La SI 42 01 10
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En el Ocaso de una Edad histórica
La SI  10/01/42 p. 1-7

1. En la maravillosa bahía de Río
            En la bella comedia del vivir diplomático va a celebrarse un nuevo acto. Faltan pocas horas no más para que la cortina sea levantada, y aparezca la escena, suntuosamente decorada, como en los grandes días de los sucesos internacionales de primera categoría.
            El fondo del escenario es realmente majestuoso. Porque no hay en parte alguna –aparte en las regiones selváticas- una maravilla como esa de Río de Janeiro, todas las bellezas de la naturaleza dándose cita como hechas expresamente para magnificar con todas las galas decorativas esa antepecho de la gran ciudad brasilera. Su Pan de Azúcar y la servidumbre verde de otros cerros. Aquel mar azul sobre el cual el sol  saca chispas, la luna borda bellos encajes en constante y grácil movilidad, y los corazones tejen raros ensueños. Aquella agilidad de cimbreantes palmeras, entre cuyas palmas se enredan mil volutas de perfumes y de luces.
            Y los hombres han sabido ser complemento de la naturaleza, acumulando en aquel amplio rincón  joya sobre joya. Las autoridades con amorosa persistencia han ido abocando toda suerte de lindas cosas. Y el pueblo, que sabe conocer donde hay de lo bueno y ama hundirse en escenarios naturales bellos, va y viene por esas sendas encantadas, caminando con el pecho hinchado de naturaleza y enhebrando los corazones, al compás de las olas leves, sueños sentimentales que, a lo mejor, toman cuerpo en una rumba, que lleva a los cuatro vientos del mundo un eco de esa bahía maravillosa.
            Río de Janeiro es fuente de perpetuo encanto. La ciudad entera convida a la placidez, a la serenidad, a la no precipitación, a las cosas amables. Y no parece sino que todo allá se da cita para volatilizar y hacer desaparecer cualquier intento malévolo que por azar y rareza se infiltrase en ese escenario.
            Si yo fuese partidario de aquellas teorías –ya trasnochadas ahora- según las cuales el escenario es padre de la escena y los hombres se mueven según los dictados del medio, diría que esa plácida bahía de Río ha sido bien escogida para la reunión de cancilleres.       Hombres todo somos. Pero, si a esa debilidad humana se añade la nota diplomática,, parece que todo conspira a que uno dubite, y sospeche, y mire de soslayo a los que, siendo hombres de ese oficio que “arregla” los hombres internacionales, todos parecen mirarnos también de soslayo, con todas las consecuencias que la psicología del gesto atribuye a esa torva manera de mirar.
            Los diplomáticos -¡perdón!- pasan por sujetos de cuartas intenciones, siempre en acecho de víctimas propiciatorias y dispuestos a ensartar al lucero del alba. No abren nunca los ojos totalmente. En su cara se perfilan las líneas de la astucia. En la diestra llevan un lindo bastón  y en la izquierda un ramo de frescas flores sobre las cuales vibra una máxima romana: “latet anguis sub herba”. Una especie de pequeños Macchiavellos tirado en serie, lo cual amontona sobre ellos los defectos de Macchiavello y los de todo objeto hecho en serie.
            Así llegarán a Río como quinientos diplomáticos, o que así se llaman horondamente, de todos los tipos, clases y subclases. Todos ellos, a base de un denominador: la intención de ser un diablo y de reducir toda la labor a seis palabras: “quien se la pega a quien”.
            Pero, aún incrédulos como somos del sometimiento del hombre al medio, creemos en la ley de las excepciones, y por esta sola vez estamos seguros de que, apenas llegados a aquel paraíso esa gente torva y malintencionada, va a tener lugar el milagro. El medio absorberá al hombre. Los puñales quedarán como enmohozados repentinamente. Los ojos entornados se abrirán a las maravillas de aquella luz. Y la buena hada de la escena será como una pequeña varilla mágica que transformará ceños e intenciones.  Y los quinientos graves señores actuarán limpiamente, como si una familia fuese convocada por una grave acontecimiento alrededor del cual tuviesen que ser tomados acuerdos salvadores.

 

2. Es la sexta tentativa
            De los 500 diplomáticos que acudirán a la cita de Río ¿cuántos habrán leídos los discursos, los proyectos, las intentonas, los acuerdos tomados en las cinco Conferencias panamericanas anteriores, todas