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            "Desde muy pronto fui voraz lector. Había aprendido a leer solo, por un procedimiento que hoy parece moderno. Cuando iba por la calle con mis padres, preguntaba: "¿Qué pone ahí?", una vez y otra. Me contestaban: "Sastrería", "Carpintería", "José Martínez", "Calle de Gamazo" o "Calle de Santa Engracia", "Salida", etc. Mi padre tenía desde Valladolid una viejísima máquina de escribir, de tampón, marca Yost; luego la sustituyó por una Smith & Bros., entonces moderna. Un día escribió una postal y la dejó encima de la mesa; yo la cogí y la leí en voz alta. Cuando mi madre entró, mi padre le dijo que yo sabía leer; le pareció imposible, porque nadie me había enseñado; pensó que mi padre la habría leído en voz alta y yo, con mi buena memoria, la habría repetido. Se sacó el periódico, y leí cuanto quisieron.

            Ahí empezaron los cuentos, no escuchados sino leídos directamente. Recuerdo, Pinocho, en la edición de Calleja, con ilustraciones en negro de Chiostri y una cubierta en color de Bartolozzi. Luego se popularizaron los cuadernos de Pinocho, en vivos colores, y de su rival Chapete; pero lo que a mí me gustaba profundamente, me conmovía y preocupaba, era el original de Collodi. Era melancólico, bastante dramático, con el viejo Goro y el Grillo Parlante, y el malvado Tragalumbre, y la Zorra y el Gato, y el Monstruo marino. Una de mis primeras vivencias de lirismo fue la figura del Hada de los Cabellos Azules.

            Enseguida vino la poesía. Devoré las de Zorrilla, que se me quedaban fácilmente en la memoria -aunque nunca he aprendido versos-. Las poesías líricas y las leyendas pasaron a mi repertorio interior; y pronto Don Juan Tenorio, que podría recitar del principio al fin, acaso con un par de vacilaciones. Luego, más poesía, libros de aventuras, principalmente Julio Verne y Salgari, o del Oeste (las novelas de Karl May, con sus protagonistas Shatterhand y Winnetou); y Buffalo Bill, y por supuesto Nick Carter; algo menos me gustaba Dick Turpin, que me parecía un poco amanerado. Hacia el año 1920 se publicaba un semanario infantil titulado Kiriki (las famosas aventuras de un niño bolchevique); nuestros padres nos daban 10 céntimos a cada uno por semana: Kiriki costaba 25, y accedieron a llegar hasta ahí. También había el TBO, es decir, "te veo", que se ha convertido en el nombre de un género, "los tebeos".

(Marías, Julián (1914      ), Una Vida Presente. Memorias 1 (1914 - 1951), Alianza Editorial, Madrid, 1989 p. 37-38)

            "Aprendí a leer antes de ir a la escuela. Incitado por el descubrimiento de que mis padres todavía no sabían leer inglés(a), me dediqué a pedir a los niños mayores del barrio que me enseñaran el alfabeto y cómo se pronunciaba cada letra. Después empecé a pronunciar todas las palabras que encontraba en los rótulos y en cualquier otra parte y así aprendí a leer casi sin ayuda de nadie.

            Cuando mi padre descubrió que su hijo podía leer antes de llegar a la edad escolar y que, además, el aprendizaje había sido por propia iniciativa, se quedó asombrado. Ésta debió ser la primera vez que empezó a sospechar que yo era poco común(a). (Siguió pensándolo toda su vida, aunque nunca evitó criticarme por mis numerosas equivocaciones). Al darme cuenta de que él pensaba que yo era poco común, y fue muy claro respecto a esto, yo mismo empecé a sospechar que lo era.

            Supongo que debe haber muchos niños que aprendieron a leer antes de ir a la escuela. Yo enseñé a mi hermano a leer antes de que fuera a la escuela, por ejemplo, pero fui yo quien le enseñé. A mi no me enseñó nadie.

            Cuando por fin inicié el primer grado en septiembre de 1925, me asombraba de que los otros niños tuvieran problemas con la lectura. Todavía me extrañaba más el que, después de que les explicaran algo, lo olvidaran y necesitaran que se lo volvieran a explicar una y otra vez ...".

(a)    Nació en Rusia, emigrando sus padres a Estados Unidos en 1923)

(b)   El texto transcrito pertenece al capítulo 1 intitulado ¿Niñoprodigio?

(Asimov, Isaac (1920-     ), Memorias, Ediciones B, Grupo Zeta, Barcelona, 1998 p. 15)

            "8. La Biblioteca

            Una vez que aprendí a leer y que mi capacidad de lectura mejoró con rapidez, se me planteó un problema serio: no tenía nada que leer. Mis libros escolares me duraban unos pocos días. Los terminaba todos en la primera semana del semestre y por tanto ya me sabía todo para ese medio año. Los profesores tenían poco que decirme.

            Mi padre, cuando yo tenía seis años, compró una tienda de caramelos en la que también vendía material de lectura, pero no me dejaba tocarlo. Le parecía que era basura. Le dije que los demás niños lo leían y mi padre me respondió:

            - Su cerebro se llenará de basura: puede que a sus padres no les importe, pero a mí sí.