moral, se halla en razón directa con la magnitud del robo cometido; si éste es pequeño las leyes castigarán rigurosamente, con castigo de condigno, como se merece el reo;