La SI 40 08 31
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La Conferencia en pijama (5)


 

5. EE.UU. quiere de todos, bases navales en América Hispana.
            El Contrato de cesión, o de arriendo por 99 años, es el engranaje. El fin que se busca, inmediato –los fines inmediatos los dejo a la imaginación del lector después que haya conocido las tragaderas de los tiburones wallstreetianos- es alcanzar tener en esos países nuestros, bases navales y aéreas. Removamos este problema, aunque con la brevedad del que ya hace diez meses explicaba el asunto y resultaba cierto cuanto en él se había supuesto.
           
            a) El establecimiento de estas bases militares busca –como toda base militar permanente a través de la historia- el afianzamiento del dominio económico en el hinterland de la base misma. Así el dominio cartaginés en el Mediterráneo occidental, el imperio romano en el antiguo mundo, el imperio español del XV1, el imperio británico del XV111 y el X1X. Así también en el primer período del Monroísmo, cuando los buques norteamericanos, empapados de democracia, agarraban a tiro limpio cuanto podían en Panamá, en Cuba, en Puerto Rico, en Nicaragua, en México, en donde fuese, ya bajo la bandera flameante del filibusterismo del viejo Roosevelt, ya a la sombra del beatífico mundialismo del taciturno Wilson, el hombre de las dos fases.
            Este primer período tenía por objeto los pueblos que rodean el mar Caribe, que el mapa oficioso de Casa Blanca pintaba con los colores de los protectorados. Tras él debía venir el segundo período, representativo de una misma invasión democrático-armada sobre Sud América, comenzando por los pueblos de la antigua Gran Colombia
            Este segundo período vinieron a interceptarlo dos hechos de gran volumen, además de otros menos visibles.
            El primero fue la falsa apariencia de prosperidad que decían los norteamericanos que les supuraba por todos los poros desde 1920, en la primera década después de la primera guerra mundial. Estaba a la vista que llevaban en sus entrañas la crisis más terriblemente peligrosa que se haya visto jamás. No atinaban a ver lo que estaba delante de sus ojos. Se fijaban en los que trabajaban y sus sanotes colores. No se fijaban en los inmensos rebaños que no trabajaban, por causas en estas columnas explicadas quince años atrás, en los mismos instantes de la gestación gigantesca de la catástrofe de 1929. de presidente a último gerente, todos se creían en el paraíso de los predestinados. Y en los mismos instantes en que el diablo de la crisis agitaba irónicamente su cola roja ante su misma faz, ellos se desgañitaban contando al mundo las excelencias magníficas de una situación extraordinariamente buena.
            Esta falsa apariencia de prosperidad les hizo casi olvidar la segunda razzia monroísta. Tenían una gran parte del oro del mundo. Como los niños de los cuentos, creían que esto era para ellos un áncora que les libraba para siempre del naufragio. Habían llegado a la meta. Y era necesario el terremoto de 1929, hundiéndose bajo sus pies el terreno que creían más firme para que se restregasen los ojos las telarañas y confesasen que todo era lo contrario de lo que habían creído.
            El segundo hecho está representado por el triunfo de la primera candidatura Roosevelt, y, más que esto, por el triunfo de Roosevelt moderno sobre el programa mismo que lo había llevado a la victoria. Franklin Roosevelt tenía sus ideas durante la primera presidencia, especialmente los primeros dos años. y andaba tan imbuido de buenos propósitos sociales, y veía tan claro que en la oligarquía de la Wall Street estaba la raíz del mal, que lo creía todo solucionable, si no fácilmente, al menos con constancia y con objetividad.
            No resultaba así. Conocemos este aspecto de la tragedia rooseveltiana, que hay que recordar constantemente para que se vea claro la realidad del enorme problema sin solución  representado por la desocupación de obreros y de capitales.
            Pero de ahí resultaba el doble hecho. Por un lado, ataques continuados a la Wall Street y a su política de conquista desenfadada. Por otro lado, la búsqueda de nuevos remedios en América puestos que los usados en el interior no habían dado resultado.
            Durante el primer período, era lógico que los tiburones de Nueva York y Chicago desesperasen de sus manías monroístas sobre Sud América. Por un lado, y para unos, la falsa