La SI 41 02 15
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Contraofensiva Ibero-Americana. La Conferencia del Plata inicia una nueva inteligente política continental La SI 15/02/41 p. 1-6

 

1.      A la sombra del Plata
Acaba de cerrarse en las riberas del Plata un acto muy sencillo, que puede tener en el mundo entero resonancias extraordinarias. Muy sencillo, porque así han estimado realizarlo los mismos conferencistas, huyendo del bombo que suelen dar a esos actos agencias vocingleras y superficialistas; y también porque así lo han acordado en Washington al dar las órdenes usuales a esas agencias noticieras, que sirven el pasto espiritual –mal pasto, desde luego- a todos los países americanos. Se acordaba hacer el vacío. Afortunadamente, esa modestia concordaba con el nuevo espíritu de trabajo que los conferenciantes se habían propuesto.
Estábamos hartos de Conferencias Panaméricanas estériles, saliendo del seno hueco de su misma esterilidad ruidos ensordecedores, que daban vueltas resonantes alrededor del vacío. Porque sería interesante historiar esas Conferencias dirigidas por Estados Unidos y ver de extraer, al fin, algo que haya sido, no ya útil, pero ni siquiera efectivo. Palabrería, fraseología, gran volumen de votaciones, enormes libros insertando las resoluciones-nada, maravilloso aparato de envolturas, gran algarabía de pitos, campanas, saxofón y platillos. La portada de ese libro –que propongo a las editoriales americanas- serían dos lindos platos de Sévres sin contener nada dentro.
No nos falta espíritu americanista, aún incluyendo dentro de él         a Estados Unidos. Hemos venido defendiendo constantemente la íntima y natural colaboración entre los países latinoamericanos y España, por razón de raza e historia, y a la vez, la colaboración de los mismos países con Estados Unidos, por razón de geografía y vecindad. El Problema del Triángulo, que fuimos de los primeros en plantear en la zona de los problemas americanos. Pero, aún así, y precisamente por ser así, no había manera de mirar con buenos ojos esas Conferencias Panamericanas, destinadas a pasear a una docena de turistas de la política de cada país, con el intento norteamericano de echarles el anzuelo, y no a favor del triángulo natural –América Latina- España- Estados Unidos, sino para expulsar a España del problema y supeditar a América Latina a las necesidades de una minoría plutocrática norteamericana.
      Esas Conferencias no podían dar fruto alguno. Decisiones interesantes eran tomadas. Eran inmediatamente boicoteadas desde dos reductos terriblemente poderosos: Estados Unidos y la amnesia de los delegados. Y el fin que buscaban desde Nueva York –la busca y captura de los delegados, convirtiéndolos a la causa exclusivamente norteamericana- esto era de intentar absurdo: los políticos sudamericanos pueden tener la comprensible ansia de viajar; pero se pasan de listos para escuchar la sirena y el tintineo del oro y graciosamente substraerse a esas solicitaciones.
      Hora se ha celebrado una Conferencia en otro clima. Se estaba en la necesidad de hacer algo.
Y realmente se ha hecho algo. Mientras en Washington el parlamento está agitando leyes substanciales que hacen como que miran a Gran Bretaña y miran en realidad y de soslayo al resto de América, en los mismos instantes estaban reunidos en Montevideo genuinos representantes de cinco pueblos sudamericanos para plantarse en medio del camino y explicar decididamente a quien sea:
            Ahora, señores, vamos a comenzar a marchar solos.
            Y es ésta la importancia suma de la Conferencia del Plata. Los acuerdos tomados son en realidad importantes. La importancia cabal no está ahí, sino en eso otro: el comenzar a marchar solos, botando las muletas que, decoradas con cien cosas pintorescas, les había regalado Estados Unidos.
            Será bueno que el lector no pase de largo ante esa Conferencia, que estará condenada al silencio por parte de las agencias telegráficas en cuanto puedan.  Se trata de algo verdaderamente vital para América. Y es por esto que  vamos a intentar  mostrar sus entrañas, más que su superficie. No viene ese acto internacional todo vestido de aquellas estrofas épicas con que la ingenuidad norteamericana decora puerilmente lo que intenta hacer tragar al mundo. Pero viene llena de substancialidad y preñada de algo que no son promesas vanas, sino acontecimientos que en días próximos han de dar sus primeros vagidos.