Alemania 33 08 14
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La guerra civil austro-alemana La SI 14/08/33  p. 4

            En la frontera tirolesa –que no es frontera, sino punto de unión- ha caído esta semana un policía austriaco muerto,  bajo el tiro certero de quién sabe qué bala salida de tierra alemana. Gran alarma en Viena; en las cancillerías de los pueblos que fueron aliados; en todos los círculos diplomáticos.
            Esa alarma, poblada de curiosidad, no provenía de un peligro de guerra, como han dado en decir corresponsales periféricos. Esa curiosidad ha venido por el lado de la intervención de las Cancillerías ex-aliadas, ante el gabinete de Berlín, atentos todos a cuál sería el comportamiento de Hitler en ese primer roce internacional con los pueblos vencedores.
            Ciertamente que el episodio es interesante. Pero lo es más si se va a sus raíces, sin las cuales el fruto –la muerte del policía, la latente guerra civil- no tiene explicación adecuada.

            a) El Tratado de Versalles decía fundamentarse sobre dos principios: 1º la unidad política de cada pueblo, formando “una raza un Estado”. En este principio, empapado de lógica realista, se fundamentaba la resurrección política de Polonia como unidad soberana, respondiendo la política artificiosa a los dictados de la naturaleza; 2º la inconveniencia de añadir a cualquier estado una porción de gentes pertenecientes a otra raza.
            Cuando estos principios fueron proclamados, un espíritu sereno había de adherirse a ellos con entusiasmo. Era doloroso, por ejemplo, que de Alemania fuesen separadas regiones que, como la polaca, no pertenecían a la raza alemana. Pero ello era imprescindible; obra, no solo de justicia, sino de necesidad para Alemania misma. Hitler, con el radicalismo que distingue sus afirmaciones, ha sido el primer gobernante alemán que ha podido proclamar esa verdad, que había de haber sido declarada ya hace años desde la Wilhemstrasse: “Alemania no necesita ni quiere, dentro de sí, regiones que no pertenezcan a la raza alemana”.
            Más, si así es leal uno a un corolario que la perjudica, surgido de un buen principio, tiene derecho a que se le concedan aquellos otros corolarios que le benefician.
            Según el principio primero anotado antes, que plantearon  los mismos aliados, Austria debía haber sido unida a Alemania. Pertenece al cuerpo vivo alemán, del cual es miembro importante. A pesar de ello, el Tratado de Versalles, contradiciendo sus propias bases, determinaba, no solo una separación contra naturam entre Austria y Alemania, sino que venía a imposibilitar en la práctica una unión posterior, si no daban autorización para ello los aliados.
            El pretexto que se aducía era inaceptable para los mismos que lo traían a colación. Alemania sería demasiado poderosa, si la vitalidad de sus habitantes se acentuaba con el refuerzo austríaco. Argumento que Francia o Gran Bretaña hubieran rechazado sin discusión, si algún gobierno, creyendo peligrosa la unidad francesa bajo el aspecto militar, o la británica, hubiese propuesto dividir Francia o Gran Bretaña en dos países independientes.
            De ahí, de esa separación antinatural y antidemocrática por lo impuesto, habían de derivar inconvenientes de todo orden. Un Estado artificioso, lo es, a pesar de todas las inyecciones que se le propinen. Y mutilar un miembro vivo de la humanidad, seccionándolo en varios, delata, no solo barbarie, sino incomprensión, miedo y falta de estrategia.
            Cualquier conflicto que pueda estallar entre Alemania y Austria hay que ir a buscarlo en ese subsuelo de Versalles donde tantas torpezas cometieron los llamados directores del mundo, con la ulterior torpeza de creer esas torpezas, grandes y salvadoras medidas.

            b) Ha venido a agravar ese estado antinatural, que ha de respirar en todos los actos de la raza mutilada, el distinto concepto que la mayoría de alemanes y austríacos tienen en este instante sobre cuá sea el sistema conveniente para bien gobernar el país.
            En Alemania hay un férvido entusiasmo por los métodos nazistas, desengañada la mayoría, no ya de los viejos partidos y sus hombres, sino del sistema mismo. Y, a las órdenes precisamente