MEDIO EDUCACIONAL LIBRO Y LECTURA 5 - Página 1
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de mi precoz pasión por los libros. Les empezó a inquietar también mi falta total de afición a toda tarea manual, mi torpeza excesiva para todo cuanto no fuesen estudios. Y tuvieron que resignarse a enviarme al colegio.

            Como las obligaciones sociales tenían tan ocupada a mi madre, y mi tío y tutor y demás parientes carecían de toda preocupación intelectual, desde los nueve o diez años me encerré a doble llave en el universo maravilloso, pero artificial, de los libros. Nadie, naturalmente, aconsejaba ni controlaba mis lecturas. Leía sin discernimiento cuanto me caía entre manos, novelas de aventuras y policíacas, históricas y de viajes. A la edad en que suelen leerse libros infantiles, había devorado a Balzac, George Sand, Flaubert, Zola, Galworsthy, Walter Scott, Galdós, Manzoni. Con toda seguridad, entre los diez y los quince, sólo a medias debía entrever la problemática profunda de todos estos autores. Ni los problemas sociales, ni las pasiones de la carne me eran todavía conocidos. Pero la lectura de tantos autores me bastó para creerme totalmente distinto de cuantos me rodeaban. Naturalmente, me creía un incomprendido, un ser de otro mundo extraviado en el universo vulgar de la familia y los vecinos. Despreciar a los demás me parecía un deber. Bajo la influencia de mis autores preferidos de entonces -los románticos- me encerré en una orgullosa soledad en la que sólo a los libros admitía. De no haber sido por un choque brutal que hizo polvo el muro de papel impreso que quería levantar entre el mundo y yo, me hubiera vuelto seguramente un erudito alejado completamente de las realidades de la existencia concreta. Además, en esto consistía mi única y gran ambición.

            Entre todas las clases sociales, ninguna me era menos conocida que la obrera. La consideraba aún más indigna de mi atención que la ya despreciable burguesía. Si no me equivoco, antes de los quince no había puesto nunca todavía los pies en un bario industrial o habitado por obreros. Es verdad que a veces encontraba trabajadores por la calle. La palabra "obrero" me evocaba la imagen de hombres vestidos con sordidez, sin nada de la descuida "elegancia" de la bohemia. Naturalmente, se lavaban poco y eran de una grosería inadmisible entre "gente bien". Tendría trece o catorce años cuando un domingo, yendo en compañía de dos primas mayores, nos encontramos con un grupo de jóvenes obreros. Lo parecían al menos por su atuendo y por las bromas picantes con que saludaron el paso de las muchachas. Mis primas, que se creían obligadas a ruborizarse y hacerse las escandalizadas a la menor expresión ambigua de los jóvenes de su ambiente, no se dignaron siquiera enfadarse con las ordinarieces de los "obreros"; ¿acaso no pertenecían éstos a un mundo completamente aparte del nuestro? Y yo ni tan sólo me planteé el problema de si tal desprecio era justificado. Los obreros a la fuerza habían de ser groseros, bajos y borrachos; borrachos de manera evidentemente mil veces más soez que la de los marineros. Imposible imaginarlos interesándose en cosas más elevadas que los "placeres" vulgares: comer, beber y "hacer el amor" (pero no amar como en las novelas).

            Fue entonces cuando leí la novela de Máximo Gorki, La Madre. (primer paso al marxismo y al comunismo)

(Lepp, Ignace, De Marx a Cristo, Ed. Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1968 p. 17-19)

            "¿Quo vadis dómine?"

            En ésas, cuando más totalmente desorientado me hallaba, se manifestó el Signo.

            Era a altas horas de la noche. Regresaba de uno de los clubes llamados de artistas en los que solía pasar casi todas mis veladas. El espíritu y el ambiente eran allí casi idénticos al de las demasiado célebres "cuevas de "Saint-Germain-des-Prés" después de la segunda guerra mundial. Se discutía, sin mucha convicción, pero con gran vehemencia, sobre Gide y Malraux, Picasso y Breton. Estaba de moda mostrarse refractario a todo compromiso que hubiese podido significar la menor disminución de lo llamado por los snobs su "libertad". Se bebía mucho, sobre todo, y las chicas, más que los chicos, proclamaban su emancipación de todo principio, de toda moral. Naturalmente, sólo encontraba allí el vacío, pero al menos no me quedaba a solas conmigo mismo y aquello me proporcionaba una especie de anestesia espiritual.

            Al volver a casa aquella noche, mi reloj debía de marcar las tres o las cuatro de la madrugada. Como ocurría a menudo últimamente, no conseguí conciliar el sueño. Para pasar el tiempo, fui a buscar la novela que la hija de la casa había olvidado en la mesa del salón. Al principio sólo la hojeé distraídamente. Ni siquiera los libros, en efecto, conseguían ya interesarme lo suficiente para poder olvidar la vanidad total de la existencia. Pero aquella noche, por vez primera desde hacía meses, una novela logró cautivar mi atención. Y lo logró hasta el punto de hacerme olvidar insensiblemente el Partido Comunista y mi desespero, la fatiga y la hora tardía. Casi como diez años antes, al leer La Madre de Máximo Gorki, me sentía identificado con los héroes de la novela; ¡realmente, no me hubiera creído tan "joven"! Los libros fueron siempre mis mejores amigos. Me habían procurado la evasión necesaria de la vida real, iniciado a sentimientos más refinados,  hecho adquirir conciencia de ciertas aspiraciones profundas de mi ser. Sin embargo, sobre todo desde que hacía de crítico literario en periódicos y revistas, me prohibía a mi mismo identificarme con los héroes de las novelas que leía, juzgando esto demasiado pueril. Intentaba leer con la máxima neutralidad, con la objetividad que se creía se imponen al marxista. Hasta me impuse la obligación de interrumpir la lectura de cualquier novela si sentía debilitarse mi objetivismo.

            Aquella noche no opuse resistencia alguna a mis deseos de evasión.. Muy al contrario, me sentía feliz de poderme librar por unas horas de la monotonía de mi propia existencia sumiéndome en la de otros. Era mediodía cuando por fin, acabado el libro, lo cerré. Tenía los ojos inundados de lágrimas. Apenas si notaba la fatiga, después de esa larga noche en blanco. Sólo después de haber terminado su lectura miré el título de la novela: ¿Quo vadis?, de un tal Sienkievicz. El Pequeño Larouse me aclaró que se trataba de un novelista polaco, Premio Nobel 1905; ni el nombre conocía siquiera." (primer paso al catolicismo, que culminó en el sacerdocio)             

(Lepp, Ignace, De Marx a Cristo, Ed. Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1968 p. 197-198