MEDIO EDUCACIONAL LIBRO Y LECTURA 3 - Página 1
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            Más el azar se hace muchas veces cómplice de nuestros deseos. Un día, explorando a la ventura mis resbaladizos dominios de tejas arriba, me asomé a la ventana de cierto desván perteneciente al vecino confitero y contemplé ¡oh gratísima sorpresa!, al lado de trastos viejos y de algunos cañizos cubiertos con dulces y frutas secas, copiosa y variadísima colección de novelas, versos, historias, poesías y libros de viajes. Allí se mostraban, tentando mi ardiente curiosidad, el tan celebrado Conde de Montecristo y Los Tres Mosqueteros, de Dumas (padre); María o la hija de un jornalero, de E. Sué; Men Rodríguez de Sanabria, de Fernández y González; Los Mártires, Atala y Chactas y el René de Chateaubriand; Graziella de Lamartine; Nuestra Señora de París y Noventa y Tres, de Victor Hugo; Gil Blas de Santillana, de Le Sage; Historia de España, por Mariana; Las comedias de Calderón, varios libros y poesías de Quevedo; Los viajes del Capitán Cook, el Robinson Crusoe, el Quijote e infinidad de libros de menor cuantía de que no guardo recuerdo puntual. Bien se echaba de ver que el confitero era hombre de gusto y que no cifraba solamente su ventura en fabricar caramelos y pasteles.

            Ante tan fausto acontecimiento, la emoción me embargó durante algunos minutos. Repuesto de la sorpresa y decidido a aprovecharme de la buena estrella, estudié un plan de explotación de aquel inestimable tesoro: forzoso era descartar del todo las sospechas del dueño y las huellas delatoras de mis pasos por el desván. La más elemental prudencia me aconsejó respetar por el momento los exquisitos y apetecibles dulces del cañizo, persuadido de que si el pastelero echaba de menos  sus peras y ciruelas confitadas cerraría o enrejaría la ventana, dejándome a la luna de Valencia. Tras madura reflexión, decidí dar el primer golpe por la mañana temprano, durante el sueño de los inquilinos, y coger los libros codiciados de uno en uno, reponiendo cada volumen en el mismo lugar de la anaquelería.

            Gracias a tales precauciones, saboreé, libre de sobresaltos, las obras más interesantes de la biblioteca, sin que el bueno del repostero se percatara del abuso, y sin que mis padres sorprendieran mis escapadas del palomar.

            ¡Quién sería capaz de encarecer lo que yo me deleité con aquellas sabrosísimas lecturas! Tan grandes fueron mi entusiasmo y mi alegría, que me olvidaba de todos los vulgares menesteres de la vida material.

            ¿Cuántas exquisitas sensaciones de arte me trajeron aquellas admirables novelas! ¡Qué de interesantes y novísimos tipos humanos me revelaron! Las descripciones brillantes de los bosques vírgenes de América, donde la vida vegetal desbordante parece ahogar la insignificancia del hombre, en Atala; los tiernísimos y castos amores de Cimodocea, en Los Mártires; la gentil y angelical figura de Graziella; la pasión exaltada y casi monstruosa  de Cuasimodo, en Nuestra Señora de París; la nobleza, magnanimidad  y valor puntilloso de los inconmensurables Artagnan, Athos, Porthos, Aramis, en Los tres Mosqueteros, y en fin, la fría, inexorable y meditada venganza del protagonista del Conde de Montecristo, cautiváronme y conmoviéronme de modo extraordinario.

            Al fin, aunque por medios ilícitos, trabé conocimiento con las grandiosas creaciones de la fantasía; seres soberbios y magníficos, todo voluntad y energía, de corazón hipertrófico sacudido por pasiones sobrehumanas. Verdad es que casi todas las novelas devoradas por entonces pertenecían a la escuela romántica, a la sazón en boga, cuyos héroes parecen forjados  expresamente para subyugar a la juventud, siempre sedienta de lances  extraordinarios y de aventuras maravillosas.

            Difícil me sería señalar hoy, pasados tantos años, cuáles fueron los libros que me impresionaron más hondamente. Creo, empero, no apartarme mucho de la verdad declarando que me emocionaron  y cautivaron sobremanera  las amenísimas novelas de peripecias e intrigas de Dumas (padre) y las ultrarrománticas de Victor Hugo, que diputé entonces superiores al Fausto, al Gil Blas de Santillana y hasta -rubor me da confesarlo- al asombroso Don Quijote.

            Hay cierta psicología de la niñez y mocedad acaso insuficientemente estudiada por los especialistas. Si se conociera bien, nos extrañarían menos ciertas aberraciones del gusto de la gente moza, de la cual se ha dicho con razón que es extremosa en todo. El adolescente adora la hipérbole; cuando pinta, exagera el color; si narra, amplifica y diluye; admira en los escritores el estilo enfático, vehemente y declamatorio, y en los políticos las tesis audaces y radícales. Prefiere lo particular a lo general, lo ideal a lo real, la acción a la palabra. Sedúcenle las cadencias y sonoridades del verso,  la pompa de las imágenes y el ruido de los epítetos explosivos y altisonantes. Y del mismo modo que en el orden científico antepone las ciencias objetivas  a las llamadas disciplinas abstractas, en la esfera del arte abomina de reflexiones y moralejas y déjanle fríos los análisis sentimentales del psicologismo. Como si contemplara el mundo a través de una lente de aumento, todo lo ve amplificado y nimbado de irisaciones; al revés de la vejez, que parece mirar las cosas con una lente divergente que todo lo achica y envilece."

(Ramón y Cajal, Santiago(1852-1935), Mi infancia y juventud, Ed. Espasa Calpe, Colección Austral, Madrid, 1980 p. 104-107)