13 El hombre: ser falible - Página 1
Índice del Artículo
Página 1
Página 2
Página 3
Página 4
Página 5
Página 6

            13.01 "Con ello se nos plantea de nuevo, la pregunta de si la persona no puede peligrar. Desde luego es posible, pero sólo desde allí donde se encuentra la garantía de la esencia de la persona... Adelantemos otra pregunta: ¿puede enfermar el espíritu? Seguramente que no de las enfermedades que el lenguaje corriente llama "enfermedades mentales". En estas se trata, en realidad, de perturbaciones de las funciones cerebrales, de la vida instintiva, del curso de las representaciones, de la experiencia de la realidad, etc. Tales perturbaciones no afectan al espíritu como tal, sino a sus fundamentos orgánicos y psíquicos. Estas perturbaciones obstaculizan sus actos, pero constituyen también una prueba por cuya superación el espíritu crece. Sin embargo, el espíritu no existe sin más, independiente de sus contenidos. El espíritu no puede llevar a capricho su vida, sin que ello influya en su ser mismo. La vida del espíritu -y esto caracteriza su esencia- no recibe su garantía del ser, sino también y definitivamente de lo válido: de la verdad, del bien. Si se aparta de aquí, él mismo se hace problemático en tanto que espíritu. La simplicidad e indestructibilidad, con las que suele determinarse la esencia del espíritu, le sustraen a tales daños como los que pueden afectar al cuerpo compuesto, pero no de las consecuencias de su actitud frente al valor. Si el espíritu apostasía de la verdad, enferma (1). Esta apostasía no tiene lugar ya porque el hombre yerre, sino sólo cuando abandona la verdad; no ya porque mienta, incluso porque mienta con frecuencia, sino sólo cuando no considera a la verdad como vinculante; no ya porque engañe, sino sólo cuando dirige su vida a la destrucción de la verdad. Es entonces cuando el hombre enferma del espíritu. No es necesario que ello tenga consecuencias psicopatológicas; un hombre así puede incluso ser muy robusto y de gran éxito en la vida. Pero, sin embargo, estaría enfermo, y un observador agudo no sólo en el terreno físico, sino también en el espiritual, lo echaría de ver. La enfermedad del espíritu podría, empero, proseguirse también en el terreno psíquico y producir perturbaciones determinables clínicamente. De esta enfermedad, entonces, no le curaría ninguna simple psiquiatría, sino que tendría que realizar una conversión. Esta conversión no sería posible, desde luego, por un simple acto de voluntad, sino que tendría que consistir en una inversión de la actitud, y sería más dificultosa que cualquier tratamiento terapéutico.

            Desde estas consideraciones parece también posible que la persona en tanto que tal pueda peligrar, a saber, cuando el hombre se desvincula de aquellas realidades y normas que son la garantía de la persona: la justicia y el amor. La persona enferma, si hace apostasía de la justicia. No cuando comete una injusticia, no cuando comete injusticias a menudo, sino cuando abandona la justicia. Esta significa el reconocimiento de que las cosas poseen su esencialidad, así como la disposición a guardar el derecho de las cosas y los órdenes que de él surgen. En tanto que persona, el hombre -sin ser por ello Dios- está entregado a la autonomía del ser y a la decisión del obrar; la condición para que este modo del ser posea sentido es que se sitúe en el orden fundamentado por la verdad, es decir, que se sitúa precisamente en la justicia; más aún, que convierta la justicia en su cometido en sentido propio(2). La persona finita sólo posee sentido orientado a la justicia; si se aparta de ella, se pone en peligro y se convierte en un peligro: en una potencia sin orden. Justamente por ello enferma la persona, porque no está exactamente en sí... Igualmente decisivo para la salud de la persona es el amor. Amar significa percibir lo valioso en el ente ajeno, especialmente en el personal; sentir su validez y la importancia de que subsista y se despliegue; experimentar su preocupación por esta realización como si se tratara de algo propio. El que ama camina constantemente hacia la libertad; hacia la libertad de sus propias cadenas, es decir, de sí mismo. Y al hacerlo así, al salir de sí por penetración y sentimiento, llega a su realización. El horizonte se abre en torno a él, y su ser más propio adquiere espacio. Todo el que sabe del amor, sabe de esta ley: que sólo al salir de sí mismo se abre el horizonte, en el cual el propio ser se hace real y todo florece. En este espacio tiene lugar también la auténtica creación y la acción pura, todo lo que testimonio la dignidad del mundo del ser. La persona enferma, tan pronto como abandona el amor. No cuando el hombre falta a él, lo vulnera, cuando cae en el egoísmo y el odio, pero sí cuando hace de él algo frívolo y basa su vida en el cálculo, la fuerza y la astucia. Entonces la existencia se convierte en una prisión. Todo se cierra. Las cosas nos oprimen, todo se hace extraño y enemigo en su más íntima esencia, el último y evidente sentido desaparece. El ser no florece ya".

(1) En la base de este pensamiento se encuentra la definición agustiniana del espíritu, cuyo punto de partida está constituido por el contenido del acto espiritual. Según esta definición, espíritu es aquél ser cuyos actos deben tener por contenido la verdad, el bien y, en último término, Dios... A ello hay que añadir la otra proposición, también agustiniana, de que la realidad no significa el mero hecho del existir, el cual, sea cual sea su contenido, es siempre el mismo, sino que es, más bien, susceptible de gradación infinita, de acuerdo con el rango del valor realizado... Ahora bien, mientras que la referencia al valor se encuentra siempre en la obra creada y en la conciencia, al espíritu le es entregado expresamente el valor como contenido del acto espiritual surgido en la libertad. El rango de valor del espíritu se determina, por eso, siempre partiendo de su propia libertad, y con ello se determina también su grado de realidad, la seguridad o el riesgo de su realidad, su salud y enfermedad... No obstante lo cual, el espíritu no ha producido su misma existencia, sino que la ha recibido. La aminoración de la realidad, como consecuencia del acto negador del valor, no puede, por eso, suprimir absolutamente el ser. Convirtiéndose en malo, el espíritu no puede aniquilarse a sí mismo, sino sólo lanzarse a la nada, aunque sin poderla alcanzar nunca. A su voluntad queda sustraída siempre aquella medida de valor que el Creador deposita en el primer ser del espíritu en sí y que garantiza su existencia en absoluto. El espíritu no puede aniquilarse por una mala voluntad. Lo que sí puede, por el acto negador del valor, es hacer tan problemático aquel ser, que sólo constituya el soporte del yerro, es decir, de la condenación y de la desesperación. Sobre todo ello, cfr. Guardini, Bekehrung des Heiligen Aurelius Augustinus, 2a. ed., 1950, p. 86 ss