Alemania 33 10 23
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Un nuevo acto –espectacular y ruidoso- en la tragicomedia “el desarme armamentista”: Alemania rasga el telón de fondo y aparece a la vista del público, desnuda y tramposa la máquina del escenario La SI 23/10/33 p. 1-6

1. La tempestad

            El mes de Octubre europeo es brusco y zancadillero. El señala el fin del verano y ese inicio del invierno  que es el otoño. Y se distingue por lo súbito y traicionero. Luce el sol,  con los dorados últimos de la blanda estación. El cielo, limpio de nubes, es una inmensidad de azul, convidadora a todas las esperanzas. Todo está sonriente y tranquilo, la paz en las cosas y en los corazones. De pronto, sin transición y sin preludio, súbitamente cambia todo. Se ennegrece el cielo. Soplan los vendavales.  Y la sublimidad de una tormenta aterradora señores sobre los hombres y las cosas.

            Así ahora. Estaban tranquilas, en apariencia al menos, las aguas de ese mar cenagoso de la política. Las cancillerías entretenían sus ocios explicándose cuentos mutuamente. La Sociedad de Naciones, reunida en Asamblea, celebraba sesiones y más sesiones sin realizar en ellas absolutamente nada. Los “grandes” –cuatro, seis, veinte: ya es difícil contar tanto hombre grande como hay entre tanto pigmeo de la alta política y la alta economía- los “grandes”, acostumbrados a enmarañar continuamente, estaban ahora aburridos y sesteando, sin encontrar donde meter su inhábil mano. Los diarios renegaban de tanta calma, que tan directamente refluye sobre las finanzas de las empresas periodísticas. Y, he aquí que, en medio de esa chicha tranquilidad, se abren las cataratas del cielo, serpentea el rayo, atruena el trueno los oídos y se oyen los ruidos amenazadores del terremoto...

            Alemania se retira de la Conferencia del Desarme. Alemania se retira de la Sociedad de Naciones. Alemania no quiere nada con los que fueron sus enemigos en la gran contienda, después de haber marchado del brazo con ellos, tropezando y cayendo, durante media docena de años.
            Apenas Alemania anuncia su decisión de retirarse, la crítica irrumpe con carácter tempestuoso; gritan y vociferan; aprietan los puños; arrugan el entrecejo, y una tempestad de rayos y centellas cruza todos los cielos internacionales.
            Gran fiesta para los periódicos. Gran fiesta para hoteles y restoranes. Gran fiesta para los diplomáticos eminentes. Tienen estos la manía de desfacer enredos; y se hacen a veces la ingenua ilusión de que deshacen algunos. Y ahora, con esa separación germánica,  habrá motivo para seguir “trabajando” algunas semanas en esa su manía  de desarreglar las cosas, en combinación con los hoteleros.
            ¿A qué se reducirá todo ese barullo, si le mondamos la áspera corteza? Abrámosle el seno a ese problema, para sorprender qué cosa hay en los adentros. No falta quien dice que hay ahí dentro la guerra. Según otros, no hay más el vacío. Nosotros sospechamos otra cosa: que ahí dentro hay un puñal florentino envuelto con pacíficos ramos de oliva.

2. El termómetro marcador
            John Simon es un diablo. Y Daladier su sombra.
            El partido conservador inglés –que acapara actualmente el poder bajo el nombre de una simulada Coalición Nacional-, es maestro en muchas cosas, que ha heredado de los viejos hábiles torys. Una de ellas, saber provocar tempestades internacionales en el preciso instante en que conviene a sus intereses partidaristas.  Es una habilidad ésta, innegable de aquella agrupación, que es la más poderosa de Inglaterra. Y John Simon es la quinta esencia de ese grupo. Por esto está donde está:  en el ministerio de Relaciones Exteriores.

            Recuérdense no más los últimos años. Era hacia 1926 y estaban en el gobierno, haciendo un triste papel gubernativo, los laboristas. Venían elecciones. El pueblo estaba, a pesar de los errores laboristas, con ese partido. Y la suprema jefatura del partido tory inventaba la famosa carta del Soviet ruso a los laboristas británicos regalándoles dinero para hacer en Inglaterra la revolución social. Todo