10.0. Es una ciencia indispensable en la formación del educador profesional, pero... - Página 1
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Es una ciencia indispensable en la formación del educador profesional, pero no suficiente para la formación cabal del mismo

            10.1. "¿Cuál es el camino hacia la función educativa?

            Veamos cuál no es este camino. No se llegará a educador por el estudio de la pedagogía ni aún en buenos libros; aún menos por exposiciones sobre psicología infantil. Tampoco llegará a ser un buen educador quien se limita a la práctica pedagógica; he conocido a muchos con largos de ella sin que en absoluto llegasen a ser pedagogos. Llegará a educador quien ejercite su propia educación y experimente en sí mismo el sentido del ennoblecimiento, de la humanidad completa."

(Spranger, Eduardo, Cultura y Educación, Parte Temática **, Espasa-Calpe, Colección Austral, Buenos Aires, 1948 p.81; ver p.79-94)

            10.2. "Pero no hay duda que también existe algo así como la genialidad pedagógica. Ella es más que inclinación, o que talento; ella importa un sentirse impelido hacia la formación de hombres; y este impulso puede llenar un alma circunstancialmente con tal plenitud, que se convierte -para hablar con Fichte- en la vida de su vida.

             Estos fenómenos, por cierto, son raros. En la formación del maestro se los presenta como ejemplos, para que algo de su espíritu se proyecte sobre los discípulos. En todo caso es esto mejor que el mero acentuar la ciencia de la educación, contra la cual nada puede objetarse, siempre que no se pretenda que haga "milagros" sin el "espíritu".      

(Spranger, Eduardo, El educador nato, Ed. Kapelusz, Buenos Aires, 1960 p.11)

            10.3. "Creo inútil repetir aquí las críticas que tantas veces se han hecho del sistema del examen (como medio de selección para la carrera del magisterio). Pero cuando es pequeño el número de los candidatos, la rectitud, la experiencia y la perspicacia de los jueces permiten reducir al mínimo los inconvenientes del examen, hasta el punto de que se le puede considerar, en tales casos, como un buen medio para juzgar, aunque no es menos cierto que no constituye una medida pedagógica. Al fin y al cabo, se trata de elegir educadores, y de ninguna manera de elegir a sabios o a quienes saben más o menos gramática o más o menos geografía, ya que, aunque resulte excesivamente trivial repetirlo, se pueden poseer muchos conocimientos de gramática o de geografía y no tener condiciones de educador. Y tampoco se puede considerar educador a quien sabe más o menos pedagogía general, pedagogía especial, psicología del niño o legislación sobre menores. Elegir a un educador significa elegir a quien tenga aptitudes para obrar, aptitudes para ejercer cierta especie de actividad, nutrida sin duda por un saber, pero que sigue siendo el fin ultimo de la educación.

            Esta es la razón por la cual parece que debería ser el savoir faire el factor preponderante de la selección"

(Cousinet, Roger, La formación del educador, Ed. Luis Miracle, Barcelona, 1969 p.61-62)

            10.4. "Aunque la educación académica del maestro en cierne se hubiese llevado a cabo, no sólo en los campos del saber, sino también en la educación profesional que enseña cuáles son las finalidades de la escuela y los procedimientos apropiados para alcanzarlas, no por eso su educación está completa. De hecho, una tercera fase en la educación del maestro permanece en silencio, la fase que no está comprendida necesariamente ni en la educación académica ni en la profesional. No obstante, esta tercera fase es, a todas luces, la más importante de las tres. En vano se ha buscado una palabra apropiada para roturarla; pero esto no disminuye la realidad impresionante con que se presenta en toda experiencia del maestro estudiante. Comúnmente se habla de esta característica al referirse a la personalidad del maestro. La acepción de la palabra "personalidad" implica todo ese cúmulo de rasgos, tanto físico como mentales, que diferencian una persona de otra. La personalidad del maestro incluye, por lo mismo, su aprendizaje académico y su habilidad profesional; pero avanza mucho más lejos. Muy pronto el estudiante aprende esto; por eso, al recomendar ciertos cursos de estudio a los compañeros, con cierto énfasis añade: "El profesor es el que hace el curso."

(Cunningham, William, Filosofía de la Educación, Ed. El Ateneo, Buenos Aires, 1955 p.470; ver p.456-473; ver tb. Brezinka, Wolfgang, La educación en una sociedad en crisis, Narcea S.A. De Ediciones, Madrid, 1990 p.173)

            10.5. "Constituye un racionalismo ingenuo eso de creer que, sólo con obligar a asistir a Institutos de Ciencias de la Educación, en las condiciones impersonales de estudio que se dan en unos centros masificados y moralmente estériles, y pasando un mero examen de Pedagogía, podrían ponerse ya las bases suficientes para conferir a los maestros la habilidad profesional. Poco importa el solo hecho de la cantidad de lecciones que se quieran dedicar a la Ciencia de la Educación. Lo decisivo es el contenido que se dé a esas lecciones, y el cuidar de que la teoría dirigida sobre todo a la inteligencia sea completada con otros medios capaces de influir en el núcleo axiológico de la persona, en su sentimiento, en sus actitudes morales y en su conciencia.