MEDIO EDUCACIONAL LIBRO Y LECTURA 2 - Página 1
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            "Si queremos asimilarnos el fondo de un campo científico vasto y complicado debemos ir a las clases de un hombre vivo y escuchar su palabra viva... No es fácil analizar la razón de este hecho... No hay libro capaz de darnos el espíritu y el carácter propio de un campo científico con la certeza y rapidez con que, por simpatía de un espíritu con otro, se trasmite por los ojos, por la fisonomía, por la voz, la actitud, las expresiones ocasionales y las palabras espontáneas de un diálogo... Sea cual fuere la causa, el hecho es incontrovertible. Puédense estudiar en casa  en un manual los principios generales de cada ciencia; pero el detalle, el color, el sonido, la atmósfera, la vida que despierta en nosotros, esa hay que ir a buscarla en los que ya están vivos."

(Newman, John Henry(1801-1890), Hist. Sket lll p.9, cit. por De Hovre, F., Pedagogos y Pedagogía del Catolicismo, Ed. "Fax", Madrid // Ed. Poblet, Buenos Aires, 1945 p.284)

            "En la época de Platón no había una sola librería en toda  la ciudad... Dudo que Atenas tuviera una siquiera antes de Adriano(a). Lo que el estudiante veía, lo que entendía, lo que captaba al pasar con la fuerza mágica de su simpatía, y no lo que leía en los libros, era la formación que le dispensaba Atenas...

            Un estudiante extranjero ha entrado en la Academia Platónica. Desde el primer momento su mirada se concentra en un objeto solo: la figura de Platón. No escucha una palabra de cuanto dice, no tiene afán por aprender nada, ni desea explicación ni discusión; lo que ve es algo entero, algo completo en sí que ninguna edición podría aumentar, algo que es más que cualquiera otra cosa. Ese será un punto de partida en su historia; un apoyo para su memoria, un pensamiento ardoroso para su corazón, una consigna eterna para todos los unidos en la misma simpatía...

            Esa es la influencia que el hombre vivo ejerce sobre sus semejantes para el bien o para el mal. Si el extranjero de que hemos hablado no ganó con su viaje nada fuera de la vista de Platón vivo, si no se incorporó a ningún auditorio, sacó sin duda cierta dosis de cultura y algo que poder transmitir y contar a sus hijos."

            (a) emperador romano (117 al 138

(Newman, John Henry(1801-1890), Hist. Sket lll p.42, cit. por De Hovre, F., Pedagogos y Pedagogía del Catolicismo, Ed. "Fax", Madrid // Ed. Poblet, Buenos Aires, 1945 p.285) 

            "Los autores populares pueden durar un día, pero Moisés y Homero vivirán eternamente. En todo el mundo no se han dado nunca más arriba de doce personas a un tiempo, capaces de leer y entender  a Platón, ni adquirir una edición de sus obras. Sin embargo (estas obras), sirven en cada generación  para beneficio de esas pocas personas, a las que Dios parece tomar de la mano. La permanencia de los libros no queda fijada por esfuerzo alguno, amistoso u hostil, sino por su propia gravedad específica, o la importancia intrínseca de su contenido para la mente constante del hombre."

(Emerson, Ralph Waldo(1803- 1882), citado por Highet, Gilbert, La fuerza de las ideas, Ed. Hispano-Europea, Colección Galileo, Barcelona, 1956 p. 79)

            "Una anciana maestra de escuela que tenía una clase de párvulos, me enseñó a leer. Se sentaba en un sillón de brazos muy cerca del reloj. Cada hora que daba funcionaba un mecanismo y se veían divertidos muñequillos desfilar. La maestra tenía a su alcance una larga varilla con la que vapuleaba a diestro y siniestro el infantil auditorio compuesto principalmente de niñas. El método de enseñanza consistía en hacernos deletrear a todos juntos y repetir las sílabas a grito pelado.

            Cuando me llevó a aquel colegio, recomendó mi madre a la maestra que no me golpease. Pero un día me alcanzó la varilla: inmediatamente me puse en pie, cogí mis libros y corrí a mi casa. Exigí y obtuve ser enviado a otra escuela..."

(Andersen, Hans Christian(1805-1875), El cuento de mi vida, Ediciones del Cotal S.A., Barcelona, 1978 p.18)

            A  partir de aquel momento (la muerte de su padre), estuve, por decirlo así, abandonado a mí mismo por completo. Mi madre iba a lavar y faltaba días enteros. Me quedaba solo en casa y me divertía con el teatrillo que me había hecho mi padre, cosía trajecitos a los muñecos o leía piezas dramáticas. Por aquel entonces era yo un mocito flaco y esbelto, tenía largos cabellos de un rubio pálido, y circulaba con la cabeza descubierta, calzado casi siempre con zuecos. Dos señoras del vecindario, la viuda de un pastor (señora Blukenflod) y su cuñada, me habían tomado aprecio y estaba días enteros en su casa. Y en aquella casa es donde, por vez primera, oí hablar de la poesía como de una cosa sagrada. Verdad es que mi padre me había leído trozos escogidos de Holberg, pero ahora se trataba de la hermosura y nobleza de la vocación de poeta. Shakespeare me fue revelado entonces, en una mala traducción, desde luego. No obstante, hallaba muy de mi gusto las descripciones audaces, los acontecimientos sangrientos, las brujas y los aparecidos. Naturalmente, me puse a interpretar sus dramas en mi teatro de fantoches. Veía vivir en mi pensamiento el espíritu de Hamlet y la locura del rey Lear. Cuantos más muertos había en una pieza, más me gustaba. Escribí entonces mi primera tragedia y en ella moría todo el mundo..."

(Andersen, Hans Christian(1805-1875), El cuento de mi vida, Ediciones del Cotal S.A., Barcelona, 1978 p.25-26)