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La Conferencia en pijama  (11)

15. “Este gallo que no canta… (continuación y terminación)

            Y sucede luego lo extraordinario. Vieneun instante en que Mr. Roosevelt y Mr. Hull se apartan de esta política de Buen Vecino y presionan a nuestros pueblos. Un instante en que se habla de “forzar brutalmente” a las repúblicas americanas para que entreguen su economía y bases militares a Estados Unidos. y cuando los espíritus lógicos suponían que arreciaría en estos instantes la política izquierdista de ataque al Imperialismo, cambia la decoración. Y los partidos extremistas indoamericanos se arrodillan piadosamente y contritamente ante las exigencias imperialistas.
            Ante este hecho absurdo, no ha faltado quien ha recordado un dístico español cuyo primer verso sirve de título a este párrafo; cuyo segundo verso prefiero quede fuera de estas columnas. Más no creemos que esa contradicción obedezca a los motivos sucios que ese adagio indica, sino, más bien, a paralogización mental de los dirigentes izquierdistas americanos, cuya incapacidad directriz está a la vista, incapaces –teniendo en la mano la fuerza y el número- de una estrategia que llevase a América hacia el ideal por ellos perseguido, sea cual sea.
            Sin embargo, hay que dejar sobre la mesa de la crítica ese raro hecho de la actual adhesión de las Izquierdas americanas al Imperialismo norteamericano. Y los entendidos nos dirán si obedece esa contradicción frapante a extremada pobreza mental o a posible vaciedad estratégica, o a aquellos otros motivos latentes en el adagio español cuya mitad primera hemos puesto a guisa de título.

16. Los esclavos condicionales
           
            Durante la preparación de la Conferencia de La Habana, los gobernantes norteamericanos iniciaron la prédica de una tesis extraordinaria, que parecía más una pequeña broma que algo serio. Era ésta: América puede aceptar que unos pueblos mediaticen la independencia de las repúblicas latinas y pongan el pie en su territorio, pero no pueden permitir que otros pueblos realicen esa conquista. Así Mr. Roosevelt ha, no solo admitido, sino apoyado con todas sus fuerzas la permanencia del Imperialismo británico y francés en América –en el doble sentido de colonias y de dinero colocado- y ha perseguido con saña exactamente lo mismo respecto de Alemania, Italia y Japón.
            Esta tesis está fuera de todo americanismo leal. Si un hecho determinado va a favor o en contra de América, no importa en absoluto quien lo realice. La objetividad no cambia porque cambia el sujeto. La independencia de las Repúblicas americanas no puede sujetarse a condicionantes, y menos perderse, solo defendida si el conquistador es éste o aquél. Es independencia -la nacional- incondicionada, limpia, sin excepciones, independiente de ideas y de opiniones.
            Estas últimas palabras van al fondo del problema. Es absolutamente absurda la tesis rooseveltiana de que un país deba defender su independencia contra un presunto conquistador de ideas absolutistas, mientras que deba aceptar la dependencia y la esclavitud de una potencia democrática. Tesis rara y sin substancia, que ningún pueblo del mundo sería capaz de aceptar: el régimen interior nada tiene que ver con el derecho a la independencia.
            Cierto que las consecuencias de una imposible aceptación serían muy cómodas para Estados Unidos. Demasiado cómodas. En este caso, América debería rechazar con todas sus fuerzas el capital alemán, pero aceptar de rodillas el capital norteamericano. Debería rechazar el coloniaje germánico, pero aceptar gustosamente el coloniaje norteamericano. Debería renunciar a la independencia, si es Norte América el país que quiere conquistarnos. Y que quiere hacerlo, nos lo dice el mismo Mr. Hull cuando afirma que el acaparamiento económico y el tener colonias por parte de Alemania representaría pérdida de independencia, y añade que Estados Unidos quieren decididamente penetrar económicamente en América y tener bases coloniales en los demás países americanos.