12.0. No es una modificación sustancial, sino accidental, del hombre

12.1. "El vocablo substancia significa "el estar debajo de" y "lo que está debajo de". Se supone que la substancia está debajo de cualidades o accidentes, sirviéndoles de soporte, de modo que las cualidades o accidentes pueden cambiar en tanto que la substancia permanece  -un cambio de cualidades o accidentes no equivale necesariamente a que la substancia pase a ser otra, mientras que un cambio de substancia es un cambio a otra substancia..."

(Ferrater Mora, José, Diccionario de Filosofía Abreviado, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1970 p.394)

            12.2. Substancia, etimológicamente, es "lo que está debajo" o lo permanente bajo los fenómenos. Sin embargo, lo característico de la substancia no es su relación a los accidentes, sino la subsistencia propia. Substancia es lo que tiene su ser , no en otro, sino en sí. Así como lleva en sí el ser, la substancia lleva también en sí su sentido y valor, pudiendo por eso, en oposición a los accidentes, definirse sin recurrir a un sujeto. La subsistencia de la substancia, en virtud de la cual esta existe en sí misma, no excluye que deba el ser al influjo de una causa eficiente..."

(Brugger, Walter, Diccionario de Filosofía, Ed. Herder, Barcelona, 1978 p. 492)

    12.3.            "La educación, modificación accidental del hombre. Al decir que la educación es perfeccionamiento voluntario de las facultades específicamente humanas, se afirma que la educación es algo que incide , que entra en el hombre. Por consiguiente, hemos de reconocer, en primer lugar, que el hombre es anterior a la educación; el hombre subsiste, tenga o no educación, mientras que la educación necesita del hombre para tener alguna realidad. Por otra parte, la educación, en cuanto perfeccionamiento, implica una modificación del hombre. Ahora bien, ¿es la educación una modificación sustancial del ser humano?

            Contra posibles sobre-valoraciones de la educación, nos basta una simple experiencia referida a nosotros mismos y que también se nos muestra en la conversación corriente. En efecto, sabemos que, aun cuando se haya realizado en nosotros el proceso educativo, seguimos siendo sustancialmente los mismos. Un chico, al nacer, no tiene educación; durante los primeros años de su vida, difícilmente se puede hablar de educación, y, sin embargo, ese niño pequeñito, más o menos guapo o llorón, tiene el mismo nombre y apellido que a los cincuenta años, cuando quizás ha llegado a ocupar un puesto destacado en la sociedad en virtud de una educación esmerada. Eso quiere decir que la educación no ha hecho de él otra persona. Sigue siendo el mismo, aun cuando la educación haya producido algunas diferencias en su vida.

            Otro tanto acontece si nos miramos a nosotros mismos. Reconocemos en nosotros influjos educativos a lo largo de nuestra vida y nos rconocemos los mismos esencialmente, a pesar de estos influjos recibidos. ¿Qué quiere decir?, ¿que nos enseña esta experiencia? Que la educación no es una modificación sustancial del hombre, sino que es una modificación accidental. Por consiguiente, el ser de la educación, diríamos, es un ser que vive en precario. No es un ser sustancial; no es una sustancia; no es algo que existe él por sí y en sí mismo, sino que se halla en el mundo de los accidentes".

            La educación en cuanto acción, pasión y cualidad. Ya que hemos mentado esta categoría aristotélica, si pretendiéramos dar un paso más  y ver qué clase de accidente es la educación, nos encontramos que en cuanto perfecciona al hombre, produce un cambio en él, determina un movimiento intrínseco, que acaba en la producción de una realidad nueva; la educación, por tanto, está situada en el accidente acción. La educación es una acción.

            Las acciones pueden ser transeuntes o inmanentes. Yo me pongo a escribir sobre la mesa de mi trabajo, y al cabo de una hora o dos horas han quedado emborronadas unas cuantas cuartillas; he realizado una acción transeunte, porque el efecto de esta acción ha salido de mí, ha ido desde mí, que soy el que escribe, hasta el papel en el cual queda lo escrito. Pero hay acciones que no son transeuntes, sino que son inmanentes. Si cualquiera, en uno de esos buenos momentos que todos necesitamos, se para a reflexionar sobre la maravilla del mundo o sobre la vaciedad de muchas alegrías, hace algo: pone en movimiento su capacidad de reflexión. Más el resultado de esta acción, el convencimiento de que el mundo es maravilloso o de que la vida no vale la pena de ser tomada en serio, esto, que es el resultado de una acción reflexiva, queda dentro del que reflexionó. No ha salido del sujeto: es una acción inmanente.

            Para hablar con más precisión, se dice que acción, en el sentido estricto, vale tanto como actividad transeunte. Cuando nos referimos a la actividad inmanente, entonces es mejor hablar de operación. La educación es una operación que produce una buena cualidad en el sujeto en el que se realiza el proceso educativo.

            Termina la educación en una nueva cualidad, y esta nueva cualidad permanece en el sujeto educando. Más el nombre de educación se da no solo al proceso perfectivo, sino también al resultado del proceso, es decir, a la perfección adquirida; de donde podemos inferir que la educación se halla también en la categoría aristotélica de la pasión, ya que es algo recibido por el sujeto.

            Pero si la educación en cuanto resultado de un proceso se considera como algo adquirido por el sujeto y este algo no es nada físico, sino más bien una nueva forma accidental, habremos de inferir que la educación se inscribe también dentro de la categoría de cualidad.

            Recapitulando, diríamos que la educación es una acción, una pasión y una cualidad".

(García Hoz, Victor, Cuestiones de Filosofía Individual y Social de la Educación, Ed. Rialp, Madrid, 1962, p.13-16)