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La Conferencia en pijama  (12)


17. Una dificultad insuperable

            Se comprenden los efectos. Con ellos se topaba el Presidente que sucedía a Hoover, Mr. Rooisevelt. El peor de todos, el número de desocupados, que, entre los totales, (más de 16 millones) y la parcial (más de 9 millones) eran el nervio de la crisis más fantásticamente gigantesca que se había visto jamás
            El entonces nuevo Presidente comenzaba por contradecirse flagrantemente a este respecto. Comenzó por afirmar que la política de altos aranceles no llevaba a ninguna parte buena. Pero se cuidó mucho de no rebajar los aranceles. Celebraba, en el transcurso de los años, numerosos Tratados Comerciales  bilaterales con estas Repúblicas americanas. Se vendía un poco más. Eran simples arañazos sobre una llaga pútrida que necesitaba bisturí y serrucho.
            Todos los esfuerzos de la Administración Roosevelt no lograban dar trabajo lógico a más de un tercio de los desocupados, como unos 7 millones. Ocupaba a otros cuatro o cinco millones en faenas innecesarias. Quedaban unos once millones condenados a paro absoluto.
            Era entonces cuando, entrando en la política armamentista por pura razón de desocupación, maquinaba dar trabajo a sus desocupados pagándolos las Repúblicas americanas. Cierto que Gran Bretaña hacía trabajar a más de un millón de norteamericanos.  Pero era necesario lograr trabajo, necesario o superfluo, de la Repúblicas americanas. Y el plan era elaborado, con una ineficacia que ponía espanto en los inconscientes personajes que lo habían estructurado. Helo aquí: con la guerra, Estados Unidos había de vender a América todo lo que le vendía Alemania, Francia y demás países europeos en panne. Creando el fantasma del “peligro alemán”, los países americanos se armarían trabajando Estados Unidos para confeccionar ese armamento. Se hicieron los cálculos, y se veía que estos dos conceptos daban trabajo a todos los desocupados. Fue creado el “Banco de Préstamos para la Exportación”, prestando dinero solo aparentemente, a base simplemente de ventas a plazos, disfrazadas con la palabra Préstamo:
            Abstractamente hablando, estos países caían en la trampa. Pero…

            Se comprenden los efectos. Con ellos se topaba el Presidente que sucedía a Hoover, Mr. Rooisevelt. El peor de todos, el número de desocupados, que, entre los totales, (más de 16 millones) y la parcial (más de 9 millones) eran el nervio de la crisis más fantásticamente gigantesca que se había visto jamás

            El entonces nuevo Presidente comenzaba por contradecirse flagrantemente a este respecto. Comenzó por afirmar que la política de altos aranceles no llevaba a ninguna parte buena. Pero se cuidó mucho de no rebajar los aranceles. Celebraba, en el transcurso de los años, numerosos Tratados Comerciales  bilaterales con estas Repúblicas americanas. Se vendía un poco más. Eran simples arañazos sobre una llaga pútrida que necesitaba bisturí y serrucho.

            Todos los esfuerzos de la Administración Roosevelt no lograban dar trabajo lógico a más de un tercio de los desocupados, como unos 7 millones. Ocupaba a otros cuatro o cinco millones en faenas innecesarias. Quedaban unos once millones condenados a paro absoluto.

            Era entonces cuando, entrando en la política armamentista por pura razón de desocupación, maquinaba dar trabajo a sus desocupados pagándolos las Repúblicas americanas. Cierto que Gran Bretaña hacía trabajar a más de un millón de norteamericanos.  Pero era necesario lograr trabajo, necesario o superfluo, de la Repúblicas americanas. Y el plan era elaborado, con una ineficacia que ponía espanto en los inconscientes personajes que lo habían estructurado. Helo aquí: con la guerra, Estados Unidos había de vender a América todo lo que le vendía Alemania, Francia y demás países europeos en panne. Creando el fantasma del “peligro alemán”, los países americanos se armarían trabajando Estados Unidos para confeccionar ese armamento. Se hicieron los cálculos, y se veía que estos dos conceptos daban trabajo a todos los desocupados. Fue creado el “Banco de Préstamos para la Exportación”, prestando dinero solo aparentemente, a base simplemente de ventas a plazos, disfrazadas con la palabra Préstamo:

            Abstractamente hablando, estos países caían en la trampa. Pero…

            17. Otra vez el fracaso

            Pero habían olvidado los estructuradores del plan una pequeña circunstancia: que si América compraba a Alemania, era porque Alemania compraba en América, a base de trueque, es decir, sin pillarles todavía oro a estas Repúblicas. Y Estados Unidos no podía comprar en estos países, por la sencilla razón de que todo lo que esos países pueden venderle lo produce –y de sobra- Estados Unidos. Veamos.
            Perú vive a base de cuatro productos fundamentales, sobre los cuales se cimienta toda su economía: petróleo, algodón, azúcar, cobre. Puede venderlos en Europa. No puede comprarle ni una brizna de ninguno Estados Unidos. El petróleo norteamericano tiene llenos sus stoks invendibles, a pesar de haber limitado su producción nacional. El algodón norteamericano está abarrotando los almacenes del mediodía, locos productores y gobierno para ver como vender del sobrante siquiera en parte. El azúcar norteamericano de Cuba y Filipinas sobra para veinte millones más de habitantes. El cobre, a pesar de la guerra, ha tenido que ser frenado en los yacimientos norteamericanos y en los países continentales donde Norte América está explotando este metal.
            Argentina vive de los siguientes productos fundamentales: trigo, maíz, carne, lana y lino. Estados Unidos tiene sobrantes abundantes de cada uno de ellos. Los trigos norteamericanos y canadienses están echándolos a los trenes provinciales en vez de carbón. El maíz sobra también, no habiendo podido Estados Unidos comprar a la Argentina, del enorme stock que tiene sobrante, ni un solo gramo. Carne y lana se producen más que consumen en Norte América. El lino, que aún dos años atrás lo buscaba Norte América en el mercado productor argentino, lo ha sembrado en tal cantidad, que tiene ya sobrante para quien lo quiera. Mr. Roosevel y Mr. Hull, que hablan de intercambio y complementación, han sido los más