Alemania 33 04 17 b
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La infecundidad del régimen parlamentario alemán, raíz del hitlerismo La SI 17/04/33 p.7 (publicado antes en La Unión 28/05/28)

Índice de ideas: sobre fines de la primera Guerra Mundial; el Tratado de Versalles; Alemania tras la primera Guerra Mundial; la infecundidad del régimen parlamentario, raíz del hitlerismo; la Revolución Francesa; el individualismo decimonónico

            Cuando, a fines del 1918 la desarticulación del doble frente alemán -el civil y el militar- trajo el armisticio y, tras él, el Tratado unilateral de Versalles, una revolución explotó en el país, que abarcaba, como sucede con toda revolución, múltiples aspectos. Fue revolución antimonárquica, exacerbada por la desaparición demasiadamente rápida de los Reyes y del Mariscal Ludendorff; revolución antimilitar por la ligazón que existía entre la oficialidad y los tronos derrumbados; revolución social, cuyos coletazos de dictadura de obreros y soldados, levantaron muchos gritos en Baviera y Sajonia; revolución, también, de conciencias -que había de traer su corolario pedagógico- por la cual una nueva luz apareció en el horizonte nacional.
            Era crisis de gigantes. Había de traer dificultades enormes, extremismos estridentes, dolores proporcionales, que habían de constituir una larga y profunda tragedia, más terrible todavía en el silencioso subsuelo del hogar y de los actos pequeños de cada día, que no en el violento y trepidante sector de las cosas públicas. Resumen y vértice superior de la curva que marca el zig-zag martirizador de esa tragedia, es el drama del Ruhr, donde lo público y privado, lo ruidoso y lo íntimo, luchando contra lo inevitable, llegan a las alturas de la fatalidad dolorosa.
            Esa revolución alemana -revolución exterior y callejera, y revolución interior de conciencia- había de crear un instrumento político adecuado que la canalizase. Fué ese instrumento la Constitución de Weimar, creador de la República Imperial Alemana, cuyo órgano central de gobierno había de ser -y no decimos; fue- el Reichstag, es decir, el Parlamento del Reich republicano.
            Ese código fundamental es netamente parlamentario. Redactado por Preuss y otros espíritus imbuidos de prejuicios antigremialistas, fue instituido el sufragio inorgánico de hombres y mujeres, aunque restringido a los mayores de edad. Ese sufragio amorfo había de crear una mayoría parlamentaria. Esa mayoría generaría un gobierno que genuinamente la representase. De este modo, se obtendría una doble adecuación: una, entre la nación y sus órganos gubernativos; otra, entre el poder legislativo y el ejecutivo. Y, dada la tradicional serenidad y disciplina del pueblo alemán esa Cámara y ese Gobierno serían estables, prometiéndose de ellos largas venturas.
            Bella literatura. Porque no puede negarse que las teorías "individualistas", bordadas por la revolución francesa sobre la trama del Enciclopedismo, constituyen una linda y seductora novela.
            Había un doctor, en una universidad europea, cuyo nombre no hay para qué mentar, que explicaba a sus alumnos sobre pulmones tuberculosos, ante un cadáver autopsiado. "Esa mujer -decía con gran convicción- era tuberculosa; y se comprende a simple vista, porque sus pulmones se hunden en el agua." Corta un pulmón y lo sumerge en el agua, sin lograr que se hunda. Esfuerzos desesperados para que se vaya al fondo. El pulmón flota, con irritante persistencia. "A pesar de lo cual -dice el profesor a sus alumnos- debería hundirse".
            Es el hombre de la fe del carbonero. Incrédulo generalmente sobre cosas relacionadas con la religión y el más allá, es de una credulidad heroica cuando se trata de cuentos científicos y de novelerías políticas. Es el ejemplar digno de estudio que, cuando la política individualista lo ha hundido todo, se sienta afanosamente sobre las ruinas y se mete a cantar una oda heroica al Individualismo, con todo el fervor de un "Credo" laico.
            Los alemanes, que gustan poco, en general, de las cosas meramente políticas, no lo han tomado tan a pecho. En una crítica de las elecciones anteriores, que tuvieron lugar en Diciembre de 1925, tuvimos ocasión de demostrar, no sólo que el Parlamento había fracasado, sino -y esto era lo mejor- que aquel pueblo, sencillo y rectilíneo, confesaba francamente que había fracasado.
            El primer Reichstag elegido a raíz de la promulgación de la Constitución, realizó