9.0. Es un derecho y un deber - Página 1
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            9.1. "Hay que considerar ahora que la ley natural, y la luz de la conciencia moral en nosotros, no prescriben solamente hacer o no hacer ciertas cosas; reconocen asimismo derechos, en particular derechos vinculados a la misma naturaleza del hombre. La persona humana tiene derechos por el hecho de ser una persona, un todo dueño de sí y de sus actos, y que por consiguiente no es sólo un medio, sino un fin; un fin que debe ser tratado como tal. La dignidad de la persona humana: esta frase no quiere decir nada si no significa por la ley natural la persona tiene el derecho de ser respetada y, sujeto de derecho, posee derechos.

            Cosas hay que son debidas al hombre por el solo hecho de ser hombre. La noción de derecho y la noción de obligación moral son correlativas; ambas descansan sobre la libertad propia de los agentes espirituales; si el hombre está obligado moralmente a las cosas necesarias para la realización de su destino, es porque tiene el derecho de realizar su destino; y si tiene el derecho de realizar su destino, tiene derecho a las cosas necesarias para ello. La noción de derecho es aún más profunda que la de obligación moral, porque Dios tiene un derecho soberano sobre las criaturas y no tiene obligación moral hacia ellas (aunque se debe a sí mismo el darlos, lo que es requerido por la naturaleza de aquellas).

            La verdadera filosofía de los derechos de la persona humana descansa, pues, sobre la idea de la ley natural. La misma ley natural que nos prescribe nuestros deberes más fundamentales, y en virtud de la cual obliga toda ley, es también la que nos asigna nuestros derechos fundamentales. Porque estamos empeñados en el orden universal, en las leyes y regulaciones del cosmos y de la inmensa familia de las naturalezas creadas (y en definitiva en el orden de la sabiduría creadora), y porque al mismo tiempo tenemos el privilegio de ser espíritus, poseemos derechos frente a los otros hombres y a todo el conjunto de las criaturas. En último análisis, como toda criatura no obra sino en virtud de su Principio, que es el Acto Puro; como toda autoridad digna de ese nombre, es decir, justa, no obliga en conciencia sino en virtud del Principio de los seres, que es la Sabiduría pura, de igual modo todo derecho poseído por el hombre no es poseído sino en virtud del derecho poseído por Dios, que es la Justicia pura, de ver respetado, obedecido y amado con toda comprensión el orden de su sabiduría en los seres.

            Otra filosofía, totalmente contraria, ha intentado fundar los derechos de la persona humana sobre la pretensión de que el hombre no está sometido a ninguna ley más que a la de su voluntad y su libertad, y que no debe "obedecer más que a sí mismo", como decía Juan Jacobo Rousseau, porque toda medida o regulación que proviniese del mundo de la naturaleza (y en definitiva de la sabiduría creadora), haría perecer a la vez su autonomía y su dignidad.

            Esta filosofía no ha fundado los derechos de la persona humana, porque nada se funda sobre la ilusión: ha comprometido y disipado esos derechos, porque ha llevado a los hombres a concebirlos como derechos propiamente divinos, y en consecuencia infinitos, que escapan a toda medida objetiva, que rechazan toda limitación impuestas a las reivindicaciones del yo, y expresan en definitiva la independencia absoluta del sujeto humano y un sedicente derecho absoluto, anejo a cuanto hay en él, por el solo hecho de estar en él, de levantarse contra todo el resto de los seres.        

            Cuando los hombres educados de este modo chocaron por todas partes con el imposible, creyeron en la quiebra de los derechos de la persona humana. Unos se volvieron contra esos derechos con furor esclavista; otros continuaron invocándolos, pero sufriendo con respecto a ello, en lo íntimo de su conciencia, una tentación de escepticismo, que es uno de los síntomas más alarmantes de la actual crisis. Para restablecer en una filosofía verdadera nuestra fe en la dignidad del hombre y en sus derechos, y para reencontrar las fuentes auténticas de esa fe, nos es exigida una especie de revolución intelectual y moral.

            La conciencia de la dignidad de la persona y los derechos de la persona permaneció implícita en la antiguedad pagana, sobre la cual extendió su sombra la ley de la esclavitud. El mensaje evangélico despertó, de súbito, esa conciencia, bajo una forma divina y trascendente, al revelar a los hombres que son llamados a ser hijos y herederos de Dios, en el reino de Dios, Bajo el impulso evangélico, ese mismo despertar debía expandirse poco a poco, en lo que concierne a las exigencias del derecho natural, al dominio de la vida del hombre acá abajo, y a la ciudad terrestre."

(Maritain, Jacques, Los derechos del hombre y la ley natural, Biblioteca Nueva, Colección Orfeo, Buenos Aires, 1956 (1a.ed 1943), p.75-78)

            9.2. "Por lo demás, es obvio que el concepto de derecho es analógico. Es decir, que el mismo nombre se aplica para significar cosas diversas, que en parte convienen y en parte difieren. Por eso, la palabra derecho se dice de las leyes, del sujeto y de las cosas pertenecientes al sujeto. Sin embargo, propiamente hablando, derecho evoca inmediatamente en nosotros la idea de una relación de dominio o poder moral de la persona sobre las cosas u objetos que denominativamente se dicen suyos. A esta relación en el sujeto corresponde la ordenación correlativa en el objeto al sujeto. En consecuencia, el derecho y las obligaciones o deberes son términos correlativos. Por el hecho de estar una cosa destinada por la naturaleza  a una persona, las demás quedan obligadas al reconocimiento y respeto de esa destinación."

(Blázquez, Niceto, Los derechos del hombre, BAC Popular, Madrid, 1980 p.97)